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Lunes 27 de Enero de 2014

El mural que tapa el bosque

Opinión. Hay que correrse de la cuestión moral para enfocar el aspecto material de la que germinó la confección del mural que evoca a Claudio "Pájaro" Cantero.

Cambados es un pueblo modesto cercano al mar en la provincia española de Pontevedra. Ahora vive del turismo pero durante décadas su distintivo, como el de tantas comarcas gallegas, fue empujar a sus habitantes a la emigración para soltarse de una pobreza endémica. A partir de los años 80 un hijo de ese poblado, Laureano Oubiña, se hizo rico como contrabandista de hachís. Estuvo preso hasta septiembre de 2012 cumpliendo una condena a 16 años por narcotráfico. Cuando salió de prisión hubo protestas de quienes no lo querían más por allí. Pero también otras voces que con menor estridencia saludaron complacidas el retorno a casa del hombre gracias al cual habían conocido lo que era un trabajo.

La década del 90 alumbró en Galicia un cartel de traficantes que operaba con ganancias de dos mil millones de euros al año. Esa actividad también dejó en la zona una legión de jóvenes toxicómanos a quienes las organizaciones comunales llamaron "la generación perdida". A Oubiña, que hoy tiene 70 años, se lo consideraba el patriarca de los narcos gallegos. El día que salió de la cárcel un grupo de mujeres conocidas como Madres contra la Droga lo esperaron para echarle en cara el destrozo que significa un hijo adicto.

Pero también hubo en el pueblo gente para darle la bienvenida Eran los hijos de labradores miserables que jamás habían tenido nada y trabajando para el narco local conocieron una vida distinta. Con el capital de la droga Oubiña adquirió tierras, armó viñedos e invirtió en empresas en las que conchabó a muchas personas de su comarca que encontraron en el patriarca las posibilidades de beneficio que nadie más les había ofrecido.

Contradicción. Seguramente la historia aquí esbozada tiene mucho de reducción. Pero así de flagrante y dramática es la contradicción que genera el fenómeno comercial de la droga. Un campo que reformula las experiencias de la vida comunitaria y los relieves barriales. Que se abre paso sumergiendo en el infierno a muchas personas pero al mismo tiempo concediendo a otras porciones de una vida que nunca soñaron. Los narcos saben eso. Los Estados también, o al menos deberían.

En un viejo potrero de barrio Las Flores convertido en canchita de fútbol para que jueguen los pibes del vecindario aparece un mural que evoca a Claudio "Pájaro" Cantero. Algunos vecinos recuerdan que la gente del "Pájaro", asesinado el 26 de mayo del año pasado, había saneado el baldío para que lo usaran los chicos del barrio, a los que llevaban camisetas y pelotas. El terreno está en Khantuta y pasaje 514. A seis cuadras de ese lugar donde los chicos intentan ser felices otro adolescente de 16 años, Luciano Cáceres, fue asesinado de un tiro en la cara el 28 de abril pasado. El acusado de matarlo es Juan Domingo Ramírez, considerado un sicario de los Cantero. Y el escenario de la muerte fue un búnker de drogas.

Hay que correrse de la cuestión moral para enfocar el aspecto material de la que germinó la confección del mural. En este espacio entreverado de abandono y carencia la gente que recuerda con un dibujo colectivo al Pájaro Cantero no necesariamente rinde homenaje al negocio de las drogas, sino a quien ubican como gestor de un favorecimiento comunitario. Del mismo modo que en Galicia los viñateros de Oubiña no festejaban el tráfico de hachís sino el regreso del hombre que se acordó de ellos.

El mural es un capítulo llamativo de una historia con abundantes episodios más fuertes. El funeral del Pájaro Cantero, por ejemplo, que fue uno de los acontecimientos de mayor masividad que se recuerden en la zona. No hubo medios de prensa que reflejaran ese desfile popular en la calle Caña de Ambar, ese día sembrada de vehículos de alta gama, pero también del incesante saludo de a pie de muchos habitantes compungidos de la zona. Lo que se veía en la ceremonia era un enorme recogimiento entre vecinos, que no emanaba sólo de algún negocio compartido o favor recibido sino, fundamentalmente, del afecto.

Desde la autopista, la opulencia kitsch del Casino de Rosario contra el caserío más miserable se ofrecen limpios en el mismo plano visual. Pero es el mural con la cara del Pájaro lo que parece hacer salir de su perpetuo eclipse a dos mundos en tensión en el mismo vecindario. Si sacude es porque a eso que nos llama la atención lo reconocemos como próximo. Porque este período, el de la duplicación de la tasa de homicidios en diez años, es el momento en que lo oculto y sabido explotó de modo de hacer añicos nuestra capacidad de negación. Y sin embargo, el estallido nos pone más remilgados en lo moral cuando vemos un mural que cuando constatamos que un narco asesinado de 18 balazos alquilaba un piso en las Torres Dolfines, que se allanan oficinas de desarrolladores inmobiliarios para buscar pistas de dinero narco o que un tipo que arma su colchón de billetes en base a asesinatos se vale de un empresario legal para comprar un auto de alta gama.

Referencias. El sistema penal de Rosario hizo de cuenta que el Pájaro Cantero no era lo que fue: hasta que lo mataron sólo tenía tres antecedentes, de los cuales dos eran por una apuesta ilegal y otra por tener un arma no registrada. Ninguno por asuntos de droga. Y ni el Estado en todos sus niveles ni el resto de la comunidad estuvieron muy atentos al perdurar de sus vecinos.

El negocio del Pájaro a algunos les aseguró su tumba. Pero a otros les ofreció algo mejor que lo que ninguna institución les propuso. En tanto haya jóvenes que no pueden incorporarse a ningún proyecto de vida lícito existe un problema de clase.

Para muchos de esos jóvenes la expectativa de convertirse en albañil, o en abogado o administrativo, es tan remota como ver pasar una jirafa. Es más cercana la posibilidad de referenciarse en la imagen de Scarface o ahora de Pablo Escobar. Rosario está muy lejos de Colombia o Miami, pero a los narcos esos chicos los conocen de cerca.

Un autor francés que estudia la violencia, René Girard, dice que a veces la ley se parece demasiado a eso que dice pretender regular. La obsesión por regular con la ley se nutre de una especie de descuido: la incapacidad de la sociedad de reconocer qué es lo que da origen a su propia violencia. Una especie de autoengaño, según Girard, que se devela a sí mismo a partir de la exclusión, separación y exilio social de sus miembros. Habría que centrarse en el descuido. El problema no es el mural. Es lo que le permitió nacer.

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