Opinión
Viernes 07 de Octubre de 2016

El lugar de la política en la construcción del país

Compromiso. La clase dirigente debe trabajar para revertir la desindustrialización del país. La única manera de conseguirlo es abandonar las políticas neoliberales y apostar a la producción, agregado de valor, cooperativismo y fortalecimiento del mercado interno.

No hay sociedades sin problemas. Eso es inherente a la democracia, a la política. Negarlo es caer en la anti política y vaciar el propio sentido de la democracia. Pero así como uno dice que no hay sociedad sin problemas, también debemos entender que no puede haber sociedades sin sueños, sin objetivos.

En algunos ámbitos de la política solemos hablar de producción, cooperativismo, agregado de valor. Y aparecen términos como compra pública, cooperativismo, llegar del productor al consumidor, desarrollo rural, agregado de valor, crecimiento de los territorios, defensa de la calidad de los productos, matriz energética, infraestructura, entre muchas cosas. Desde nuestra provincia hemos lanzado varias iniciativas, como el Plan de Economía Social y Solidaria; las líneas de financiamiento para infraestructura; el Plan industrial contracíclico; el Plan de Agricultura familiar, por ejemplo. Pero lo que debemos pensar en términos estratégicos es en la necesidad de cambiar la tendencia de largo plazo. Y para ello debemos pensar el contexto, hablar de regímenes sociales de acumulación, situar los procesos históricos.

Tenemos tres a cuatro grandes procesos de régimen social de acumulación que nos van a permitir entender la problemática de esta agenda, el agregado de valor y las insuficiencias y limitaciones que sufrimos a la hora de llevar adelante una transformación de fondo para generar valor, tener desarrollo local, integración territorial, cuestión que hoy en la Argentina no son ejemplo.

El primer gran régimen de acumulación es el modelo agroexportador, desde el principio de nuestra patria hasta la década del 30, que generó —en su contradicción más intrínseca- dos de las dos entidades más importantes de la época, entre otras: la Federación Agraria por un lado y la Sociedad Rural en la otra punta. Entidades que explicaban la contradicción del modelo: concentración de tierras, exportaciones primarias, inmigrantes, dificultad de integración, la agenda del arrendatario. Todo ello nos llevó, con muchas contradicciones y junto a avances en los derechos políticos y sociales -como la educación y el voto democrático- a los primeros intentos de leyes de arrendamiento y de cooperativas.

Hay un segundo gran régimen social de acumulación, que va del '30 al '76. Con sus contradicciones y todo, fue el más importante de Argentina, también en términos de infraestructura institucional y política. Lo podemos definir como de "sustitución de importaciones", en el cual se definió un país productivo y una matriz de mucha inclusión e industrialización. Con un naciente mercado interno, acceso a la tierra y un florecimiento del movimiento cooperativo en términos históricos, con una construcción del Estado y de herramientas públicas, como nunca había visto la Argentina. Hubo en ese período golpes militares, que no pudieron desmontar semejante tendencia. Hablamos de un país industrial, que debatía incluso cómo fortalecer su estructura productiva mediante el desarrollo de industria mediana y pesada, con una clase trabajadora organizada, pleno empleo, empate social, crecimiento del mercado interno, transformación de la producción primaria y un movimiento cooperativo en pleno apogeo.

Eso empieza a quebrarse en 1976. No de una sola vez, sino a partir de ese año, con sucesivos movimientos y contradicciones. Y el '76 como apertura, no como punto de llegada. Una apertura sufrida y dolorosa. La tendencia que se abre a partir de ese año, en términos de la foto productiva e industrial de Argentina, es la deconstrucción y desestructura el modelo forjado en el anterior régimen de acumulación.

Ahí vimos cómo aparecía la bicicleta financiera, al tiempo que caían centenares de cooperativas y pymes industriales. Vimos además una fuerte concentración bancaria del financiamiento, la desaparición de las cajas de ahorro. Y vimos cómo se concentraba la economía y se empobrecía en términos territoriales, con un sector prebendario de la burguesía nacional, que crecía a partir de negocios con el Estado.

La consolidación de esta tendencia fue durante los años '90. En 1991, con un solo decreto del entonces ministro Domingo Cavallo, el 2183, se terminaba con más de 60 años de historia, de construcción de herramientas de políticas públicas generadas en los anteriores regímenes de acumulación social. Ahí se nos fueron la Junta Nacional de Carnes y el Fondo Lechero. Sería injusto decir que no hubo intentos de reparar estas relaciones de fuerza. Como a principios de los '80, como a principios de este siglo. Pero aún no pudimos torcer la tendencia y la foto productiva abierta en 1976.

