Educación
Sábado 23 de Mayo de 2015

El joven que escapó del horror y quiere ser maestro de los pobres

Pasaron por Rosario familiares de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. También Francisco, uno de los sobrevivientes.

Francisco Sánchez Nava tiene 19 años y la firme convicción de que quiere ser maestro de chicos humildes. Así, con la sencillez y contundencia de estas palabras lo expresa y nada hace temblar esta meta. Ni siquiera la desaparición de sus 43 compañeros que, como él, cursaban sus estudios en la Escuela Normal Rural "Raúl Isidro Burgos" de Ayotzinapa. Esta semana estuvo en Rosario en el marco de una Caravana Sudamericana junto a familiares de los jóvenes que desde el 26 de septiembre pasado no se sabe nada sobre su paradero. De la crudeza de su relato se desprenden algunas certezas: que el Estado mexicano fue responsable de la desaparición de los jóvenes normalistas, que la narcocriminalidad apunta y dispara con total impunidad. Y que es necesario transformar esa rabia e indignación atragantada en un grito de lucha y esperanza. Para ellos y para las nuevas generaciones.

Francisco es menudo y a primera vista parece un tanto tímido y lacónico en sus respuestas. Poco se tarda en descubrir que en la justeza de sus palabras hay una historia lacerante que le tocó vivir en primera persona, cuando los autobuses en los que viajaba un grupo de estudiantes del magisterio de Ayotzinapa fueron emboscados por la policía municipal de Iguala . Allí los humillaron, les dispararon —mataron a 3 e hirieron a otros 25— y se llevaron a 43 jóvenes. A partir de ese día se convirtió en un sobreviviente de la masacre ocurrida en el Estado de Guerrero.

"Soy compañero y hermano de los 43 que están ausentes, que el Estado nos los arrebató de manera forzada", se presentaba Francisco el miércoles al mediodía ante un auditorio repleto en el Centro Cultural La Toma. Fue en la conferencia que dio inicio al capítulo rosarino de la "Caravana Sudamérica 43", por la cual familiares y sobrevivientes recorrieron, además de Rosario, las ciudades de Córdoba y Buenos Aires en la Argentina; Montevideo en Uruguay, y Porto Alegre, Río de Janeiro y San Pablo en Brasil; para denunciar la complicidad del Estado mexicano en la desaparición de los normalistas. La recorrida se produce a la par del trabajo realizado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), en la búsqueda de los cuerpos de los estudiantes desaparecidos.

Treinta minutos clavados duró la exposición del joven, quien de pie y micrófono en mano contó con precisión cómo es el día a día en la Normal de Ayotzinapa y lo que sucedió aquella noche trágica de hace ocho meses. En La Toma todo era silencio y rostros de dolor ante el testimonio de Francisco. Representantes de gremios, ex combatientes de Malvinas, organizaciones sociales, políticas y de derechos humanos escucharon absortos el relato del horror en primera persona.

La escuela es un internado de varones que reconoce una larga tradición de lucha y compromiso social. Por eso, además de la rutina diaria de estudiar y trabajar la tierra desde muy temprano, la Normal de Ayotzinapa es definida por el propio alumno como "cuna de conciencia que abraza a hijos de campesinos, a gente humilde y proletaria a la que siempre la han pisoteado y que quiere salir adelante".

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Velas para recordar: "Vivos se los llevaron, vivos los queremos".

"Somos estudiantes, no disparen" Las crónicas cuentan que aquel 26 de septiembre decenas de estudiantes de la Normal de Ayotzinapa fueron a realizar una actividad de "boteo" —recaudar fondos en autopistas para sus estudios y cultivos— a Huitzuco. "A las 17 salimos de la Normal, nos colocamos en la carretera pidiendo uno o dos pesos, como a las 18 nos levantamos, nos íbamos a retirar a la escuela, pero para eso teníamos que pasar por Iguala. Cuando íbamos en medio de la ciudad, por el zócalo de Iguala, llegaron policías municipales en patrullas disparando directamente a los autobuses". Esa noche la esposa del alcalde José Luis Abarca —acusada de ser enlace con el crimen organizado— iba a dar un informe de gobierno y, de paso, preparar su lanzamiento a la alcaldía. Por eso desde el Estado de Iguala surgió la versión de que la acción fue para descartar una protesta estudiantil. Por eso los reprimieron. Sin mediar palabras la policía municipal abrió fuego contra los alumnos de la Escuela Normal.

