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Sábado 25 de Julio de 2015

¿El mundo es ahora más seguro?

El acuerdo entre las potencias mundiales e Irán que promete poner freno al desarrollo nuclear de la nación islámica fue celebrado mayormente como un avance pacifista. Sin embargo, y aún sin armas atómicas, el planeta sigue siendo cada día más peligroso.

 Con el acuerdo entre las potencias mundiales e Irán en torno a su controvertido programa nuclear, el presidente norteamericano Barak Obama anunció que ahora el mundo es un lugar más seguro. Fundamentó esa afirmación en que tras las arduas negociaciones se alcanzó un convenio amplio y a largo plazo que le impedirá a Irán obtener armas atómicas.

Ese comentario de Obama pareció confirmar las sospechas de varios países del Golfo Pérsico y Medio Oriente sobre la recurrente afirmación iraní de que su desarrollo nuclear tenía solamente fines civiles y no pretendía producir armas nucleares. Esas dudas, evidentemente, también las tenían los norteamericanos porque si ahora aseguran que el convenio lo impedirá, significa, indirectamente, que Irán estaba en camino de lograrlo.

En realidad, quien le dio mayor precisión al tema fue el propio secretario de Estado norteamericano, John Kerry, quien explicó que cuando las instalaciones iraníes sean reducidas tal como lo establece el acuerdo, Irán estará a un año de tener capacidad para fabricar la bomba atómica frente a los tres meses actuales. Es decir, aun cuando se cumpla lo pactado, Irán podría en un relativo corto plazo (doce meses) convertirse en potencia nuclear. Nadie, ni los propios iraníes, han salido a desmentir las palabras de Kerry, con lo que también quedó claro que tenían antes del acuerdo posibilidad de obtener una bomba atómica en sólo 90 días.

A cambio de las concesiones que ha hecho Irán, Estados Unidos y Europa comenzarán a levantarle progresivamente las sanciones económicas impuestas desde 2006, que incluyen el descongelamiento de nada más y nada menos que 100 mil millones de dólares en activos trabados en el exterior y la posibilidad de volver a vender petróleo a Europa. Esto significará un enorme alivio para la alicaída economía persa, con alta inflación y desempleo.

No hay dudas que Irán logró con este acuerdo ser reconocido como un gran actor en la geopolítica internacional porque se ha sentado con los más poderosos del mundo a negociar de igual a igual.
Salvo Israel, Canadá y algunos países árabes sunitas como Arabia Saudita, adversarios tradicionales de los shiítas iraníes, en las principales capitales del mundo se ha celebrado el acuerdo como un gran paso hacia la distensión mundial y no, como sostienen los que lo repudian, como un retroceso peligroso a las puertas de un posible engaño mayúsculo, como ya se han visto casos en la historia europea del siglo pasado.

Parece sensato suponer que los países firmantes del convenio, nucleados en el G-5 +1 (EEUU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China) y Alemania, han previsto que son suficientes las inspecciones en el terreno y otras medidas de control para verificar el cumplimiento de lo pactado y asegurarse la inviabilidad de un Irán nuclear al menos por diez años, como establece el acuerdo.

Si efectivamente las potencias mundiales triunfaron en detener el programa nuclear iraní es sin duda una buena noticia porque, además, frena las aspiraciones de otros países de la región de alcanzar el mismo poderío bélico para no perder en el balance de las relaciones de fuerzas que mantienen alejados, por ahora, los enfrentamientos directos entre rivales y enemigos.

