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Viernes 21 de Octubre de 2011

El matemático bajito que viajaba en tranvía

Ingeniería (UNR) homenajeó al pensador Beppo Levi a 50 años de su muerte. Tres ex alumnos repasaron anécdotas de su vida.

Parecía más bajo que lo que era. Terminaba sus clases y tomaba el tranvía —solía viajar colgado del estribo llevando un gran portafolio—. Así se lo veía al gran matemático Beppo Levi cuando terminaba sus clases en Ingeniería por los años 40. Hizo valiosos aportes al pensamiento matemático, escribió libros y hasta hay un teorema que lleva su nombre. Sin embargo, lo que más recuerdan sus ex alumnos son su inteligencia y su humanidad.

Beppo Levi nació en Turín en 1875. A los 21 años ya se había doctorado en matemática y luego siguió una carrera exitosa en varias universidades italianas. Después vinieron la guerra y la intolerancia hacia su condición de judío. Fue perseguido y expulsado de su país cuando tenía 64 años y ya se mostraba como uno de los matemáticos más brillantes del siglo XX.

Llegó a Rosario de la mano solidaria del profesor Cortés Plá (por entonces decano de Ingeniería), quien lo invitó a radicarse en el país y a dirigir el Instituto de Matemática de la facultad. Lo hizo desde 1939 hasta 1961, cuando falleció.

A 50 años de su muerte (se cumplieron el 28 de agosto pasado), la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura (UNR) decidió hacerle un homenaje. Estuvieron presentes tres de sus ex alumnos, los ingenieros Ricardo Sagristá, Moisés Chababo y Miguel Werber, que rescataron el perfil académico, de pensador y sobre todo de “hombre de bien” de Levi. Y allí el público, en gran parte compuesto por jóvenes estudiantes, conoció otro costado del gran maestro, ese que sólo pueden describir quienes recibieron sus enseñanzas cotidianas.

Pinceladas. Ricardo Sagristá fue el primero en tomar la palabra. Dijo que sus relatos llegaban como los de “un ex alumno”, anticipando de alguna manera que hablaría de un vínculo que logran construir los buenos educadores.

Y a esos relatos los definió como “pinceladas” del recuerdo de “un matemático maravilloso”. Contó que la primera vez que conoció a Levi no fue en persona, sino cuando cursaba su secundario en el Nacional Nº 2 y en una clase de psicología el profesor Demetrio García les comentó que en Rosario vivía “un matemático de primera línea, de nivel mundial”, para quien “las matemáticas eran su poesía”.

Sin embargo, Sagristá tuvo la suerte luego de ser parte de las clases. “Yo lo he visto más de una vez subir al tranvía en Pellegrini y Ayacucho con su portafolio y tomado del estribo porque siempre iba lleno”, repasó sobre la vida común de un hombre destacado.

“Tuve con él clases de Cálculos II, eran materias anuales, muy concurridas durante todo el año, muy accesibles y amenas, con acentos y modismos italianos. Cuando se retiraba del aula, las pizarras quedaban escritas de la mitad para abajo”, continuó para describir otro rasgo del maestro: su baja estatura.

Por ese entonces, en los exámenes había que sacar bolilla, asistir de saco y corbata y pasar varias horas en espera. Una testigo de esas prácticas eran las paredes ubicadas frente al aula magna donde se tomaban las pruebas: registraban demostraciones y ejercicios de los alumnos que terminaban de rendir a los que aún esperaban por entrar.

“Mi examen con Levi se dio cerca de las 8.30 de la noche. Me dijo «escriba» y me dictó un ejercicio. Comienzo a trabajar, él hace unos pasos, me detiene y me indica «ponga el dos en lugar del tres». Pude desarrollar entonces todo el ejercicio, pasé al oral y aprobé el examen”.

La actitud. Moisés Chababo lo tuvo a Levi como profesor en las materias de Cálculos I y II. En sus anécdotas también eligió enfatizar el aspecto de un educador atento a escuchar a sus estudiantes.

“Una vez un alumno rendía su última materia de la carrera, pero reprobó. Le contó a Levi que por razones familiares debía aprobar. El intercedió ante los demás profesores y consiguió que le dieran otro tema. No sé qué pasó después, pero lo que vale es la actitud que tuvo como profesor”, rescató.

Chababo trajo otra imagen  cuando recordó un hecho más que ilustrativo de la figura del matemático: “Durante un fin de año que se tomaban varios exámenes al mismo tiempo, Levi sentía que en el salón de al lado un profesor no se cansaba de gritarle a un alumno diciéndole que no sabía nada. Eso lo puso mal, hasta que se cansó y se dirigió al profesor y le dijo: «Má, si yo le tomo un examen a usted seguro que tampoco sabe nada»”.

“Esos rasgos de humanidad eran los que nos encantaban”, dijo al final de su presentación, y contó que le sigue rindiendo homenaje con frecuencia al maestro, ya que descansa muy cerca de la sepultura de sus padres en el Cementerio Israelita de Rosario.

Alegría de vivir. El último de los ex alumnos en hablar fue Miguel Werber. Se presentó como ingeniero civil, agrimensor y técnico constructor de obras de la Escuela Industrial (hoy Politécnico), además de docente de la Facultad de Ingeniería. “Cuento todo esto para que se den cuenta que la mayor parte de mi vida la pasé aquí, en este edificio de Pellegrini y Ayacucho”, agregó.

“Beppo Levi —contó— era un hombre de 1,56 metro de alto, pero por un problema de columna parecía de estatura más baja aún. Tenía una barba muy particular y siempre andaba con un gran portafolio. Pero cuando se lo veía, se advertía en él su inteligencia y su alegría de vivir”.

"El asunto de los pizarrones era todo un tema”, dijo Werber para detenerse en una de las anécdotas que todos repasan de la vida académica del matemático. Y continuó: “Se entusiasmaba tanto desarrollando demostraciones que subía los escalones para llegar más alto, cuando no podía más daba unos saltitos y se colgaba para seguir escribiendo”.

Para Werber, una de las preguntas que se hacía en su época de estudiante universitario era “si hacía falta saber tanta matemática para un ingeniero civil”. Y contó que el tiempo junto a Levi le dio la respuesta: “Nos enseñó a razonar, a pensar y a meditar, que son los fundamentos para cualquier persona que ejerce una profesión”.

Teorema y libro. Levi desarrolló una intensa actividad en el Instituto Matemático que le confiaron a su llegada a la ciudad, en especial para entusiasmar a los jóvenes estudiantes con la teoría y la aplicación de la disciplina; publicó una revista especializada y varios libros, quizás el más famoso fue “Leyendo a Euclides”, editado en Rosario por los años 50. Y por si fueran pocas sus contribuciones a la ciencia, hasta hay un teorema que lleva su nombre.

El ingeniero Werber se guardó para el final una buena forma de pintar al matemático y educador italiano, y su manera constante de desafiar a los estudiantes a pensar: “Una vez, para fin de año, Levi nos confesó que el momento del examen era el que menos les gustaba de su tarea. Y en una clase nos confesó: «¿Saben qué me gustaría? que me tomen examen a mí». Nosotros nos reímos y le preguntamos cómo iba a hacer eso, y nos respondió: «No se rían, porque el que no estudió no tendrá nada para preguntar y el que lo hizo cuántas cosas interesantes me preguntará»”.

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