Edición Impresa
Sábado 20 de Febrero de 2010

El periodismo y las palabras

Este texto puede leerse como una necrológica tardía. Pero en realidad es un simple agradecimiento. Tomás Eloy Martínez murió el 1º de febrero pasado y ya pasó la época de los primeros homenajes. Yo confieso que como novelista no me atrae: sin descalificarlo, creo que en ese rol está lejos del nivel que consigue en el que para mí es su verdadero métier, el periodismo. Martínez fue un gran periodista, y nos dejó a quienes vivimos del oficio una lección de sabiduría que vale la pena repasar.

Este texto puede leerse como una necrológica tardía. Pero en realidad es un simple agradecimiento. Tomás Eloy Martínez murió el 1º de febrero pasado y ya pasó la época de los primeros homenajes. Yo confieso que como novelista no me atrae: sin descalificarlo, creo que en ese rol está lejos del nivel que consigue en el que para mí es su verdadero métier, el periodismo. Martínez fue un gran periodista, y nos dejó a quienes vivimos del oficio una lección de sabiduría que vale la pena repasar.


Lo valioso de su ejemplo es que antes que nada rescata a las palabras. Más allá de sus incursiones en los medios audiovisuales (aunque resulte insólito, fue en la década del sesenta uno de los primeros conductores de Telenoche), Martínez fue esencialmente un periodista gráfico. Las revistas, sobre todo, pero también los diarios fueron el ámbito donde desplegó su riguroso talento. Y en un momento como el actual, donde muchos medios gráficos intentan enfrentar a la TV y la web imitándolas, él fue uno de los portavoces de la posición contraria: no se les puede ganar en velocidad, y entonces lo más inteligente es diferenciarse. ¿Cómo? Con más análisis, pero sobre todo con más historias, con más relatos, con más literatura. En síntesis: con más palabras, y no con menos.


Escuchémoslo: “Conozco a empresarios que se afanan en competir con la televisión e internet, lo que me parece suicida, publicando píldoras de información ya digeridas u ordenando infografías para explicar cualquier cosa, como si tuvieran terror de que los lectores lean”. Bien claro. Y sobre todo coherente con su propia formación, con su propia obra, que incluye clásicos del periodismo de investigación magníficamente escritos como “La pasión según Trelew”, donde relata lo ocurrido en esa ciudad patagónica después de la masacre masiva de militantes del ERP en una cárcel, el 22 de agosto de 1972.


Martínez sabía, además, que no existe periodista sin medio. Y que tal intermediación implica inevitables concesiones que deben tener, sin embargo, un límite preciso. Pero dejemos que lo cuente él: “En marzo de 1961 yo era el responsable principal de las críticas cinematográficas en el diario La Nación y muy pronto, por el rigor que trataba de poner en mi trabajo, me gané el resentimiento de un sinfín de intereses creados. Llevaba ya dos años en esa tarea cuando el diario decidió que, dada la presunta combatividad de mis textos, yo debía firmarlos para demostrar que era responsable de ellos. Primero lo hice con mis iniciales, luego con mi nombre completo. Un año después, los distribuidores de películas norteamericanas decidieron retirar al unísono sus cuotas de publicidad de La Nación exigiendo, para devolverlas, que el diario pusiera mi pellejo en la calle. La Nación no hacía esas cosas, por lo que al cabo de resistir valientemente la sequía durante una semana, el administrador del periódico me convocó a su despacho. Usted sabe que es un empleado, me dijo. Por supuesto, le respondí. ¿Cómo se me ocurriría pensar otra cosa? Y, como empleado, tiene que hacer lo que el diario le mande. Por supuesto, convine. Por eso recibo un salario quincenal. Entonces, a partir de ahora, uno de los secretarios de redacción le indicará lo que tiene que escribir sobre cada una de las películas. Con todo gusto, repliqué. Espero que retiren entonces mi firma. Ah, eso no, dijo el administrador. Si retiramos las firmas, parecería que el diario lo está censurando. Hubiera tenido cien respuestas para esa frase, pero la que preferí fue una, muchísimo más simple. Entonces, no puedo hacer lo que usted me pide. Mi trabajo está en venta, mi firma no. Al día siguiente me enviaron a la sección "Movimiento Marítimo", en la que debía anotar los barcos que entraban y salían del puerto. Tres días más tarde me di cuenta de que no servía para contable y renuncié. Durante un año entero estuve en las listas negras de los propietarios de periódicos y tuve que sobrevivir dando clases en la universidad. En esa época existían los trabajos alternativos que ahora están borrados del mapa. Volví a La Nación como columnista permanente en 1996”. (Tengo serias diferencias con muchos de los enfoques del diario de los Mitre, pero corresponde contar que este texto fue incluido en ADN, la revista cultural de La Nación).


El periodismo es un oficio maravilloso, pero nada sencillo. Muchas veces parece olvidarse que Roberto Arlt, Rodolfo Walsh y Juan Carlos Onetti fueron excepcionales periodistas. Que el mismo Borges se desempeñó con brillantez en la tarea. Que el gran poeta peruano César Vallejo fue un cronista excepcional, igual que el cubano José Martí, el nicaragüense Rubén Darío y el mexicano Alfonso Reyes. Y que también lo fueron los estadounidenses Ernest Hemingway, Truman Capote, Norman Mailer y Hunter Thompson. Que lo es Tom Wolfe.


La velocidad, la superficialidad y los intereses han bastardeado en demasía las cosas. Resistir no es fácil y Martínez no lo ignoraba. Sufrió el exilio, trabajó duro, dio ejemplo de responsabilidad y lucidez. Dejó escritas frases memorables como esta: “A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta; no se la aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni una asesoría para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta”.


Punto. Todo dicho.
 

Comentarios