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Sábado 13 de Septiembre de 2014

El poder de Dios

Jorge Bergoglio cumple hoy un año y medio al frente de la Iglesia de Roma con una aceptación casi unánime afuera y adentro del mundo católico, la religión con más seguidores del planeta.

Jorge Bergoglio cumple hoy un año y medio al frente de la Iglesia de Roma con una aceptación casi unánime afuera y adentro del mundo católico, la religión con más seguidores del planeta. Si se pudieran emplear términos políticos para calificar su gestión (en realidad corresponde porque es un jefe de Estado, aunque gobierna también extramuros), se podría decir que su imagen permanece intacta y que no se advierten aún desgastes propios de cualquier gestión.

Por el contrario, casi con certeza se podría afirmar que Francisco es un bálsamo para una Iglesia que venía perdiendo fieles con la impronta conservadora del hoy Papa emérito Benedicto XVI. En sólo 18 meses, Francisco supo cómo concitar la atención mundial a través de discursos sencillos desprovistos de solemnidad y poner en el tapete, como lo hacen los políticos para medir la reacción de la gente, temas muy delicados para el orden religioso establecido.

Bergoglio no rehúye casar madres solteras, hablar del divorcio, del aborto, del matrimonio igualitario ni otras dificultades de la vida diaria que también afectan a los fieles de la Iglesia. Esa apertura mental en una institución que habitualmente demora años en tomar decisiones o reformas de peso, lo ha reconciliado con miles de personas alrededor del planeta que lo ven como un Papa renovador.

Los Papas, a diferencia de los políticos, se someten solo una vez a votación. Sus cargos vitalicios les otorgan tranquilidad y el tiempo necesario para resolver los conflictos cuando lo creen conveniente. Ni siquiera tienen elecciones durante su mandato que aprueben o desaprueben su gobierno.

Tal vez por eso, hasta ahora, pese a haber hecho importantes misiones pastorales para reforzar la adhesión de los fieles a la Iglesia, como las de Brasil, Medio Oriente o Asia, Francisco no ha producido aún cambios radicales desde el trono de Roma. Aunque sí asoman algunos indicios.

La prensa italiana viene publicando últimamente distintas especulaciones sobre una profunda renovación en la Iglesia que comenzaría con la designación de sacerdotes de confianza del Papa en lugares clave del Vaticano y otras jurisdicciones a través del mundo.

Un anticipo del pensamiento de Francisco se pudo obtener a través de su primera exhortación apostólica "Evangelii Gaudium" (La alegría del Evangelio), de noviembre del año pasado, dirigida a la curia y los fieles laicos. Como buen comunicador social, el texto arranca con fuerza: "El gran riesgo del mundo actual —dice Francisco—, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado", remarca el Papa.

Sin embargo, lo que no explica Bergoglio en ese largo documento ni en otras manifestaciones de la Iglesia, es cómo se logra ese camino aquí en la Tierra, cómo se producen los cambios necesarios para que, por ejemplo, los pobres que menciona no necesiten ser incluidos porque dejaron de serlo por un mejor reparto de la riqueza global ¿O los pobres son funcionales a las necesidades de caridad de la Iglesia?

La separación de la Iglesia del Estado es un valor irrenunciable pero con frecuencia se escucha al Episcopado argentino, por ejemplo, tomar posiciones claramente políticas que son sólo enunciativas y que no ofrecen herramientas para el cambio que no sea a través del plano espiritual.

La invocación a Dios, muy respetable en el catolicismo como en todas las religiones, ofrece contención, ayuda y protección a los excluidos, acción muy loable, pero pocas definiciones para la transformación hacia un mundo de mayor equidad.

Francisco seguramente se preguntará cómo utilizar su poder para generar un cambio en las condiciones oprobiosas de millones de personas en todo el mundo, víctimas de calidades de vida infrahumanas, de persecuciones religiosas premedievales o de enfermedades que la ciencia ya resolvió hace décadas. Su poder, en el cielo y en la Tierra, dado por casi dos mil millones de fieles, le otorga un rol decisivo en esa tarea.

