el fin de una época
Martes 24 de Enero de 2017

Trump, Brexit, Francia: la fase eruptiva de una crisis de origen muy lejano

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es sólo el caso más elocuente y extremo del cambio de época que está en pleno desarrollo.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es sólo el caso más elocuente y extremo del cambio de época que está en pleno desarrollo. Trump, el Brexit y las próximas elecciones en Francia son las tres estaciones principales de este cambio de época, provocado por al menos un cuarto de siglo de globalización. Pero los orígenes van aún más lejos. Los primeros síntomas pueden hallarse ya en la presidencia de Mitterrand. Porque apenas dos años después de llegar al poder en 1981, el presidente socialista francés tomó nota de la inviabilidad de sus políticas (nacionalizaciones generalizadas) y dio un neto viraje. A partir de ahí el PS habló de "modernización" y el socialismo francés reestructuró, por ejemplo, la siderurgia. No se intentó más el camino que era típico desde 1945 en toda Europa, y no sólo para los socialdemócratas.

Más de 35 años después de aquel lejano 1981, el PS de Hollande está postrado y presentará un candidato presidencial con pocas chances contra el conservador Fillon y la ultraderechista Le Pen en las elecciones de abril. Hollande abandonó la postulación, algo nunca visto en un presidente francés. Como es obvio, la crisis no es sólo de Francia sino de toda Europa y golpea en especial a la socialdemocracia, como se observa en Alemania, donde el SPD es desde hace años un mero apéndice de Angela Merkel; en España, con un PSOE a pedazos luego de la experiencia fallida de Pedro Sánchez, y en el Reino Unido, donde el Partido Laborista cayó en manos del añejo Jeremy Corbyn y no es contendiente para los conservadores de Theresa May _pese a la derrota en el referéndun del Brexit que le costó la vida política a David Cameron. Así que la crisis actual va mucho más atrás de 2008, cuando simplemente todo empeoró y se aceleró.

En EEUU, la victoria de Trump llega después de los ocho años de Barack Obama, que también se presentaba como un proyecto de ruptura. Sólo fue una razonable presidencia, que deja números macroeconómicos positivos. Obama se movió dentro de los cánones de "Washington", el establishment que Trump promete demoler. Habrá que ver hasta dónde lo dejan el Partido Republicano y las instituciones estadounidenses, mucho más sólidas que las que se padecen en América latina. Estos tres episodios: la victoria de Trump, el Brexit y las próximas elecciones francesas son entonces algo así como la fase eruptiva de un proceso que viene de muchas décadas. Anuncian el fin de una época iniciada en 1945 en Europa y en los años 30 en EEUU, y que vivió una etapa feliz que los historiadores económicos llaman "los treinta años gloriosos" para luego iniciar una decadencia por etapas. Por estas razones históricas, llenar de descalificativos a los nuevos actores no parece el mejor camino, ni como análisis ni como política para hacerles frente, más allá del legítimo espanto que producen. Habría que señalar, por ejemplo, que Obama, campeón de los valores progresistas, fue a la vez un gobernante favorable al libre comercio, que mantuvo el Nafta con México y Canadá y lanzó el Transpacífico, anulado ayer por el republicano. Trump basó su victoria, como se sabe, en los perdedores del modelo de economía global que Obama respaldó.

Aquella crisis del modelo europeo y en general occidental tuvo una segunda etapa, ya con luces amarillas encendidas, en los años 90, cuando se impone la Tercera Vía de Blair, Prodi y Schroder junto a Bill Clinton y sus "Nuevos Demócratas", y se da un giro copernicano a la antigua cultura socialdemócrata. Sin embargo, salvo Europa del Norte, las reformas no bastan. Así se llega a la crisis de 2008, que hunde a Rodríguez Zapatero y al resto de los socialdemócratas de Europa. Que la crisis de 2008 haya despedazado a los socialdemócratas y dejado en pie a democristianos y conservadores debería ser indicio de algo. Estos partidos de centroderecha son percibidos como mejor equipados para las crisis que los de centroizquierda, vistos como solo aptos para períodos de buen tiempo económico. El discurso sobre inmigración de los progresistas también es hoy muy mal recibido por las clases populares europeas y norteamericanas. Algo que se ha visto de manera contundente en el Brexit y en la victoria de Trump. Y también con el retroceso de Merkel, debido exclusivamente al tema inmigratorio y no al económico. Por lo demás, cerrar la economía como está haciendo Trump, solo puede llevar a un país más caro y menos competitivo. Cuando los estadounidenses noten que pagan sus enormes 4x4 un 30 o 50 por ciento más porque se fabrican con el caro trabajo estadounidense, tal vez se arrepientan del imprudente voto del 8 de noviembre. Porque ocurre que si se paga a un obrero 20.000 a 45.000 dólares anuales más cobertura médica y otros beneficios hay que ponerlo en el precio final. No hay mucha magia en esto. La economía no miente, a diferencia de la política.

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