El Mundo
Sábado 15 de Julio de 2017

El PMDB y el juez Sergio Moro le despejan el camino a Lula

El partido de todas las coaliciones de gobierno en Brasil desde 1995 se abalanzó el año pasado sobre la presidencia. Un error estratégico

La sentencia del juez Sergio Moro parece ser hasta ahora más una ventaja que un lastre para Lula. El PT sigue siendo el único de los tres grandes partidos (junto con el PSDB y el PMDB) con un liderazgo competitivo electoralmente. Una sentencia de segunda instancia que le cerrara el paso a las urnas a Lula sería vivida por una parte tal vez mayoritaria de los brasileños como un veto político, no sólo judicial. Por lo que se sabe, la cámara del caso se tomará su tiempo, tal vez hasta un momento en el que Lula ya tenga fueros presidenciales. Quienes dicen que Moro actúa como sirviente de la oligarquía se equivocan de esta forma, y doblemente. Porque al mazazo de la condena la atenuó el juez hasta un punto decisivo. Invocando en su sentencia "ciertos traumas", le evitó a Lula la prisión a la que envió sin dudar a poderosos como Marcelo Odebrecht y los titulares de Camargo Correa, Andrade Gutierres y a tantos políticos sin fueros como Lula. Así que el daño de la condena está por verse, pero por ahora le permite a Lula y al PT atrincherarse cómodamente en la retórica que vienen desarrollando desde poco antes de la destitución de Dilma, la del "golpe de Estado" y todo lo que van adosando a esa figura central de su discurso, como ahora la descalificación violenta del fallo de Moro ("un escarnio, sin pruebas", disparó Dilma).

El melodrama político brasileño tiene a un protagonista que es un misterio para los politólogos: el PMDB de Michel Temer. Este partido, el más grande de Brasil, ejerció la presidencia en la transición a la democracia con José Sarney. Pero luego nunca llegó al máximo cargo por las urnas: las veces que se presentó su candidato perdió de forma neta. Como el histórico Ulisses Guimaraes, el "padre" de la Constitución de 1988, quien salió séptimo en 1989. Hasta que el año pasado, con la llegada de Temer por medio del juicio político y destitución de Dilma, el PMDB eligió, según parece, además de llegar a la Presidencia, inmolarse. Porque captura por fin la primera magistratura, pero sin votos populares, y para hacer un ajuste, totalmente ineludible e impopular. Era evidente que esa ingrata tarea le "tocaba" a Dilma, que se puso manos a la obra apenas reasumió en enero de 2015, con su nuevo gabinete económico con el banquero Joaquim Levy a la cabeza. Pero poco después, Rousseff volvió a caer en picada en su popularidad, como ya le había pasado en 2013. Comenzó entonces la revuelta interna en el PT, que llevaría a que Lula pidiera la cabeza de Levy. En ese momento clave, el PMDB hubiera podido retirarse de la coalición invocando buenas razones y que el ajuste del desajuste del boom de consumo lo hiciera el principal autor de ese exceso, el PT. El costo de salir del gobierno hubiese sido mucho menor que encabezar un impeachment de la mano de Cunha y otros esperpentos. La falta de Dilma, como se recordará, era administrativa, había sido señalada por el tribunal de cuentas. Con el paso dado por Temer y Cunha, el PMDB traicionó su lugar estratégico: el segundo plano lleno de cargos y de poder. Con el mayor bloque de senadores, siete gobernadores, un millar de alcaldes, el segundo bloque de diputados (aunque durante muchos años fue el primero) el PMDB había hallado su "nicho ecológico" en el complejo ecosistema político brasileño: el de aliado principal e imprescindible de todos los gobernantes desde 1995 a hoy. En ese rol estuvo en las dos presidencias de Cardoso, luego, como si nada fuera, en las dos de Lula y las dos de Dilma hasta la abrupta ruptura del año pasado. Su eslogan, "El partido de Brasil", alude a esta permanencia y extensión territorial, inigualada por los otros dos grande partidos, PSDB y PT. ¿A título de qué arriesgar ese rol y ese capital? ¿Por dos años de Presidencia precaria, que buena parte de la sociedad percibe como malhabida y para hacer un ajuste impopular? Sobre la inevitabilidad del ajuste, hay que decir que ya en 2010 había claras señales de desbalances en las cuentas nacionales. Al inicio de su gestión en 2011, Dilma, que es economista, intentó recortes fiscales, pero duró poco el giro ortodoxo. Lo reintentó de nuevo en 2015, pero su debilidad política ya era muy grande.

Visto desde el PT, las ventajas que trajo el proceso surgido con la destitución de Dilma han resultado evidentes: se sacó de encima la pesada tarea de hacer el ajuste, que ya estaba haciendo con gran pesar y resistencia de su ala izquierda; se puso, con argumentos creíbles para una parte importante de la población, en el lugar de víctima de "un golpe de Estado" y hoy hace una llave de yudo con la sentencia de Moro y redobla la victimización. Ni el PSDB, ni mucho menos el PMDB, tienen un postulante tan competitivo como Lula. Puede ser que esta vez el paulista Geraldo Alckmin, u otro gobernador "tucano", gane altura con el paso de los meses y el avance de la campaña. Conviene recordar que un sector amplio de la sociedad salió a las calles en 2013 y muchos siguieron allí hasta la destitución de Dilma en 2016 para repudiar a la presidenta, a Lula y al PT. Luego desaparecieron. Pero puede que vuelvan, galvanizados por el terror a un retorno de Lula. Que ya no será aquel "Lulinha es paz y amor" de 2003. La frase se la inventó el asesor de imagen Duda Mendonca para enterrar la imagen del Lula clasista y combativo que había perdido tres veces seguidas la carrera presidencial. Ahora, la voz de Lula y su mirada ya no transmiten paz y amor, sino furia y revanchismo. Hasta la muerte por cáncer de su popular esposa en febrero pasado reforzó esta imagen de revancha. Mientras Marisa yacía en el ataúd abierto, Lula no dudó en culpar a sus enemigos políticos por la muerte de su compañera. Duda Mendonca, de seguir al frente de la campaña petista, tendría enormes dudas de cómo "vender" este producto, por más que enfrente haya muy poco.

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