"Gritábamos a los policías municipales: «Somos estudiantes, no nos disparen, bajen las armas, ya nos vamos, no somos delincuentes. Vinimos a la actividad y ya nos vamos a retirar». Pero jamás nos hicieron caso y siguieron disparando", recordó Francisco. Aquella trágica noche hubo muertos, heridos y desaparecidos. Tiempo después los policías detenidos dijeron que los desaparecidos fueron entregados al cártel Guerreros Unidos. Que los habían prendido fuego y enterrado en un basural del municipio vecino de Cocula. Pero sólo un cuerpo hallado allí pudo ser reconocido por el examen de ADN como uno de los desaparecidos. Muchas pistas y pocas certezas, porque los jóvenes normalistas —o sus restos— aún siguen sin aparecer. Por eso el grito es claro y contundente: "Vivos los llevaron, vivos los queremos".

Hijo de un padre campesino y madre ama de casa, Francisco cuenta que eligió estudiar en la Normal de Ayotzinapa porque le gustaría ser maestro, pero también "porque por las condiciones de recursos" proviene una familia humilde, "de gente pobre, campesinos y proletarios".

"Lamentablemente —confiesa— no tenía los recursos para entrar en una universidad paga, así que aproveché a entrar en la Normal Rural y estoy contento, orgulloso de haber entrado ahí. Aprendí muchísimas cosas que antes no sabía. Y desperté de tanto que estaba dormido".

—¿Cómo es la vida interna en la Normal de Ayotzinapa después de lo que sucedió?

—Después de lo que pasó no tenemos clases. Desde el 26 de septiembre nos organizamos como estudiantes y decidimos no tener clases hasta que regresen los compañeros. O hasta encontrar una respuesta contundente o algo de lo que pasó.

—¿Y en vos cambió en algo tu perspectiva?

—Desde entonces me dieron muchísimas más ganas de ser maestro y seguir luchando. Ser maestro rural es lo mejor, vas a lugares marginados y pobres a darles clases a aquellos niños que no tienen la economía suficiente para estudiar. A un maestro egresado de Ayotzinapa le pagan tres mil pesos quincenales, que es una miseria. Pero si ve que llega un alumno sin cuaderno de su sueldo se lo compra. Es un orgullo ser campesino y egresado de ahí. No cambió en nada, al contrario.

—¿Cómo es aprender y enseñar en un contexto de violencia permanente, entre cárteles narco y un Estado cómplice?

—Está difícil. Saliendo de la normal que vayas a trabajar y te levanten y te maten es difícil. Pero queremos ser maestros y vamos a serlo. Me fortalecieron. Como educadores y estudiantes creo que tenemos que tener la conciencia y saber que si hoy fue Ayotzinapa mañana puede pasar aquí en la Argentina. Tenemos que unirnos, llegó el momento de articular las luchas magisteriales y sociales. Que los maestros no permitan injusticias en la escuela donde estén trabajando y las denuncien. Que no tengan miedo, que ya llegó el momento.


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Hilda Hernández Rivera.<br>
Hilda Hernández Rivera.
"Echale ganas, hijo"

"¿Estás contento?", recuerda Hilda Hernández Rivera que le preguntó a su hijo César Manuel el 26 de septiembre pasado. Ese repaso sobre cómo fue la última tarde que se comunicó con él, alcanzó para describir el orgullo que tenía de que el joven salga adelante. Su hijo le contestó que "sí", que estaba feliz con la carrera elegida. Y por eso Hilda fue por más y lo entusiasmó: "Echale ganas, hijo".

"Nunca más volví a escuchar la voz de mi hijo", contó Hilda, asegurando que ahora se sienten padres de todos los jóvenes de Ayotzinapa.


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El miércoles pasado el salón de actos del Normal 2 estuvo colmado de estudiantes, en apoyo a la lucha de Ayotzinapa.<br>
El miércoles pasado el salón de actos del Normal 2 estuvo colmado de estudiantes, en apoyo a la lucha de Ayotzinapa.
Cuando el dolor llega en tiempo presente

Una multitud de estudiantes y docentes se solidarizó en el Normal Nº 2 con los familiares mexicanos.

“Bienvenidos a lo que no tiene inicio. Bienvenidos a lo que no tiene fin. Bienvenidos a la lucha eterna por ser mejores cada día. Algunos le llaman necedad. Nosotros le llamamos esperanza”. Con estas palabras reciben a los jóvenes que comienzan sus clases en la Escuela Normal de Ayotzinapa. También son las que eligió Francisco Sánchez Nava, estudiante sobreviviente, el miércoles pasado cuando se paró frente a una multitud de jóvenes y docentes en el Normal Nº 2. Palabras a las que sumó: “Bienvenidos a la cuna de la conciencia social”. Estaba acompañado por un matrimonio y una mamá de “hermanos desaparecidos”, como alterna en llamar también a sus 43 compañeros que se llevó la policía de Iguala.

