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Domingo 21 de Junio de 2015

El modelo y el Estado soy yo

Fin del mandato. Cristina ha diseñado una salida del poder como si fuera a mantenerlo o, al menos, a manejarlo y administrarlo. Es que la presidenta aspira a seguir en el centro de la escena, aunque deba dejar la Casa Rosada.

“El modelo soy yo”. Aunque no lo haya dicho en estos términos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de demostrar que eso piensa. Hoy, el kirchnerismo comienza y termina en ella. Cristina es el principio y fin del peronismo y ella fija y corre los límites. Los nombres de las listas que competirán en las elecciones venideras, su propio apellido puesto a jugar, sus leales definidos desde el cristal de la obediencia y obsecuencia y diseñados, corregidos y aumentados por su sola lapicera, sus vetos, destierros, amores y desprecios hacia quienes no lo entendieron, todo la pintan como la única dueña de la decisión de qué es y cómo se interpreta su “modelo”. El peronismo, para negar esta evidencia y defender lo explícito, se encarga de recordar el concepto de “conductor” nacido de la mano de quien lo fundara. Así la explican, especialmente los que no tienen empacho de verse humillados por las decisiones y lo caprichos de su jefa.

Todos acatan. Todos son los reclutas K en el cuartel Frente para la Victoria, por usar idéntico vocabulario que la misma Cristina utilizó para rebelarse en los 90 como senadora ante su jefe José Alasino, que la quería hacer obedecer sin chistar lo que quería el entonces “conductor” Carlos Menem.

Por aquellos tiempos, la hoy dos veces presidenta de la Nación desafiaba, no el legítimo derecho a señalar las líneas de gobierno y acción que le competen al que ocupa, como ella, el sillón de Rivadavia, sino la discrecionalidad y arbitrariedad de entonces. Eran otras épocas. La discrecionalidad hoy se llama “acción del mejor cuadro político de la historia”, y la arbitrariedad, “respeto por la autora del modelo”. Taparrabos semántico fácil de descascarar.

Todos acatan. O casi todos. Porque Florencio Randazzo se atrevió a algún límite. El ministro de Interior y Transporte le dijo un no a la presidenta Kirchner. No es poco. Mucho se dice de los detalles de esa negativa. Demasiado se maquilla (otra vez los grandes señores que ostentan poder y titubean como críos para justificar a la jefa con veneración de bronce) el relato de lo ocurrido. Pero lo concreto es que una negativa, a la gobernación de Buenos Aires o a aceptar las reglas de la competencia interna, se hizo escuchar. Podría argüirse con crítica al ahora ex precandidato a presidente que nadie puede alegar su propia torpeza y que no podía desconocer después de tanto tiempo en el FPV cómo son las cosas. Quizás. Pero no hay dudas de que ese conocimiento no derriba todos los límites. Al menos en las personas de bien. Randazzo encontró el suyo. Y cumplió su palabra: “Es la presidencia o mi casa”.

No es poca cosa cumplir con lo prometido. Es una despreciable costumbre la de recordar que ese gesto no paga en la política argentina como si la repetición de lo que está mal validase lo reprochable. El ministro se plantó y se mostró como un ave rara (quizá no merezca el calificativo de cóndor de las inmensas alturas), pero mantuvo su vuelo en la altura de la dignidad. Con costos, claro. Porque al minuto de saberse comenzaron a circular los rumores de carpetas guardadas en los cajones de la extorsión y palabras reservadas para los apretadores. Penoso. “Hasta ahora sigue hasta el 10 de diciembre”, dicen cerca de Randazzo. Hasta ahora, se recalca.

Cristina ha diseñado una salida del poder con la precisión de un relojero que va a mantenerlo. O, al menos, manejarlo, distribuirlo, administrarlo. Lo de anoche con las listas de candidatos legislativos se acopla a la perfección a su colonización en el Poder Judicial a través del concepto contrario a la división de poderes que exhibe “Justicia legítima”, con sus jueces y sus reformas procesales y con su militante procuradora Alejandra Gils Carbó. El Poder Ejecutivo, con la designación del candidato a vicepresidente Carlos Zannini, cuenta con la custodia del pensador legal y político del kirchnerismo. Él monitoreará la pureza de Daniel Scioli, sin considerar la campana del Senado. El modelo es ella. Y pretende seguir siéndolo.

El panorama en Santa Fe. El lunes se sabrá con fuerza de ley quién es el gobernador de la provincia. Es evidente que fallaron muchas cosas a la hora del conteo provisorio y que es hora de repensar el sistema constitucional que permite que un solo voto consagre a un gobernador o que siga otorgando la mayoría de cincuenta diputados con el mismo resultado. Nunca, a lo largo de estos últimos años, el gobierno socialista impulsó una discusión seria al respecto. No fue la seguridad el único tema no abordado por los gobernadores Hermes Binner y Antonio Bonfatti.

Sin embargo, fue desproporcionado y poco serio arrojar sospechas de fraude electoral, sobre todo cuando los apoderados de algunos partidos no plantearon eso en el lugar institucional que corresponde. El empañamiento sobre el modo eficaz en el que se conocen los resultados de una elección será irreparable. Se exigía que los dirigentes con responsabilidad actuasen a la altura de las circunstancias y reparasen con actitud seria el daño infringido en la credibilidad social.

Omar Perotti reconoció unas horas antes del cierre de listas, ayer mismo, que había perdido. Se ve que la seguridad de su victoria gritada después del 14 de junio era más débil que sus aspiraciones a un escaño legislativo. Si el gobernador es Miguel Lifschitz, deberá tomar nota la semana que viene de que llega debilitado con un tercio de los votos y un setenta por ciento de sufragios adversos que contienen un mensaje irrefutable que interpela la soberbia socialista con la que se ha gobernado hasta ahora. No habrá espacio para demasiada luna de miel.

Si el triunfador es Miguel del Sel deberá asumir su condición de político a la hora de cambiar lo que está mal y contar qué cree –concreta y específicamente, como no hizo durante la campaña– qué debe hacerse. Las urnas lo habrán consagrado como un político a pesar de él. Si pierde, ha dicho que se retira a su casa. Lucirá, si es así, como quien definitivamente no entiende las reglas de las elecciones, en las que a veces se gana y en la mayoría se pierde. No importa si una, dos o más veces. Para semejante comprensión hay que tener convicciones profundas, militancia personal en las ideas y no pensar que el resultado es todo sino apenas una anécdota.

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