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Domingo 18 de Octubre de 2015

El paraíso queda enfrente

Supongamos, sólo supongamos, que usted anda suelto (libre como el viento suele decirse) una tarde de primavera, bucólica, por las calles de Montevideo.

Supongamos, sólo supongamos, que usted anda suelto (libre como el viento suele decirse) una tarde de primavera, bucólica, por las calles de Montevideo.

Supongamos que usted rumbea distraído hacia la Ciudad Vieja, y que durante la caminata le da un ataque de justificada sed —el calor aprieta más de lo esperado para octubre— y entonces no tiene más remedio que entrar a un barcito (esos entrañables barcitos montevideanos) y pedir una Patricia de litro, bien helada, y beberla casi de un solo trago.

Supongamos que el dorado líquido espumoso mejora su humor (que de por sí ya era bueno) y que en ese mismo momento, coincidiendo con la felicidad que sube y baja por su cuerpo, usted levanta la vista y se tropieza con la entrada de una librería y entonces, como es lógico, imagina la frescura del local, la sombrita hospitalaria, las largas estanterías donde duermen maravillas que lo esperan a usted, sólo a usted, y entonces entra de manera decidida, como suele decirse en estos casos.

Supongamos que al entrar, usted —que venía distraído, en estado de ensoñación, digamos— se topa con un salón enorme que remata en una gran escalera que se abre como si fueran dos brazos, a izquierda y derecha, bajo la luz que irradia un también gigantesco vitraux.

Y usted, claro, en ese momento se queda estupefacto, como acertadamente hubiera acotado mi tía Norma, siempre propensa a las definiciones cargadas de sentido común. Y tanto le dura la estupefacción que tarda diez minutos en comprender que no está en una iglesia sino en una librería y que su pretendida confusión no es tal, porque las librerías son verdaderos templos laicos.

Retomando el camino de las suposiciones, supongamos que a usted se le pasa definitivamente la estupefacción sólo luego de haber tomado un ristretto en el cafecito de la planta alta y que recién entonces puede bajar por el brazo izquierdo (siempre izquierdo) de la escalera para inspeccionar las mesas cargadas de maravillas. Usted seguramente no lo sabía antes de entrar pero esa librería excepcional, que está situada exactamente en la peatonal Sarandí 675, dentro de un magnífico edificio art decó construido en 1917 por el arquitecto Leopoldo Tosi, se llama Puro Verso y es cualquier cosa menos verso.

Supongamos que usted se va de allí con varios kilos que engrosarán su equipaje y que una sonrisa decora su cara al salir. Supongamos que eso es la alegría.

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