Educación
Sábado 13 de Septiembre de 2014

"El joven rebelde es una forma natural y deseable de formación"

Abraham Gak fue rector del Colegio Carlos Pellegrini y dirige el Plan Fénix. Dice que lo central de la relación maestro-alumno es el afecto "real y sincero".

Durante catorce años Abraham Gak fue rector del Carlos Pellegrini, centenario colegio secundario de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Recordar aquellos años aún le despierta una sonrisa. A sus 85 años, confiesa que esa experiencia fue la mejor de su vida. Hoy reparte su tiempo profesional entre el Plan Fénix (grupo de economistas de la UBA surgido en 2001 como alternativa a las recetas neoliberales) y como Defensor del Pueblo del municipio de Morón. Pero sigue atento a los debates en torno a la educación, sobre todo aquellos que hacen eje en la formación docente y en la participación de los alumnos en la vida democrática de las escuelas. Tenaz defensor de los derechos de los estudiantes, pide a los directivos incentivar la formación de canales de debate con los chicos. Escucharlos y sobre todo demostrarles un afecto real y sincero. Y sostiene que "el joven rebelde es hasta una forma natural y deseable de formación".
La charla de Gak con La Capital se da luego de una serie de marchas y reclamos de estudiantes secundarios de Rosario por mayor presupuesto y mejores condiciones edilicias. También como antesala de un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices, cuando en el marco del Operación Claridad el 16 de septiembre de 1976 un grupo de adolescentes de La Plata fue secuestrado y posteriormente desaparecido durante la última dictadura cívico-militar.
Punto de parti da. Para este educador un buen punto de partida para todo docente que desee conectarse con sus alumnos es comprender que los jóvenes que tienen frente a ellos "no vienen con la cabeza vacía", sino con una serie de saberes incorporados desde la casa que deben entender y potenciar.
—¿Cómo debería ser ese vínculo del educador y el alumno?
—El docente debería complementar esos saberes con lo que considera que el chico debería alcanzar. Ya no estamos hablando de un docente que transmite su verdad, sino uno que facilita el conocimiento, lo promueve, que respeta al alumno y crea inquietudes. De modo que el chico pueda ir incorporando los conocimientos de acuerdo a su propia experiencia. Esto hace que muchas veces el profesor no entienda la situación del adolescente y esto repercute claramente en el rendimiento. Muchas veces termina generando alguna exclusión. La segregación y el autoritarismo son negativos para el proceso de aprendizaje.
—En la protestas estudiantiles por mejoras edilicias o presupuesto suele haber discusiones con las autoridades escolares ¿Cómo entiende esa tensión?
—Yo diría que esa es una confrontación permanente, donde el adulto pretende imponer su verdad por distintas razones: edad, conocimiento o formación. A veces quiere tener supremacía sobre el joven y no tratarlo en la dimensión correspondiente. Esto genera un conflicto y hace que los chicos armen su propio mundo en el cual se comunican hasta usando un lenguaje propio, de modo que no tenga acceso el adulto a ellos.
—¿Y cuando es testigo de estas protestas cómo las evalúa?
—Eso es altamente positivo. Es más, diría que no está de más que nosotros vayamos constituyendo, dentro de la formación de cada chico, al buen ciudadano. Y el buen ciudadano es crítico, sabe que tiene mecanismos de protestas y reclamos pacíficos, con caminos de discusión y debate. Un ciudadano que tenga la idea de que si su argumentación es valedera vamos a tener resultados. Si ellos tienen la sensación de que digan lo que digan o hagan todo será igual y no les van a llevar el apunte, lógicamente van a buscar otros mecanismos.
—Y además este tipo de reclamos no son individuales sino colectivos...
—Por supuesto. Y hasta diría que en algunos casos la argumentación puede ser muy débil, pero hay que tener la paciencia para discutirles y demostrarles que es débil. No terminar la discusión y decir "es así y se acabó", porque esa es la forma en la que el chico se siente menoscabado y desconocido. La otra cuestión fundamental es que en vez de ver en el rebelde un inconveniente hay que decir que el joven que es rebelde es justamente una forma natural, común y hasta deseable de formación.
—¿Considera que las escuelas tienen incorporado este debate?
