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Domingo 15 de Marzo de 2015

El odio como forma de convivencia

La campaña parece atropellar todo análisis retrospectivo profundo y apenas se queda en la superficie la discusión de efecto que intenta sumar uno y otro voto.

 En exactos nueve meses otro presidente de la Nación estará sentado en el sillón de Rivadavia dando las órdenes. Estamos transitando el mismo período de la gestación humana que hará parir a la política a un nuevo primer mandatario. La campaña parece atropellar todo análisis retrospectivo profundo y apenas se queda en la superficie la discusión de efecto que intenta sumar uno y otro voto. Con herramientas válidas a veces, y con miserias y egoísmos en otras, la dirigencia que se propone para ser la inquilina del poder por cuatro años desata apoyos y críticas hacia el período K de tres mandatos.

Es imposible tamizar por estos días una evaluación desapasionada de lo que ha pasado en estos 12 años. Se choca para ello con la inmensidad de ese espacio cronológico, con la invalidez natural de las generalizaciones y, esencialmente, con el tono impuesto por quien gobernó estos tiempos: la dogmatización del pensamiento.

Hay mucho bueno para decir de la gestión kircherista: la recuperación de la política como herramienta de cambio y la ratificación del respeto por la institución presidencial. La irrupción del Estado como combatiente de las desigualdades sociales y la malla de contención social con asignaciones, subsidios y coberturas varias para enfrentar un momento de clara disgregación del 2001. Hay tanto otro para reclamar: la consigna de menospreciar la República bajo el pretexto de llegar más rápido a lo que se piensa, el atropello aritmético de las mayorías que jamás consideraron (cuando no despreciaron) a las minorías, y la desfachatez de admitir la corrupción en la voz de muchos que hablan como haciendo la revolución desde Sierra Maestra cuando apenas han trepado al piso 30 de Puerto Madero. Sin embargo, este punteo de ideas es apenas otra generalización que no respeta uno de los signos, se cree, de estos tiempos.

El kirchnerismo ha ganado una batalla cultural inmensa. Ha convencido a propios (y, lamentablemente, a extraños) de que la intolerancia es un valor. Que el desprecio por el que piensa distinto es garra militante. Que el silenciar al que disiente es propio de la pasión política. Si los años 90 fueron la exaltación de la frivolidad, tan bien tipificados por Silvina Walger en su “Pizza con champagne”, esta etapa debería poder definirse como la de “El amor y la justicia en nosotros y el silencio y la oscuridad en ellos”.

No es cierto que no hay debate político en esta campaña electoral por ausencia de proyectos. Claro que la pobreza de la mayoría de los dirigentes es pasmosa y que la irrupción de hombres y mujeres de la “nueva generación” (sic) parece sólo basarse en slogans premeditados o humor de baja estofa. Sin embargo, lo que sucede primordialmente es que no hay debate porque no hay margen para que lo haya. Debatir por estos tiempos es desconsiderar al prójimo y, en lo posible, insultarlo. Debatir es chicanear de la peor manera para destruir (casi siempre, de manera simbólica) al rival y sacarlo del escenario político.
¿Cómo se explica si no que entre compañeros del partido justicialista se revoleen carpetazos de la Side para contar supuestos contactos de un candidato con le embajada de los Estados Unidos, o que se esgrima como argumento de discusión la historia clínica del rival? Por las dudas conviene decir que semejante disparate no es exclusividad del oficialismo. ¿O no es patético ver al centenario partido de la UCR desguazado y sin brújula en el discurso de dirigentes que pueden ser aliados del conservadurismo, del peronismo, del kirchnerismo reciente o de un radicalismo imaginario? Y así, en casi todos los ámbitos que ven al gobierno o a la oposición como la encarnación de Belcebú.

Las responsabilidades, hay que decirlo, no son las mismas. Los ejemplos suelen venir de arriba hacia abajo y quien ha ocupado el poder en estos tiempos postulando la diatriba y el desprecio como modo de monologar hacia los que piensan distinto han fraguado esta matriz de enojo.

Quizá lo más pernicioso de esto sea el traslado de esos modos al cotidiano de los no políticos, de los ciudadanos de a pie. El insulto se ha instalado como modo de no relacionamiento cotidiano. En los tiempos en donde se reivindica la recuperación de la discusión política no se advierte (o no se quiere advertir) que no existe esa discusión: sólo se puede hablar con quien piensa de manera idéntica. Ni la charla entre los parecidos suele terminar bien. Eso es la instalación del odio como forma de convivencia. Un patético oxímoron.

Claro que se debería hablar en estas crónicas del aroma indisimulable a impunidad que rodea el caso Nisman, de los nombres y apellidos de las listas ya conocidas, de los políticos que acuñan pensamientos insólitos como el “periodismo fácil” y tanto más. Sin embargo, suena necesario para quien esto escribe señalar la incompatibilidad de plantear un debate verdadero en los tiempos electorales si se ha hecho carne la convicción de que el otro disidente es siempre un enemigo. Semejante violencia aniquila el sano pensar y, sobre todo, el derecho a construir con los desiguales.

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