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Sábado 21 de Marzo de 2015

El linchamiento a David Moreira, un crimen en el que también se refleja la sociedad

Mañana se cumple un año del horroroso crimen público perpetuado por vecinos en barrio Azcuénaga.

El 22 de marzo de 2014 la saña y cobardía de un pelotón de "vecinos indignados" de barrio Azcuénaga organizaba su furiosa embestida sobre la humanidad del joven David Moreira, y segaba su vida bajo chantajes y justificaciones apologéticas que alientan la reproducción colectiva de linchamientos públicos consumados bajo violencia privada exprés.

¿Se trató de un dilema social explosivo o de la configuración de una tendencia cultural largamente construida para que anide en lo más profundo de la subjetividad popular? ¿Cabe presentar y analizar los hechos bajo la falsa dialéctica moralista que enfrenta justos y pecadores o su encuadre debe dirigirse a dimensionar los grados de enajenación colectiva que reflejan degradaciones éticas más pérdida de rasgos y atributos humanistas? ¿Es el Estado un factor ausente que le abre las compuertas a la barbarie linchadora o es un componente omnipresente y laborioso en la perversa trama de desigualdades e impunidades obscenas?

Estas líneas intentarán responder al imperativo de reflexionar con «la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron» (de "Ensayo sobre la ceguera", José Saramago).

Desentrañar las causas del asesinato de David Moreira obliga a vislumbrar todo un orden histórico que emerge como productor estructural de violencias e inseguridades cotidianamente consolidadas. Orden histórico también fabricante de hitos culturales que explican la paulatina maduración de regresiones en los valores, las vivencias y hasta la identidad de los sujetos de la sociedad civil. No se trata de estudiar un rayo en el cielo sereno. Todo lo contrario.

"Felicito a cada uno de mis vecinos, orgullosa de mi barrio, la próxima le cortamos las manos en la plaza...", se leyó en la cuenta de "Indignados Barrio Azcuénaga" el 24 de marzo (vaya fatídica coincidencia de la historia).

La novia de uno de los imputados, al conocer su detención, escribió en su Facebook personal: "Justicia por mano propia!!! Todos juntos podemos!!! La cana, la Justicia, están estos negros hijos de putas!!!!!..... Salgamos a hacer valer nuestros derechos!!! Basta de injusticia por favor!!!!!!!"

Este clima ideológico —primitivo y retardatario— no resulta impropio dentro de un escenario de contrastes y desigualdades que exhibe opulentas multinacionales, 4x4 y alta gama, shopping pasatista y espectaculares "fortalezas" urbanas, en discordancia con territorios de descarte, degradación y violencia.

La narrativa gubernamental y la cartelización mediática se empeñan en instalar como verdad cultural la falaz ecuación entre pobreza=delincuencia=inseguridad. En eso consiste esta verdadera estrategia del miedo permanente.

Porque "cuanto más delincuentes existan más crímenes existirán, cuanto más crímenes haya más miedo tendrá la población, y cuanto más miedo en la población más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial." (Michel Foucault, Revista "Barbarie", Nros. 4 y 5, Brasil, 1981/1982).

Este andamiaje conceptual esquiva los intentos políticos por la solución a la problemática matriz —la vertiginosa concentración versus la flagrante pobreza— y derrama una especie de metástasis represiva sobre un valor agregado a la pobreza: la delincuencia.

Deja a salvo tanto las concepciones reaccionarias y antipopulares imperantes en el campo de las fuerzas de seguridad, que no son otras que las impregnadas por la doctrina criminal de los Camps, Saint Jean, Feced, Lofiego, etcétera, como su accionar delictivo que las vinculan con la economía criminal y a la materialización de los delitos mas graves y aberrantes.

Nuevamente, la historia como tragedia y como farsa. Malinche reencarnada en la burocracia estatal trabaja a destajo como CEO de las multinacionales. Hernán Cortés exhibe las carpetas de la Barrick, Chevrón o Monsanto. El Estado argentino trafica con las nuevas categorías "civilizatorias": fracking, minería a cielo abierto, país forrajero, narcotráfico.

David, "el pibe de 18 años" no cabe, no está, no trasciende en este esquema, no cuenta en la selva de los "commodities", en las comarcas de la precariedad laboral, en los cementerios de la "tolerancia cero". "No tiene entidad", diría Videla. David personifica el sujeto de clase discordante con las pautas estéticas y culturales impuestas por la globalización neoliberal: los jóvenes trabajadores inmersos en las nuevas condiciones de la exclusión, la flexibilización y la precarización del trabajo. Sobre él y millones más pesa la sospecha social de emparentamiento con las adicciones y la delincuencia. Y la construcción de esta sospecha es el argumento legitimador para la impunidad de los crímenes del sistema.

El único "obsequio" estatal que los actuales Judas planifican para estos nuevos "inocentes" es severo control social o disciplinamiento bajo alguna migaja pecuniaria, miserablemente reparadora. La inmediatez consumista, alienante, más las estafas éticas y morales del funcionariado, empujarán a los "jóvenes pobres" a engrosar el universo del encierro tecnotrónico y el "ego sistema", a la inseguridad laboral, a la tropa de los "soldaditos" o a la de los "pibes chorros". Mientras las "políticas públicas" escupen patrulleros, cámaras, policía "próxima" y "táctica", militarización barrial.

El Poder Judicial representa un instrumento vital y estratégico como beatificador de las tremendas desigualdades, injusticias e impunidades imperantes en nuestro sistema político. Representa esa "razón estatal" que otorga "legalidad" al orden de inmoralidades imperante. Por ello "hace justicia" exhibiendo una condena exprés contra el acompañante de David Moreira por el arrebato (robo simple) de una cartera, pero "niega justicia" sobre un homicidio de lesa desigualdad.

Es en todo este devenir histórico concreto que se consolidó la opción del "pánico vecinalista". Una verdadera cruzada guerrerista contra los "delincuentes", mostrando rasgos patéticos y reaccionarios de una indiscutible limpieza de carácter clasista, racista, xenófoba.

Potenciar la fractura social, la "guerra entre pobres", el "exterminio horizontal", la "buchonería", la colaboración económica activa con la policía. Esa es la opción que el menú de un importante sector de clase media sugiere en base a la exaltación de las miserias humanas. El clima electoral se hace cargo de esta demanda linchadora. "Vamos a terminar con esta fiesta de las excarcelaciones y el cuento de los derechos de los chorros", ha expresado el precandidato a presidente Sergio Massa. No le van a zaga otros precandidatos "progres" exaltando las recetas de la "saturación policial" o aullando por el regreso de Gendarmería.

La espeluznante iconografía del cuerpo yaciente de David Moreira retrata una de las facetas de la crisis civilizatoria, multidimensional del capitalismo de época. La Rosario de los "comegatos" se colma con otras categorías identitarias: linchadores, soldaditos, sicarios, trapitos. ¿Podemos enfrentar y transformar esta crisis? La respuesta reside en la voluntad y el compromiso de resistir la cosificación imperante, de negarnos a que las vidrieras abarrotadas de mercancía nos transformen en sujetos cada vez más opacos. Las pequeñas "dosis" de verdadera justicia son arrancadas cada vez que el pueblo movilizado, sin permisos ni audiencias, se transforma en sujeto real del derecho que posee y hace cesar la condición de la ley como "letra muerta".

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