Juegos Olímpicos Río 2016
Sábado 06 de Agosto de 2016

El Maracaná se vistió de gala para la apertura de los Juegos Olímpicos Río 2016

El mismo escenario que albergó en 2014 la final del Mundial de fútbol entre Argentina y Alemania, esta vez en el acto de apertura de a cita máxima del deporte mundial.

Pasaron dos años y 23 días desde la última vez que el Maracaná se vistió de gala como sólo puede hacerlo un escenario por el que sobrevuelan recuerdos de proezas deportivas propias y ajenas. El 13 de julio de 2014 la selección argentina de fútbol perdió la final del Mundial con Alemania en tiempo suplementario aquí mismo. Es imposible no recordarlo cuando se ingresa al estadio. Es una especie de cláusula gatillo.

   Anoche, con su capacidad muy reducida por el escenario que anuló toda la tribuna que está detrás del arco en el que Gotze hizo trizas el sueño del equipo de Sabella, el Maracaná volvió a ser el centro del mundo. Como si le faltaran capítulos a su historia gloriosa, y de hecho le faltaba uno, fue la sede de la ceremonia inaugural de los 31º Juegos Olímpicos (ver aparte).

   Se puede pensar, sentir, que hay situaciones, momentos, que no tienen comparación. Hasta que aparece la prueba de todo lo contrario. El ingreso al Maracaná de dos equipos flanqueando la Copa del Mundo es tan fuerte que parece incomparable. Pues después de ver entrar anoche a la delegación argentina encabezada por Luis Scola, la escala de comparaciones se modifica drásticamente. No existe ninguna posibilidad de que haya un momento deportivo más emotivo que la ceremonia inaugural de un Juego Olímpico en el que cada país ofrece sus mejores exponentes. Es de una emotividad extrema.

   Y como si el impacto no fuera tremendo por sí solo, además, y a pesar de que se sabía desde hace muchísimo tiempo, la representación albiceleste, que tuvo unas cuantas ausencias porque debutarán hoy mismo, estuvo encabezada por uno de los deportistas más notables de los últimos 15 años, el capitán de la selección de básquet. Y quizás ese también sea el punto. ¿Existe algún argentino que no sienta devoción y admiración por la Generación Dorada? Difícilmente. ¿No es acaso Luifa el prototipo del deportista que todos quieren tener en su selección?

   Hay toda una simbología detrás del abanderado. El Alma Argentina, como también se la conoce a la selección de básquet, despedirá en Río a los últimos 4 sobrevivientes de una camada irrepetible: Scola, Emanuel Ginóbili, Andrés Nocioni y Carlos Delfino. La Generación Dorada logró un milagro: la prescindencia del resultado. Claro que esa condición impoluta la fue logrando con resultados paridos desde la jerarquía, pero también desde el esfuerzo y la entrega. El mensaje es automático, se dispara solo, aunque nadie se lo proponga.

   Algo menos de 200 deportistas, la delegación tiene 213 competidores, todos vestidos de celeste y blanco. Desde el más humilde de los amateurs hasta el más profesional. Mezclados los millonarios con los que viven al día, como una sociedad en escala, pero detrás de un mismo objetivo. Aquí sí los extremos se tocan y a nadie se le caen los anillos, a propósito del olimpismo. Es magia. De repente el Maracaná se cubrió de más de 10.000 atletas de más de 200 países y todos estaban en la misma condición.

   Argentina fue una de las primeras delegaciones, como siempre, porque ingresan por orden alfabético, y recibió una mezcla de ovación y reprobación por la lógica rivalidad con Brasil, pero bien podría considerarse que el saldo fue claramente positivo. Sobre todo después de que la aparición de Alemania unos minutos antes estuviera acompañada por una ovación que pareció tener reminiscencias de la final de la Copa del Mundo. Es que para Brasil hubiera sido mucho más devastador que Argentina ganara aquella competencia. Mucho más que los 7 goles que recibió de Alemania. Y por eso le tributa y le tributará un agradecimiento eterno. Los Juegos son los Juegos, pero las raíces futbolistas siempre están presentes.

   Más allá de los resultados, que seguramente no serán los mejores, o en todo caso difícilmente superen la media histórica, el mensaje de confraternidad de los deportistas debería calar bien hondo en el corazón de las instituciones. Desde allí es desde donde nacen los cambios, o mejor escrito, desde allí deberían surgir y no desde los competidores que en algunos casos hasta pusieron en juego su idolatría en búsqueda de mejores dirigentes. Aunque no sea lo ideal, ese es otro mensaje de la Generación Dorada.

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