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Domingo 14 de Agosto de 2016

El muñeco

Rama llegó antes de la hora con la ansiedad de contarles la idea, cuando todavía estaban todos medios dormidos, deambulando con el mate en la mano entre las máquinas apagadas que despedían el olor del aceite industrial.

Rama llegó antes de la hora con la ansiedad de contarles la idea, cuando todavía estaban todos medios dormidos, deambulando con el mate en la mano entre las máquinas apagadas que despedían el olor del aceite industrial. Se apoyó en la guillotina y le sonrió al Chueco para iniciar la conversación, pero un lunes, el sol que empezaba a subir por los ventanales altos, como advirtiendo del calor. No tuvo suerte. El Chueco ya le daba al offset, lenguas blancas apiladas en la mano hidráulica. Ya no había paz. Con ese barullo empezaron los otros y tuvo que esperar hasta el mediodía, tratando de que los demás no escucharan, tan sólo los que él había elegido para la hazaña. Después de todo, si uno tiene suerte elige con quien compartirla.

La mañana tardó en irse, quizá fuera la desesperación por compartir lo que se le había ocurrido, y a veces con el paso de los minutos, entre pensamientos, parecía perder fuerza, que era una tontería, algo sin sentido. Pero al segundo volvía a recobrarlo, él mismo se convencía con los mismos argumentos que se había armado para los otros. Buscó el taper en el bolso, mirando de reojo cómo se iban ubicando por el salón. El Chueco y Norman se sentaron juntos y eso le facilitó todo. Antes el Chueco había pasado por el baño y había vuelto adusto, duro como un yunque. No le iba a pasar nada por la garganta, ni la gaseosa ni las palabras para alabarlo cuando le contara.

La juguetería de calle Mendoza que cerró hace años, esa te digo. Nunca volvieron a alquilar el local porque es gigante. Las vidrieras están vacías, y si te asomás adentro, está vacío también. Pero la hija de la Nelly limpiaba ahí y les pidió de entrar para ir a buscar unos cartones; le abrió el tipo de la inmobiliaria. Si vos seguís hasta el fondo hay un cuartito, ahí está la puerta del depósito en el suelo, como si fuera un sótano. Ahí está el tesoro. Está lleno de juguetes viejos. Juguetes de los ochenta.

Norman lo miró descreído, torciendo el labio. Los tres hablaban en voz baja contra el murmullo de los demás.

Qué boludo que sos. Cuánto puede salir un juguete viejo. ¿Y si caemos por esa gilada? ¿Por afanar una juguetería abandonada? Es una boludez. Yo no me voy a ensuciar las manos por esa gilada.

El boludo sos vos —respondió con encono—. Metete en internet y vas a ver. Si conseguís uno de esos juguetes de colección, y encima con el envoltorio original, zafaste una buena moneda. No perdemos nada. ¿Vos qué decís Chueco?

Ni siquiera le contestó. Se levantó del taco de madera en donde estaba sentado y se fue al offset. Rama quedó mirándolos a los dos, apretando con los dientes el labio inferior y tratando de imaginar cómo hacerlo solo. Y otra vez la estupidez de creer que lo que dicen los demás es el verdadero juicio de las cosas, y se desvanecía el entusiasmo, la epifanía que había hecho nacer otro destino.

Fue el Chueco el que se le acercó a la salida y le preguntó, como a quien no le importa demasiado, cuáles eran esos juguetes. De algunos no sabía ni el nombre, los dos hipopótamos enfrentados que se comían las pelotitas, el juego del tipo que estaban operando y le sonaba la nariz si te equivocabas. A otros los recordaba porque nunca los había tenido. Los veía en las propagandas de la televisión y fantaseaba con cómo sería tocarlos, el Temerario con sus prendas y armas, el camuflado y el del traje de gala para desfilar. O los Micromachine, o los juegos de agua en los que había que enganchar los aros en las canastas. El Chueco asintió y desde la moto le hizo un gesto que no supo interpretar, hasta que lo vio en la esquina de la juguetería, el domingo a la madrugada, a la hora en la que habían convenido ir cuando se los contó por primera vez sin darle crédito.

Rompieron la cadena como si fuera una soga e hicieron palanca sobre la puerta, que se abrió con un breve estertor; entraron y la arrimaron para que pareciera cerrada desde la calle. El salón era profundo y los estantes vacíos desfilaban hasta el fondo, barracas donde dormían los espíritus de los niños muertos que ya eran hombres. Apuntaron con el haz de la linterna a la abertura del cuarto en donde suponían estaba el depósito. Cuando llegaron encontraron la portezuela en el piso, hicieron saltar el candado y bajaron. Estaba más oscuro que arriba, si eso era posible, y se agitaban y temblaban por la ansiedad de llegar a lo que imaginaban. Había cajas apiladas contra las paredes y envoltorios de plástico desparramados, y podían verse cartones viejos con precios y publicidades, algunas de los juguetes que buscaban. Comenzaron a revisar las cajas, tirándolas hacia otro lado del depósito, y lo hacían ya sin cuidado del ruido, agitando la linterna y gritando. Estaban todas vacías. Rama comenzó a patearlas en un brote de ira, caminando en pasos violentos sobre el cartón, pisándolo en un baile demencial de chamán alucinado. Dejó de hacerlo por vergüenza, pero el Chueco no estaba mirándolo. De entre los restos de las cajas sacaba un muñeco. Quizá había visto algo más oscuro entre la basura y eso le llamó la atención. Era un payaso de dos caras, en una lloraba y en la otra reía. Del lado de la primera tenía un frac y del otro lado el traje de colores con un corbatín amarillo. Los ojos redondos y azules.

El Chueco no fue a trabajar ni lunes ni martes. Norman lo miraba buscando explicaciones y él no las tenía. El patrón les había dicho que si no aparecía el miércoles, lo iba a echar. Rama le hacía señas a Norman de lejos para evitarlo, para no tener que reconocerle que tenía razón, como siempre los demás tenían razón.

A la tarde apareció. Sin saludar fue derecho al baño y volvió con el delantal. El patrón lo miraba de reojo y ellos le buscaban la cara para preguntarle con señas qué le había pasado, pero ni siquiera levantaba la cabeza. Estuvo un rato en la duplicadora y después fue al depósito a buscar unas resmas impresas. Rama se acercó para ayudarlo pero lo esquivó.

Estás loco Chueco, ¿otra vez pasado de milonga?

Puso la resma en la guillotina y arriba de la pila informe de papel puso la cabeza. Bajó la cuchilla con la mano derecha, mientras lo miraba con una sonrisa.

Rama escuchó, en el entrevero de médicos y policías, que jamás hubiera podido decapitarse de esa manera, pero la herida había cortado arterias y venas, y los huesos del final de la columna, o algo así.

En el velorio se acercó a la madre para saludarla. Vivía con ella y con dos o tres gatos mugrientos. La mujer está perdida —pensó—, como hechizada. Le dijo, con voz quebrada, que no había ido a trabajar porque había estado enfermo esos días, tirado en la cama con el pijama puesto, mirando fijo al muñeco horrible que había llevado y que había sentado en la silla donde siempre tiraba la ropa. Eso dijo, antes de desmayarse sobre su hombro.

Marcelo Britos / Escritor

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