El Mundo
Viernes 13 de Octubre de 2017

Puigdemont y sus socios radicalizados chocaron contra la realidad

Después del bochorno del martes a la tarde la causa catalanista quedó golpeada y desorientada. Meses de crescendo y vértigo terminaron en una triste parodia.

Después del bochorno del martes a la tarde la causa catalanista quedó golpeada y desorientada. Meses de crescendo y vértigo terminaron en una triste parodia. Las pulsiones identitarias y separatistas, tan extendidas como mecanismo de defensa en esta época de mutación de la economía global, han terminado en otro choque de frente contra la realidad. Como Syriza en Grecia y el desinflado Podemos en España. Un arribista de la política, Carles Puigdemont, debió darse a sí mismo un baño de realidad en pocas horas y arriar las banderas _tan entusiasmantes y rendidoras_ del independentismo incondicional en el juego de enardecer a las masas sin preocuparse de los efectos. Ese oportunismo irresponsable hizo en poco tiempo que Puigdemont pasara de ser un gris alcalde de provincias a una figura global. La llamada al orden del establishment empresario catalán, tan conocido por su pragmatismo, no pudo ser más claro. En una semana el cambio de sedes sociales de empresas de todo tamaño se transformó en estampida; siguieron la fuga de ahorros y la caída en picada de reservas en hoteles.

Ahora Puigdemont se halla prensado entre el ultimátum de España y las denuncias de traición de sus aliados, los ultranacionalistas y la izquierda antisistema de la CUP.

Pero conviene recordar cómo Puigdemont llegó al poder. En 2015 Artur Mas rompe la histórica y prágmatica CiU creada por su jefe político, Jordi Pujol. Se van los democristianos y se forma el PdeCat. Luego, Mas busca que unas elecciones anticipadas sean un plebiscito de su giro independentista. Pero su coalición ganó apenas con lo justo, y para seguir en el poder dependió de los votos de la ultraizquierdista CUP, que lo vetó. Ahí aparece el alcalde de Gerona, el melenudo Puigdemont, que de la segunda fila de la política salta a la presidencia de la región más rica de España gracias a los seis votos de la CUP. Esta extraña secuencia ha llevado a la actual encrucijada enloquecida.

El nacionalismo moderado se debe haber ido a dormir el martes diciendo "vieron, teníamos razón, chicos, así no". Del otro lado de la frontera interna, los nacionalistas vascos del PNV habrán pensado algo idéntico. El pragmatismo luce poco, pero rinde, podría señalar desde su exilio interno Jordi Pujol. Puigdemont se dejó tentar, en su suerte de carambola, por el tribunismo más demagógico. La rechifla que se comió la tarde del martes fue la factura a ese vedettismo fútil y adolescente. Entre los empresarios, los ahorristas y la Unión Europea lo llamaron a la realidad, al orden del "sentido común", es decir de las condiciones de legalidad y equilibrio que él y sus aliados anticapitalistas habían violado sistemáticamente. Ahora resta ver cómo se sale del pantano con el menor daño posible para los propios catalanes.


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