Ovación
Miércoles 26 de Octubre de 2016

El límite, la mano dura y el exceso

Cuesta ver, analizar y mucho más digerir el accionar de algunos policías en instancias que lejos están de ser límites. Cuesta entender cómo en el río revuelto algunos piensan que están en plena facultades de lucir el traje de "el gran pescador". Ni hablar de lo que cuesta asimilar algunas explicaciones de los responsables de los organismos de seguridad, en su afán de salvaguardar el accionar desmedido y con rasgos primitivos de algunos de los uniformados. Los incidentes que se produjeron a la salida del clásico, por calle Cordiviola, estuvieron a la vista de todos. Al menos de la gran mayoría de los trabajadores de prensa que, casualmente, descendían las escaleras por ese sector y que tuvieron que guarecerse para no ser blanco de alguna de las cientos (quizás miles) de balas de goma que volaban por el aire. Un hincha desubicado y fuera de sus cabales (no hay por qué ocultarlo) insultando o hasta arrojando una piedra desde 40 o 50 metros jamás puede ser víctima de una especie de tiro al blanco, como lo fueron muchos. Porque la necesidad de dispersar no implica necesariamente apuntar a la altura del pecho y apretar el gatillo con liviandad absoluta.

Claro que es la policía la que está siempre en medio de los conflictos y la que tiene que bancarse ciertas agresiones, generalmente exponiéndose a la situación de sobrepasar el límite que marcan los protocolos. Ante eso se le debiera sacar lustre a la preparación que indefectiblemente debiera tener. Pero lo que más cuesta es tratar de entender cuando un equis funcionario habla de que la represión fue como consecuencia de una agresión a una agente que "algunos dijeron que era hincha de Newell's" pero que "en realidad era de Central". ¿Importa eso? No.

Sí importa que una agente haya sido agredida (verbalmente o siendo blanco de algún objeto contundente), pero cuando la multitud, que en este caso no fue tal, se dispersa y la situación medianamente se controla, ya no es ni siquiera necesario un disparo al aire, que es lo máximo que se debería hacer, aun en el momento más álgido. Encontrar el límite en el momento preciso evitaría justamente los excesos. También tener que escuchar argumentos insólitos y hasta pedidos de filmaciones para determinar quién pasó primero la raya. El pedido de seguridad que la sociedad hoy exige es eso, seguridad. No mano dura ni gatillo fácil, y mucho menos excesos ni lecturas y discursos acomodaticios.

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