Opinión
Viernes 06 de Enero de 2017

El médico que reta

La visita al médico, por lo general, no es agradable, y ellos, los médicos, lo saben. Por eso no es raro encontrarse con que después de una espera de 45 minutos una secretaria con voz cantarina llame al próximo paciente por su apellido y le anuncie con una sonrisa que el doctor lo va a atender.

La visita al médico, por lo general, no es agradable, y ellos, los médicos, lo saben. Por eso no es raro encontrarse con que después de una espera de 45 minutos una secretaria con voz cantarina llame al próximo paciente por su apellido y le anuncie con una sonrisa que el doctor lo va a atender.

Siempre el encuentro comienza con un interrogatorio que se extiende más o menos según síntomas y evidencias expuestas en las declaraciones del afectado y lo que escudriñan diversos aparatos.

También por lo general el médico indaga sobre el modo de vida del paciente, su entorno, su trabajo (infaltable), sus costumbres, aún las inconfesables (se está en el templo del secreto), todos datos que pueden dar indicios concretos de la afección que motivó la consulta. La entrevista toma un marco afable, acogedor, donde se establece una comunicación franca.

Pero hay veces que no se da esa situación, y el médico, por exceso de celo profesional, por preocupación, por ansiedad, porque una obra social le debe cientos de galenos, por estar atendiendo el cuadragésimo quinto paciente en lo que va del día, abandona el protocolo y pregunta hierático: ¿Come con o sin sal?, que dispara un dubitativo estoy tratando de ponerle menos a la comida. Le pregunté si con o sin sal, le insiste.

Cansado, con miedo, con un insufrible dolor de piernas, recordando que vive con la madre, la esposa y dos hijos adolescentes que mantiene con un trabajo inestable, sólo atina a responder: ¿Tú también, Brutus?

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