No todo es nuclear. Sin embargo, afirmar que el mundo se ha tornado más seguro porque los iraníes han cedido a su pretensión de tener la bomba atómica es una verdad a medias. Desde la aparición de la fracasada primavera árabe en 2005 (con la excepción de Túnez que lucha por su democracia) han surgido grupos más radicalizados aun que Al Qaeda. Son bandas armadas que han logrado un avance impensado en Medio Oriente, Asia y Africa, donde ganan adeptos todos los días y despliegan una actividad terrorista que se ha vuelto incontrolable. Irán no es ajeno política ni materialmente a esa situación porque es sabido que interviene en la guerra civil Siria a favor del dictador Bashar Al Assad, financia a los rebeldes Hutíes en Yemen, a quienes Arabia Saudita bombardea desde el aire, y sostiene al Hezbolá libanés, acusado entre otras cosas de haber ejecutado los dos ataques terroristas en la Argentina. En este marco, ¿es confiable un país que acordó abortar su programa nuclear cuando por otro lado sostiene a grupos que (eso sí, con armas convencionales), siembran el terror por la región? Para Arabia Saudita también el desarrollo nuclear de Irán no es única fuente de su malestar porque además teme, como tantas otras naciones de área, que el acuerdo sea el comienzo de otra gran preocupación: el intento definitivo de Irán de convertirse en potencia regional. El ministro de Relaciones Exteriores saudita dijo hace unos días que su país espera que los iraníes usen el acuerdo nuclear “para mejorar su situación doméstica y la vida de la población y no para sus aventuras en la región, aunque si lo hacen estamos preparados para enfrentarlos”.

Esa declaración desafiante es un primer paso para dejar claro que Arabia Saudita ha cambiado su estrategia porque se ha sentido abandonada por su principal socio en Occidente, Estados Unidos. También está dispuesta a actuar como lo hace en Yemen contra los rebeldes que apoya Irán e increíblemente comparte objetivos estratégicos con Israel, su acérrimo oponente.

Si se coincide en que el peligro nuclear ha quedado al menos adormecido tras el acuerdo, no se podría decir lo mismo en cuanto al desarrollo de guerras internas convencionales, el fortalecimiento de grupos terroristas que florecen y se nutren desde todo el planeta y el temor de que van quedando menos lugares seguros en el mundo, pese a la afirmación en contrario de Obama y los pedidos del Papa argentino.

La reciente masacre en un centro cultural de Turquía, el asesinato masivo de turistas en dos hoteles de Túnez, los permanentes atentados en Egipto, las carnicerías habituales en Irak, Siria, Pakistán y varios países africanos confirman ese cuadro de situación. Un escenario que seguramente no tardará en llegar a los países centrales de Occidente con mayor frecuencia, porque desde allí se captan futuros yihadistas que están dispuestos a todo y en cualquier parte, como quedó demostrado a principios de año en Francia.

Todavía más peligroso que estos ataques esporádicos son las posibilidades de estos grupos de potenciar su capacidad de destrucción cuando en algún momento logren acceder a material nuclear, que probablemente circule clandestinamente en algunas zonas del mundo que son incontrolables para el tráfico de armas y drogas. ¿Qué sucedería en un futuro, por ejemplo, si los musulmanes radicalizados en Pakistán toman el poder y pasan a controlar las plantas nucleares de país?

¿Cómo no imaginarse que el delirante Estado Islámico, que controla partes de Irak y Siria, emplee armas de destrucción masiva cuando las disponga? Mientras tanto, decapita extranjeros y opositores, esclaviza mujeres y utiliza niños para sus crímenes. Su grado de crueldad asesina, llevada al paroxismo, ha atraído a bandas organizadas o anárquicas de otras regiones del mundo que le han jurado obediencia y que actúan en correspondencia con los actos aberrantes de ese grupo, que lejos de debilitarse se fortalece con el tiempo.

Si hay algo que con cierto grado de certeza se puede afirmar es que el mundo, lejos de estar más seguro, se encamina hacia la aparición más frecuente de focos radicalizados dispuestos a sembrar el terror sin conocerse, en muchos casos, ni siquiera el objetivo de sus acciones. Son bandas impredecibles por lo inorgánico, irracionales y tan peligrosas como si Irán algún día alcanzara la bomba atómica.

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