—Hay de todo. Hay docentes que aún creen que hay que formar al alumno en función de su propia imagen. Y en vez de ayudarlo a crecer con sus propias ideas, piensan que tienen que tener la misma actitud que tenían ellos cuando eran jóvenes. Eso es un choque cultural muy importante. Por eso hablo de comprender el lenguaje y la naturaleza del ser adolescente, porque muchas veces los adultos desconocemos que a esa edad hay otras prioridades y una actitud mucho más simple de considerar que las cosas son blanco o negro.
—¿Dónde estaría la falla?
—Una es que hay docentes que no tienen ninguna creatividad, siguen enseñando como se hacía hace veinte años. Está demostrado que matemática, por ejemplo, se puede enseñar de muchas maneras, pero la peor es seguir haciéndolo como hace 15 ó 20 años.
—¿Y esto ya es imposible?
—Claro. La otra falencia es la falta de formación. El docente, sobre todo el de secundaria, en muchos casos no investiga ni avanza en su conocimiento. Lo acumula al momento de ejercer su profesión, que perfecciona casi en base a su propia práctica y nada más. A veces no hay una formación sistemática para acompañar estos cambios estructurales de criterios, costumbres y modales que la sociedad trae aparejados. Entonces la concepción de respeto es la que tenía cuando estaba en el aula, cuando llegaba los chicos estaban obligados a levantarse porque eso era señal de respeto. Para mí el respeto es otra cosa.
Afecto. Mantiene firme la convicción de que con los adolescentes hay que buscar formas de comunicación cercanas, "y en ocasiones enojarse, porque todo esto no significa que siempre tienen razón".
"Ellos violentan mucho la realidad a veces para afirmar algo, no tienen la formación en la discusión, pero eso se logra con el tiempo", explica Gak. Pero para que el vínculo docente-alumno sea sólido entiende que la condición fundamental es el afecto: "El afecto real y sincero que se tenga por el joven. El adolescente lo percibe inmediatamente. Uno entra al aula y en diez minutos los chicos lo califican cómo es. Otra cosa muy importante es que el profesor prepare las clases, que llegue a horario, que no falte, que les enseñe con el ejemplo lo que es la obligación".
—¿Extraña aquel contacto diario con los chicos?
—Ya no, pero me interesa, desde luego. Esos catorce años en el Pellegrini fue lo mejor que me pasó en la vida. A pesar de que hace 50 años que estoy en distintos cargos en la UBA, lo que recuerdo más completo fueron esos años en la escuela secundaria. Fue un aprendizaje que te obligaba todo los días a estar bien despierto.
—¿Qué otros debates considera necesario incorporar en la escuela con los chicos?
—Me parece que es fundamental en la escuela secundaria pensar en la formación de la autoestima, en la capacidad de trabajar en equipo y en el reconocimiento de las ventajas del conocimiento. Y sobre todo en que el futuro del país dependerá de ellos y que por lo tanto tienen que formarse para hacer frente a lo que yo llamo la actividad solidaria, que se expresa en la política, en la economía o en la acción de todos los días frente a los problemas de la gente. Tener la sensibilidad de salirse de la propia cápsula que muchas veces los padres les ponemos a nuestros propios chicos me parece que es fundamental.
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Mano a mano
Abraham Gak deja entrever pasión en sus palabras. Con la experiencia a cuestas de haber pasado casi tres lustros de contacto diario con alumnos y docentes del secundario. Recomienda no tener miedo a que los chicos armen su centro de estudiantes: todo lo contrario, considera que estos espacios son "una de las formas más positivas que hay si se los ayuda a organizarse y no se pretende influenciarlos, sino solamente brindarles herramientas y encaminarlos hacia la relación institucional que corresponde a un centro, con elecciones, estatutos, etcétera".
"Ahí lo que se está generando son mecanismos que se contraponen a la violencia, pero además tienen que reconocerlos, porque una vez que eligen sus autoridades son con las que tienen que tener un trato habitual", agrega.
Aquí es donde concede que también hay que armarse de paciencia para las largas discusiones mano a mano con los alumnos. Y entre risas apunta: "Hay alumnos que en la medida que pueden salvarse de ir a clases pueden dialogar con usted cuatro horas". Esos debates con los estudiantes los recuerda con indisimulable cariño. Cuenta que a veces las charlas se extendían tanto que en un momento les decía: "Bueno muchachos, a clases por lo menos un rato. La seguimos después, vengan en el recreo".

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