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Lunes 06 de Agosto de 2012

El paraíso perdido

Era una ventana generosa, en un segundo piso que daba al norte. Por allí entraba siempre el sol, o la luz fría y plateada del invierno.Era una ventana generosa, en un segundo piso que daba al norte. Por allí entraba siempre el sol, o la luz fría y plateada del invierno.

Era una ventana generosa, en un segundo piso que daba al norte. Por allí entraba siempre el sol, o la luz fría y plateada del invierno.

Más lejos se veía el verde del parque Urquiza. Sin embargo, la maravilla estaba abajo, en el jardín de un vecino. Era un viejo paraíso, cuyas ramas sobrepasaban la altura del alféizar y cuya copa ocupaba todo el ancho del marco. El vecino no se daba cuenta de lo que tenía: se obstinaba en podar el árbol brutalmente. Yo lo quería como a un amigo.

En primavera, el perfume de sus flores invadía el living. El alféizar era ancho y yo me sentaba allí a fumar y mirar la tarde.

En otoño, el dorado translúcido de las hojas me laceraba el corazón. Después, las ramas quedaban desnudas y señalaban como dedos el cielo nublado.

Era 1985.

Por aquel año me enamoré de un disco: The Geese and the Ghost, de Anthony Phillips (integrante de la primera formación de Genesis). La última canción del lado A (traten de no reírse, aún había vinilos) era una joya. La cantaba Phil Collins y se llamaba "God if I saw her now" (Dios, si la viera ahora).

Era un ritual. Me servía un café, tal vez una ginebra en vaso corto, ponía el disco. Y me emocionaba con "God if I saw her now".

Una tarde de primavera, la ventana estaba abierta. Fue entonces que apareció el pájaro.

Tenía el pecho amarillo y la cabeza cincelada en blanco y negro. Era ese pájaro que nadie sabe por qué ha sido bautizado como "bicho feo" (originario de Argentina y Uruguay, su nombre oficial es benteveo). ¿Será ese instinto de la paradoja tan típico de los rioplatenses, el mismo que los llevó a apodar "el Mudo" a Carlos Gardel? Porque el bicho feo no tiene nada de feo: es hermoso.

El asunto es que se quedó allí, inmóvil sobre la plataforma color ladrillo del alféizar. Yo ni pestañeaba por temor a espantarlo. Cuando terminó la canción, se fue. No había dudas: la estaba escuchando.

Al día siguiente lo comprobé. A la misma hora volví a abrir la ventana, volví a poner el disco, volvió a sonar la canción. Y rápidamente vino él (o ella). De nuevo se posó sobre el alféizar. Y de nuevo, cuando la púa dejó atrás el último surco, voló. Había hecho nido ahí nomás, en las ramas del paraíso.

El bicho feo se hizo popular entre mis amigos: venían a verlo quietito en mi ventana, melómano incorregible, fanático del rock sinfónico. El milagro duró toda la primavera.

Me fui de esa casa. Cuando volví, por esas vueltas de la vida o tropiezos que suele tener el amor, debajo de la ventana ya no estaba el árbol. Había sido sustituido por un quincho horripilante, cuyo techo de chapa emitía un resplandor hostil bajo los rayos del sol. Ya no quedaba jardín: el césped había sido aplastado por el cemento.

Más tarde comprendí la metáfora: todos los paraísos se pierden.

Sólo espero, amigo árbol, que tus ramas sigan cobijando a los pájaros en los jardines del cielo.

Yo sigo escuchando aquella canción. Y a veces, caminando en la noche de los barrios, la silbo despacito y me acuerdo.

Aquel paraíso no se ha perdido, porque está en mí.

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