Puestos a analizar el perfil productivo actual de la Argentina, debemos decir que en el trazo grueso sobresale el complejo oleaginoso, la producción de alimentos y bebidas, la fabricación de autos y autopartes, así como una industria siderúrgica dependiente de las primeras etapas productivas, cercanas a los recursos naturales. Es un perfil precarizado, vinculado a los primeros eslabones, muy lejos de los segundos, terceros y cuartos eslabones de cada cadena de producción; dependiente de los commodities, configurando un tipo de capitalismo muy débil, con lógicos problemas de integración territorial y social. El gran drama es que en esta foto sobra mucha gente. Y no es cuestión de echar la culpa a un gobierno u otro, porque es la tendencia la que no estamos pudiendo revertir desde la política.

Ahora se torna más complejo el panorama, porque la apertura de 1976 se combina con una profunda revolución tecnológica y de la información, con una aceleración de la globalización a nivel mundial. Ahí la cuestión es mucho más difícil, porque esa revolución científico técnica, desde otro lugar, nos vino a cambiar, a desestructurar socialmente y en términos de organizaciones; a generar procesos que ya nadie controla, mucho menos la política.

En este sentido, debo decir que desde la política —todos los partidos- tenemos que resolver cómo vamos ganando margen frente a esa revolución científico-técnica, sin negarla. Porque reaccionarios no podemos ser nunca, y porque frente a ese mundo global, si no ganamos esos márgenes, me temo que tendremos poca incidencia en modificar la realidad. Esto nos coloca en la agenda ante perspectivas nuevas, diferentes. Desde la Pampa Húmeda, debemos hacernos cargo de poder interpretar a una generación de agricultores hijos de los paradigmas tecnológicos. Que piensan lo cotidiano desde ellos y no desde las políticas públicas o desde las organizaciones. Eso es un hecho de la realidad y nos tiene que interpelar.

Lo que debemos preguntarnos es cómo recuperamos márgenes para actuar desde la política, para reconstruir el Estado y revertir la tendencia de la que estamos hablando. Animarnos a recuperar en serio el mercado interno de la Argentina, generar un tipo de desarrollo que favorezca la integración territorial y social, para que no siga sobrando gente. Tenemos que ser audaces, para jugar con estos principios el partido de la revolución científico-técnica-informática, el de la biotecnología, el de la agricultura de precisión. Hace falta una visión de largo aliento para pararse con proyectos, frente al corazón y al pulso de esa tendencia, que es la concentración monetaria.

Otro tema que debemos analizar es nuestra forma de vincularnos con el mundo. Porque si olvidamos que el desafío es regional y que al Mercosur debemos defenderlo cómo sea, si caminamos hacia alianzas con competidores directos nuestros, tampoco vamos a entender el partido que estamos jugando. Y así, nos tendrán sujetados las grandes potencias, llámense China o Estados Unidos.

Pongamos las cosas claras. Para combatir la pobreza y el desempleo estructural, para bajar los niveles de violencia, tenemos que tener la ambición de generar un país fuerte, independiente, con vocación industrial, con creación de empleo; posicionándonos en los segundos y terceros eslabones de cada cadena. Pero hacerlo desde abajo, para que tenga impacto territorial.

Creo, en definitiva, que hay un partido al que todos estamos renunciando equivocadamente, que nadie nos impide jugar, que es el que se debe jugar como sociedad, en términos de organización. No hay obstáculo económico. Hay problemas de visión, de individualismos, de liderazgo. Entonces, tenemos que hacernos cargo de esto, para poder sumar fuerzas y quebrar la tendencia histórica. La responsabilidad nuestra como gobierno es recuperar márgenes para hacer política pública; políticas que serán similares en algunas provincias, con mayor o menor desarrollo, pero todas tendrán que estar dirigidas a revertir la desindustrialización argentina. Porque si no entramos en esa etapa, nos sobrarán 12 millones de personas.

Vale la pena citar en el final a Willy Brandt, ex canciller alemán, que fuera perseguido en el régimen nazi: "En el siglo XXI, la política de desarrollo será la política en pro de la paz". Hoy, mejorar la seguridad pública supone dejar el neoliberalismo.

Luis Contigiani / Ministro de la Producción de Santa Fe

(*) Síntesis de su ponencia en la 6ª Convención de Cooperativas de Fecofe, en Rosario, septiembre 2016.

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