La voz de Francisco, como las de los familiares que llegaron con la Caravana Sudamericana, siempre corrió en tiempo presente. Un tiempo para describir un horror de masacres y desapariciones a las que buena parte del auditorio, nacida en democracia, estaba acostumbrada a escuchar en pasado. Y para los que rondan los 50, la consigna que con justicia levantan los familiares y compañeros de Ayotzinapa “Vivos los llevaron, con vida los queremos” rememoró sin vueltas a las marchas de principio de los 80 encabezadas por las Madres de Plaza de Mayo donde se reclamaba la “Aparición con vida” de los 30 mil desaparecidos.

Y como las luchas y las historias se enlazan, no fue casual el enorme gesto simbólico de Norma Vermeulen, madre de la Plaza 25 de Mayo de Rosario, quien le regaló más temprano a una de las mamás mexicanas el pañuelo blanco que llevaba puesto. Un abrazo de madre a madre.

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La Madre y el estudiante de Ayotzinapa.
La Madre y el estudiante de Ayotzinapa.

Elevar la voz. Francisco repasó la rutina diaria en su colegio, de asistir a clases, trabajar la tierra, alimentar a los animales y compartir encuentros de charlas de orientación con los estudiantes de los cursos más avanzados. La Normal de Ayotzinapa es una escuela de maestros, a la que asisten los hijos de los más pobres de la tierra, de campesinos y excluidos. En parte, eso explica el ensañamiento de un Estado corrupto, que asociado a las mafias de la narcocriminalidad, pone a las fuerzas de seguridad al servicio de la represión “de quienes se atreven a levantar la voz por sus derechos”.

Desde hace tiempo los alumnos de la Normal raclamaban por más atención para poder estudiar. En una de esas jornadas para recaudar fondos fue donde masacraron a tres jóvenes y desaparecieron a otros 43. “Lamentablemente tuvimos que pasar el 26 de septiembre para que miles de estudiantes y personas despertaran a lo que padece nuestro país”, expresó Francisco luego de detallar el espanto vivido entre el 26 y 27 de septiembre.

“Queremos que la lucha de Ayotzinapa sea su lucha también”, pidió antes de despedirse, además de reclamar que “se globalice la resistencia”.

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Hilda Legideño Vargas, Hilda Hernández Rivera, Mario César González Contreras y Francisco Sánchez Nava.<br>
Hilda Legideño Vargas, Hilda Hernández Rivera, Mario César González Contreras y Francisco Sánchez Nava.

Madres. Las dos madres que llegaron con la Caravana coincidentemente se llaman Hilda. Una es Hilda Hernández Rivera, la mamá de César Manuel González Contreras; la otra es Hilda Legideño Vargas, madre de Jorge Antonio Tizapa Legideño. Sencillas y profundas abrieron sus corazones a quienes habían ido a escucharlas en primera persona. Contaron que se siguen preguntando “por qué y por qué”; y que “no hay pruebas científicas de que estén muertos” por tanto no cesarán en la búsqueda de sus hijos hasta saber la verdad. Y afirmaron: “México es un país bonito, pero ahora está feo” con tantas muertes y desapariciones.

Hilda Vargas se quebró al final de su relato, cuando compartió: “Es un dolor muy fuerte, una angustia no saber dónde están nuestros hijos. El amor nos obliga a seguir buscando. Mi hijo tiene sueños, quiere seguir estudiando, tiene que trabajar, quiere tener un bienestar, y tiene una hija de un año y medio que lo está esperando”.

Fuerzas. Mario César González Contreras confesó que es justamente en esa fuerza que tienen las madres donde se apoya cada vez que se siente caer. “Las mujeres son más fuertes que nosotros, los hombres, porque a pesar de su dolor de madre, cada vez que he flaqueado ella me ha levantado”, dijo el padre de César Manuel mirando a su esposa.

El papá tuvo en un mensaje y pedido hacia quienes lo escuchaban: “Me da orgullo ver a tantos jóvenes que levantan la voz por ellos. Hemos sufrido mucho. Les pido que tomen conciencia, que se preocupen por los pobres, que tengan la sensibilidad necesaria. Aprendí en 8 meses lo que no aprendí en mis 45 años, que no les pase lo mismo a ustedes”.

El silencio que sobrevoló todo el tiempo en el salón de actos del Normal 2, donde los rostros de espanto se mezclaban con lágrimas de dolor y de impotencia, sólo se rompió con un interminable aplauso de pie. Un aplauso que se volvió un sentido abrazo solidario y comprometido para que haya justicia.


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