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Sábado 14 de Agosto de 2010

El Mudo y la Voz

Gardel nos habla como si fuera un amigo. Escucharlo es sentir que el mundo participa, por una vez, de nuestro corazón.

La anécdota, jugosa, está circulando por ahí.

Nueva York, década del treinta. Carlos Gardel, que ya disfruta del éxito, se presenta habitualmente en una “broadcasting”. Allí va a verlo y oírlo un joven colega de pasado turbulento, presente incierto y futuro peligroso. Es hijo de genovesa y siciliano, y lleva el menudo nombrecito de Francesco Albertino Sinatra Agravantes. Deslumbrado por lo que escucha, el muchacho que a sus escasos dieciocho años ya conoce bien los bajos fondos neoyorquinos le pide consejo al consagrado. Y según cuentan, lo que Carlitos le dijo aquella vez a Frank Sinatra fue el punto de partida para que el hombre de ojos azules se convirtiera, tiempo más tarde, en aquel a quien se llamó “la Voz”.

Es posible que la historia sea verdadera, pero acaso no resulte necesario. Porque sin ninguna duda, es verosímil. Los argentinos suelen atribuirles a sus ídolos, como Gardel, Perón y Maradona, cualidades mágicas. Y Gardel las tenía.

Para comprobarlo basta, como en mi caso, encender el amplificador japonés de la década del ochenta, poner a funcionar la vieja bandeja giradiscos, insertar el vinilo y dejar que fluyan los tangos. Esa sí que es magia: Gardel nos habla como si fuera un amigo. Escucharlo es sentir que el mundo participa, por una vez, de nuestro corazón. Que más allá del tiempo y el espacio, por encima de las barreras de la corrupción y de la muerte, alguien nos ampara. Magia es gambetear el olvido.

El resto es una simple cuestión de gustos. A mí me emociona más el Gardel de “Anclao en París” y “Barrio reo” que el de “Mi Buenos Aires querido” o “El día que me quieras”. Pero se trata de discusiones para preciosistas: lo que vale es su increíble capacidad para mimetizarse con la letra, el perfume de sabio compasivo que aroma esa voz madurada en la noche. El Mudo no canta, hace nacer. Y nosotros escuchamos los sonidos del parto.

Cada quien tiene su propio abanico de voces imprescindibles, esas que va a buscar en la soledad o el desconsuelo, en la instrospección o la melancolía. Para mí Gardel es uno de los insustituibles, junto con el Polaco y Floreal Ruiz. Fuera del tango, el mismo efecto me provocan la voz rasposa de Dylan o el Serrat de la primera época, el de “En nuestra casa” y “Balada de otoño”. O el Flaco Spinetta en la “Cantata de puentes amarillos”. O Silvio Rodríguez en “Óleo de mujer con sombrero” y “Te doy una canción”. O Jacques Brel. Algunos dirán, ¿y Sinatra? Bueno, no está en mi lista personal, pero podría estarlo. Merecería.

La anécdota (imaginaria o no) termina contando que cuando Frankie, ya veterano, pisó Buenos Aires por primera vez, lo primero que hizo fue buscar un café del cual Gardel le había hablado. Como era lógico, sólo halló escombros, pero no le importó. Se paró frente a las ruinas, tarareó bajito una estrofa de “Tres amigos” y dicen que pronunció esta frase: “Thanks for helping me to live, mister Gardel” (gracias por ayudarme a vivir, señor Gardel).

El Mudo había ayudado a la Voz. Un caso de poesía pura.

 

 

 

(Este texto está dedicado a Tweety Tegiacchi y Biti Robson)

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