El Mundo
Lunes 24 de Abril de 2017

Un nuevo cuadro político hijo de un muy viejo problema

Francia, ante una encrucijada. Las reformas estructurales siguen esperando.

El nuevo cuadro político francés, en el que el ballottage presidencial por primera vez no tendrá candidatos de los hasta ahora partidos mayores, tiene detrás una larga historia de inmovilismo y fuerzas corporativas que bloquean reformas estructurales. Lo sabe muy bien Alain Juppé, quien en 1995 era el premier del presidente Chirac y fue vencido y finalmente obligado a dimitir por una feroz huelga de estatales. Se oponían a la reforma de su privilegiado régimen de jubilaciones y de la Seguridad Social creada por De Gaulle en 1946. Este inmovilismo ha llevado a Francia a la actual situación, como pasa con la otra gran nación de la Europa mediterránea: Italia vive una crisis económica y una debacle política aún peor que Francia. España aguanta mejor, porque el PP y el PSOE, a un alto costo político, han hecho reformas inevitables. En contraste con Francia e Italia, la Europa del Norte sí hizo reformas en los 90 y primeros 2000 y desde entonces crece con firmeza y baja el desempleo. Si tiene problemas políticos se deben a una inmigración excesiva y mal manejada. Reformas, entonces, pero ¿cuáles? Las de manual: bajar el gasto público, porque un nivel promedio superior al 50 por ciento del PBI con déficit fiscal eterno, deudas nacionales que rondan o superan el 100 por ciento del PBI y una montaña de regulaciones nacionales y supranacionales (UE) hacen imposible un verdadero despegue de la economía. Debe recortarse, sino eliminarse, el costoso Estado empresario (creado en Francia por De Gaulle y en Italia por los democristianos, que lo llevaron a extremos alucinantes con la fabricación de fideos y cigarrillos, mientras los democristianos y socialdemócratas de Alemania y Suecia, mucho más sabios, lo descartaron de entrada). Francia, con sus 2,2 millones de estatales, no conoce un superávit fiscal desde 1973 ( sí, leyó bien). ¿Qué propone Macron? Gradualismo: un recorte del gasto público de 60 mil millones de euros, pero de aquí a 2022, de modo que del actual 55 por ciento del PBI baje a "sólo" un 52 por ciento. Un recorte del empleo estatal de 120 mil puestos de manera vegetativa, por jubilados que no serán reemplazados. En cuanto al déficit fiscal, Macron considera imposible eliminarlo y propone mantenerlo, según manda la UE, por debajo del 3 por ciento de PBI. Y bajar el impuesto a las empresas del 33 por ciento al 25 por ciento. Hay otras medidas menores, como beneficios para emprendedores, chacareros y autónomos. No es suficiente ni de lejos. Cuando ganó Hollande en 2012 su impuesto estrella era uno del 75 por ciento (¡) a los que ganan más de un millón de euros anuales. Fue muy resistido y en 2015 se lo dejó de lado sin pena ni gloria, como casi todo lo hecho por Hollande, el sepulturero del socialismo francés. Claro que Macron no nació de un repollo: llegó a la vida política como ministro de Economía de Hollande. Verlo como "liberal-socialista", como se caracteriza él mismo, exige un arduo ejercicio de imaginación. En cualquier caso, es la única opción democrática ante el nacionalismo racista y xenófobo de Le Pen, quien enarbola una "Francia eterna" que ya sólo existe en su mente provinciana y reaccionaria. Como Melenchon, Le Pen es enemiga de la globalización y por tanto de la diversidad que crea. Se equivoca hasta con el radicalismo islámico: los valores islamistas son incompatibles, no tanto o no sólo con la Francia blanca que ella sueña restaurar, sino con la democracia y su pluralismo de valores, rasgo maximizado con la globalización, con creciente diversidad, proliferación de minorías (sexuales, lingüísticas, étnicas, de "tribus urbanas"). Porque gracias a la globalización el mundo cada vez se mezcla más y deja atrás esa construcción agobiante y dogmática de la primera modernidad, verdadera fábrica de guerras y genocidios: la identidad nacional.

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