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Domingo 23 de Agosto de 2015

El Mercedes Benz blanco

A principios de los 80 el lago del Planetario de Palermo estaba lleno de unos peces anaranjados que llamaban siete colores. Era el final de la primaria y con cuatro amigos íbamos con mojarreras a sacarlos.

A principios de los 80 el lago del Planetario de Palermo estaba lleno de unos peces anaranjados que llamaban siete colores. Era el final de la primaria y con cuatro amigos íbamos con mojarreras a sacarlos. Nos pasábamos la tarde encarnando con lombrices y comiendo pochoclo, desesperados por ponerle fin a la niñez, con el redondo edificio saturnal a nuestra espalda. Después nos esperaba la mayor aventura, que era volver caminando hasta La Boca.

Bajábamos recto desde Palermo al Parque Lezama conversando con voces híbridas y sintiéndonos varones. El camino era un tobogán de 80 cuadras donde nos extasiábamos con los cambios de paisaje. Los edificios blancos y macizos de Recoleta, los frentes de oficinas por el Correo Central, las recovas descascaradas del Bajo y las luces parcas cayendo hacia el Riachuelo armaban un desparramo de contrastes en la calle y adentro de nosotros.

 Llevábamos las cañas al hombro, las bolsas de nailon llenas de agua con los pececitos nadando y un grabador Hitachi con tres pilas Eveready de las grandes con el que escuchábamos incansablemente el segundo disco de Almendra. Las pilas nuevas las reservábamos para la vuelta y duraban todo el recorrido. Cuando sonaba Rutas Argentinas la cantábamos gritando.

 Al poco tiempo mi familia se mudó a Rosario. Mis amigos siguieron yendo a Palermo. Ya no iban a pescar pero les gustaba el Planetario y más que nada la caminata de regreso. Me mandaban cartas contando esos paseos que yo leía debajo de una frazada tapando hasta las orejas la melancolía. El relato del hábito aquel en esas cartas era un epigrama repetido y secreto en el que cada vez más débilmente latía mi pertenencia al grupo.

 Un día en una carta uno de los chicos contó algo que iba a romperme el cántaro de agua sin remedio. El que escribió la carta se llama Alejandro Leyes y hasta hoy le decimos Ley. Tendríamos 15 años. Una noche de sábado Ley estaba con otro pibe y se sintieron sin ganas de rehacer a pie esa punta de cuadras. Entonces empezaron a hacer dedo en avenida del Libertador. Algo tan completamente exótico, entonces y ahora, como ver pasar un canguro por esa zona.

Caminaban hacia el sur cuando un auto distinto de todos se detuvo a unos 50 metros delante de ellos indicando con las luces intermitentes que los esperaba. Era un Mercedes Benz blanco. Los pibes se arrimaron con incredulidad y tal vez con un poco de miedo. Adentro un tipo solo sentado al volante sacaba el brazo por la ventanilla ordenando que subieran en el asiento de atrás.

Jugando con la voz el tipo del volante preguntó: "¿A dónde se dirigen, caballeros?" Debió repetir la pregunta para que uno de los dos gansos respondiera desde atrás: "A La Boca". El Mercedes puso proa para abajo y las ruedas chirriaron como un acorde en la noche.

Ley enfocó al tipo de pelo rojo y pómulos chupados que manejaba callado y moviendo la cabeza. Mientras lo hacía su sistema nervioso empezó a desordenarse y él a trabarse en cuchicheos con el amigo igual de alucinado. Cogoteaba como una tortuga en el tapizado de cuero blanco, se revolvía con inocencia y lanzaba risitas taradas. Hasta que el dueño del auto se torció hacia ellos y sin dejar de manejar dijo. "Pero sí…, soy yo…, o les tengo que tocar Muchacha para que lo crean…".

Durante años viví en la duda y en la envidia feroz. Pensaba que mis amigos inventaban eso por puro disfrute, o en venganza por mi ida del barrio, sabiendo todo lo que yo habría dado por ser convidado en ese viaje. Para alejar el malestar de las cosas perdidas imaginaba que era mentira, pero me parecía improbable, porque al que me lo contaba, Ley, lo asumía como el tipo más puro de la tierra.

Como tantas cosas en el tiempo el asunto quedó empedrado de olvido. Pero ninguna historia cierra, a todas le quedan hilos colgando para enlazar alguna vez con otras. Cuando ya era periodista, veinte años después, me invitaron a participar en un programa nocturno en Canal 5. Se había encontrado un variado archivo telefílmico, cintas sumergidas en decenas de latas oxidadas con precioso material informativo, que un paciente trabajo de restauración logró recuperar. El programa se llamó El buscador de archivos y fue una idea de Susana Rueda. Se hizo durante todo 2001.

Trabajaron varias personas en esa experiencia. Gastón Bozzano y yo aportamos en los guiones. Al formato no le fue mal, ganó un par de premios nacionales y al final del ciclo una noche fuimos a uno de los clubes del río a despedirnos.

Al final de la comida Gastón, lúcido periodista y refinado músico, se puso a contar anécdotas de una parte de su vida que desconocíamos. Tenía un cuñado que había sido socio de Alberto Ohanian, productor artístico, y gracias a eso cuando estaba terminando la secundaria en Junín se subió a los autos de una gira de Spinetta. Su papel consistía en hacer los mandados para los músicos. Estuvo en Mar del Plata en el final de Almendra y en Rosario durante la presentación de Alma de diamante, de Spinetta Jade, en el teatro La Comedia.

La memoria humeante de Gastón volaba esa noche. Contaba que entonces Spinetta le había vendido un piano Rhodes a un músico desconocido nacionalmente llamado Fito Páez. También retenía episodios de la sala de ensayos, o las marcas de los instrumentos de los músicos. Hasta que en el revoleo de recuerdos dijo:

"En esa época Spinetta tenía un Mercedes Benz blanco".

Unos tres años después de la historia del viaje a dedo por avenida Libertador de mis amigos Spinetta grabó Privé, un álbum bellísimo, experimental y especialmente íntimo. Una de las canciones dice en su estribillo: "Huyendo en taxi por el Bajo me doy cuenta los delirios de tu mente queriendo sentir amor/ No soporto que tus manos no me encuentren como siempre queriendo ver la verdad…"

¿Cuál será la verdad de lo que anida en nuestro recuerdo? ¿Hay alguna por fuera de lo que aceptamos condicionados por las obstinaciones de nuestra sensibilidad? ¿Alguna que no nos inventemos, en parte, para que lo que no salió del todo como imaginábamos tenga un final más tolerable?

Las respuestas están en todos lados y en ninguno. Pero la mención casual de Gastón produjo la verificación esperada para el recuerdo olvidado, una tregua provisoria entre mis sensaciones y mis creencias. Ahora cada vez que paso por el Bajo en dirección a La Boca adivino la llegada inminente de un bólido por la llanura de asfalto, con un taxista de rostro angular trasladando en un Mercedes a mi amigo, sonriéndome desde la ventanilla de atrás con los pececitos en la mano.

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