El Vaticano, además de la majestuosidad del arte renacentista de las Estancias de Rafael o de la Capilla Sixtina de Miguel Angel en el Palacio Apostólico de Roma, tiene hoy más que nunca la posibilidad de sentar las bases no sólo de una profunda reforma en la Iglesia, sino de influir en lograr modificaciones de estructuras sociales que hace milenios producen desigualdad y que hoy se expresan en los innumerables conflictos a través del planeta con carnicerías humanas o hambrunas generalizadas. "Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a sus palomas", rezaba una canción de Violeta Parra e interpretada por el grupo musical chileno Quilapayún mientras un genocida como Augusto Pinochet, en nombre de Dios y de las tradiciones occidentales, cometía atrocidades en Chile durante la década del 70.

Preconciliares. Pese a que su cargo es vitalicio, Francisco también tiene su propia interna dentro de la Iglesia. Por ejemplo, la herencia que dejó el obispo ultraconservador Marcel Lefebvre (1905-1991) sigue intacta. Esa línea de la Iglesia rechaza las recomendaciones del Concilio Vaticano II de apertura hacia otras religiones, entre otras importantes reformas, como estableció el documento "Nostra Aetate" (Nuestro Tiempo) de 1965. La reaccionaria posición preconciliar de este grupo está en franca oposición a la línea de Francisco.

Lefebvre había ordenado en 1988 a cuatro obispos de la congregación de la Fraternidad de San Pio X (entre ellos Richard Williamson, expulsado de la Argentina en 2009), pero fueron excomulgados por Juan Pablo II. Años más tarde Benedicto XVI revocó esa decisión y los perdonó.

En el sitio web del distrito de América del Sur de la Fraternidad de San Pio X (http://www.fsspx-sudamerica.org/fraternidad/index.php) aún hoy se recomiendan a seminaristas y laicos textos de monseñor Lefebvre que van a contramano de la política del actual Papa. En uno de ellos, de 1981, titulado "Carta abierta a los católicos perplejos", se puede leer lo siguiente: "La Iglesia enseñaba que la religión católica era la única religión verdadera. En efecto, fue fundada por el propio Dios, en tanto que las otras religiones son obra de los hombres. En consecuencia, el cristiano debe evitar toda relación con las religiones falsas y, por otra parte, hacer todo cuanto pueda para convertir a sus adeptos a la religión de Cristo. ¿Continúa siendo siempre verdadero esto? —se pregunta Lefebvre y contesta—: Por supuesto. La verdad no puede cambiar, pues de otra manera nunca habría sido la verdad. Ningún hecho nuevo, ningún descubrimiento teológico o científico hará que la religión católica deje de ser el único camino de salvación. Pero ocurre que el propio Papa (se refiere a Juan Pablo II, canonizado por Francisco en abril pasado) asiste a ceremonias religiosas, de esas falsas religiones, ora y predica en los templos de sectas heréticas. La televisión difunde por el mundo entero las imágenes de esos contactos que causan estupor. Los fieles ya no comprenden", enseñaba Lefebvre.

Este pensamiento —todavía expuesto públicamente a través de internet− no dista mucho del de los yihadistas del Estado Islámico en Siria e Irak, que vienen decapitando "infieles" (cristianos, kurdos, yazidíes y musulmanes shiítas) en nombre de Dios y la única verdad revelada.

¿Otro Concilio? La última gran reforma de la Iglesia Católica ya tiene casi medio siglo (Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965). Francisco podría pasar a la historia convocando al primer cónclave ecuménico del siglo XXI para terminar de limpiar los resabios medievales y putrefactos en su propio patio trasero y emplear su poder espiritual sobre millones de fieles para producir cambios paradigmáticos en la sociedad moderna que trasciendan a la Iglesia y que aporten universalmente.

Pese a opiniones en contario, el poder de Dios sobre la gente creyente todavía mueve montañas.

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