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Miércoles 12 de Diciembre de 2012

El periodismo en su peor hora

Después de haber gozado durante muchos años de la valoración y credibilidad de la sociedad, el periodismo argentino, sobre todo el de alcance nacional, viene derrapando hace tiempo hacia un agujero negro donde todavía no asoma el final.

Después de haber gozado durante muchos años de la valoración y credibilidad de la sociedad, el periodismo argentino, sobre todo el de alcance nacional, viene derrapando hace tiempo hacia un agujero negro donde todavía no asoma el final. Luego de haber sido silenciado por acción del terror o propia complacencia durante la última dictadura militar (salvo contadas excepciones), el periodismo resurgió de las cenizas junto al país y fue ganando prestigio a través de los años de democracia con trabajos de investigación sobre el trágico pasado, la veracidad de sus informes y la aparición de una comunicación más frontal y dialéctica con la sociedad.

Pese a no haber hecho una autocrítica sobre su rol en la décadas del 70 y 80 la prensa argentina, sea gráfica o audiovisual, remontó el invierno trágico y logró tener el mismo prestigio que los sectores más respetados del país. Los medios de comunicación se volvieron un aire fresco para una sociedad que se había quedado sin oxígeno. El periodismo, con distintos enfoques ideológicos o matices de interpretación de la realidad, acompañó el renacimiento de la democracia argentina.

Pero lo bueno no siempre perdura y la prensa nacional, años después de su resurgimiento, también acompañó la debacle de la crisis del 2001. Sufrió como el resto de la sociedad y perdió independencia en un país que estuvo al borde de la extinción. Superados los peores años de fragmentación social y con el comienzo de la recuperación económica y social a partir del 2003, el periodismo intentó volver al pedestal del prestigio ganado en los primeros años del retorno democrático.

Pero esta vez no pudo, porque quedó envuelto en una durísima puja entre sectores políticos que tienen miradas e intereses muy diferentes sobre el país. Oficialismo. Hoy, tal vez, se asiste a lo peor de ese escenario porque vastos sectores de la prensa han perdido ecuanimidad y, como ocurre en el resto de la sociedad, se han dividido ideológicamente en un maniqueísmo absurdo por el cual desde ambos lados se pretende justificar lo injustificable. Los que defienden las políticas oficiales no alcanzan a ver nada cuestionable en el gobierno y hasta intentan teorizar un mamarracho por el que está bien que la presidenta no hable con la prensa. Algo tan absurdo que hasta en un programa periodístico hiperoficialista de la TV pública dos periodistas del panel discutieron acaloradamente sobre el asunto.

Es obvio que no se puede juzgar una gestión de gobierno sólo porque la presidenta no se exponga ante la prensa, pero la política comunicacional oficial pretende poner un cerco sobre el discurso presidencial, mantenerlo diáfano y no confrontarlo. Se equivocan sus mentores, porque el manejo oratorio de Cristina le daría amplias ventajas sobre muchos comunicadores y, además, cuenta con políticas y acciones de gobierno para exhibir. Su mensaje unidireccional a través de la cadena nacional es menos ventajoso para explicar sus objetivos de gobierno que si los confrontara con la prensa.

Hace algunos años un embajador de un país extranjero preguntó en Rosario durante una reunión reservada con algunos periodistas por qué Néstor Kirchner nunca ofrecía conferencias de prensa. Nadie pudo explicarlo. Además, la aparición de lo que se pretende denominar como periodismo “militante” es un contrasentido con la misma esencia de la profesión, cuyos comunicadores deberían tener una posición equilibrada para informar sin apasionamientos ideológicos, ni opinar con anteojeras que deforman la realidad. Opositores. Si a partir del gobierno existe una prensa adicta, genuflexa y acrítica, desde la oposición esas conductas se emparejan y hasta a veces superan. Ese sector de la prensa nacional dejó de ser independiente hace rato. No hace periodismo sino política opositora y todo su relato de la realidad está teñido de tergiversaciones intencionadas. Condenan al periodismo “militante” oficial, pero son la otra cara de la moneda del mismo fenómeno.

Tienen periodistas que repiten y magnifican con ironía el discurso contra el gobierno cuando hace pocos años esos mismos periodistas tenían una visión en las antípodas de su actual pensamiento. Cuando Hugo Chávez ganó hace unos meses las elecciones en Venezuela un periodista estrella, con más marketing que contenido, produjo un papelón memorable al dejar atrás las mínimas condiciones de objetividad durante un programa de TV donde sólo aparecieron voces opositoras al gobierno chavista. Más allá de lo que se piense sobre el reelecto Chávez, el manual de periodismo había quedado definitivamente olvidado en la biblioteca. Chávez fue un militar golpista, se asocia con la teocracia de Irán y defiende al gobierno sirio que masacra a su pueblo. Pero no por eso se debería celebrar, como en las últimas horas ocurre muy sutilmente, el resurgimiento de su enfermedad oncológica.

Cuando se pierde objetividad y el periodista cree estar por encima de la información y convertirse él mismo en protagonista ideológico y no un mero intermediario con la sociedad, ocurren estas deformaciones profesionales. Los casos abundan entre los hombres de prensa que de alguna manera influyen en la opinión pública nacional. Algunos emiten juicios sobre empresas en cuya nómina figuraban sus esposas con salarios más que llamativos. Otros tienen consultoras privadas que asesoran a grupos económicos sobre los que también emiten o no emiten juicios, según convenga. Y hay tantos otros que denuestan al gobierno repitiendo un discurso falaz, malintencionado e irreflexivo. Para ese sector “independiente” de la prensa no hay un solo aspecto rescatable de las políticas oficiales. Ni uno solo. Parece muy extraño. También es inexplicable que desde el sector “militante” no haya nada para criticar al gobierno y que todo esté bien.

Pero sería injusto no reconocer que entre el periodismo oficialista y opositor se ubica una gran franja de medios y comunicadores, sobre todo en el interior del país, no contaminados con el fanatismo o el oportunismo. Tienen posiciones moderadas y honestas intelectualmente y son los que en el futuro volverán a ubicar al periodismo argentino en un lugar prestigioso. El lector sabrá identificarlos. Bullicio. Mientras tanto, las dos vertientes antagónicas del periodismo nacional actual no hacen otra cosa que atentar contra la calidad informativa. Opiniones connotadas, extrapoladas e interpretadas aviesamente terminan impactando negativamente en la sociedad, que escucha o lee informaciones de poca rigurosidad, las interpreta a su gusto, las da por ciertas y las repite peor y más deformadas. Resultado: un bullicio comunicacional de difícil solución y muy lejano a la verdad. Es la mala praxis del periodismo argentino, que está en su peor hora.

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