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Sábado 11 de Junio de 2011

El legado del Che, "un empachado de lectura"

El rescate de un aspecto no tan conocido de la personalidad de Ernesto Guevara. El martes se cumplen 83 años de su nacimiento

Cuando se analiza la figura del Che Guevara, la tendencia es resaltar su entrega, su valentía, el haber dado la vida en defensa de sus ideales. Sin duda son características sobresalientes de su personalidad. Pero no las únicas.

En 1997, a 30 años de su asesinato en Bolivia, comencé a entrevistar a sus amigos. De esos encuentros nació el libro “Mate y ron”. En esas conversaciones descubrí otro Che, con rasgos adquiridos ya en sus años de adolescente, cuando sólo era Ernestito.

“El Che era un empachado de lectura”, me dijo Alberto Granado, su compañero de viaje en moto, en el balcón de su casa en el barrio Miramar de La Habana. “Era un lector voraz, que se entusiasmaba con distintos géneros literarios; le atraían las biografías, los libros de aventuras. El asma, que en cierta manera lo condicionaba, se convertía en un acicate para la lectura. Durante largas jornadas permanecía en un cuarto donde se colocaban sahumerios, como parte del tratamiento para la enfermedad. En el marco de esa rutina, se encerraba en la biblioteca del padre y leía todo lo que encontraba. Allí comenzó a escribir un resumen de sus lecturas, que tituló Cuaderno Filosófico”.

Pasión por leer. La pasión por la lectura en el Che no fue una ráfaga juvenil. Mantuvo ese afán por leer y estudiar a lo largo de toda su vida. Ya en su etapa cubana, se le dio la oportunidad de discutir con autores como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes llegaban a La Habana para conocer la experiencia del socialismo en América Latina. A todos ellos los había leído.

Cuando le tocó presidir el Banco Nacional de Cuba y luego el Ministerio de Industrias, el Che siempre fue consciente de que en determinados momentos le hacía falta conocer algo más y se dedicaba a investigarlo.

Sobre esa etapa conversé largamente con Orlando Borrego, uno de sus más cercanos colaboradores en el Ministerio de Industrias.

Ejerciendo la responsabilidad ministerial, el Che llegó a la conclusión que no tenía suficientes conocimientos de contabilidad, ya que su formación académica era en medicina. ¿Qué hizo entonces? Buscó un profesor de contabilidad y estudió hasta convertirse en un especialista. En otro momento percibió que los métodos económicos matemáticos podrían ser importantes para la tarea de gobierno. Se dedicó a estudiar matemáticas superiores intensivamente, hasta que su profesor le dijo: “Bueno comandante, hasta aquí llegué, porque ya todo lo que tenía para enseñarte te lo enseñé”.

Los tiempos de la Revolución eran vertiginosos. Las jornadas de trabajo superaban las 15 horas. Pero no era un obstáculo para que muchos días el Che y sus colaboradores amanecieran discutiendo temas económicos con el profesor Anastasio Mansilla, un español llegado desde Moscú, donde residía desde los días de la Guerra Civil.

No terminaron allí mis sorpresas en cuanto a la avidez por la lectura y la vastedad de los conocimientos de este rosarino ilustre. Faltaba mi encuentro con Mirna Torres, una nicaragüense que conoció al Che en los días de Guatemala.

La casa de la familia Torres era el centro de reunión de numerosos latinoamericanos, que discutían la experiencia revolucionaria de Jacobo Arbenz, finalmente abortada por una invasión organizada por la CIA.

En la casa de Mirna , el Che conoció a un grupo de exiliados cubanos, entre ellos Ñico López, que años después, en México, le presentaría a los hermanos Castro.

Joven y talentoso. “Como te imaginarás, en las reuniones se hablaba fundamentalmente de política, pero siempre había algo más. En la primera conversación con mi padre, Edelberto Torres Espinoza, autor de La Dramática Vida de Rubén Darío, se sintieron mutuamente atraídos. Discutieron sobre poesía y resultó que Ernesto era un admirador y conocedor profundo de la obra de Darío. Recitó de memoria los versos de Canto a la Argentina. A pocas horas de conocer al Che, mi padre, con sorpresa, me hizo un comentario sobre su personalidad: ¡Caramba, qué muchacho este, qué joven y talentoso, cuánta madurez que hay en él! El Che tenía solamente veinticinco años”.

Para cerrar estos apuntes, quiero recordar mi charla con Pablo Ribalta, un destacado dirigente estudiantil cubano y en ese carácter frecuente visitante de la Argentina, que se convirtió en el primer docente que llegó a Sierra Maestra. El Che lo convocó no como guerrillero, sino como alfabetizador de los numerosos campesinos que se habían incorporado a la lucha armada sin saber leer ni escribir. El Che supervisaba personalmente la tarea educativa y discutía los planes pedagógicos con Ribalta.

Quise escribir estos recuerdos para resaltar algunas facetas que no deberían olvidarse cuando, cada año, se homenajea a este rosarino nacido el 14 de junio de 1928 en el edificio de Entre Ríos 480.

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