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Jueves 17 de Abril de 2008

El humo, ahora sí, es asunto nacional

Estas palabras iniciales no habrían siquiera existido si no fuera porque el martes a la noche, antes del nuevo (el segundo) accidente en la autopista a Buenos Aires por la conjunción de niebla y humo que causó  tres muertos y tantísimos heridos, yo había escrito otras palabras que empezaban diciendo: "Ahora sí, por fin, como el humo llegó a Buenos Aires...

Estas palabras iniciales no habrían siquiera existido si no fuera porque el martes a la noche, antes del nuevo (el segundo) accidente en la autopista a Buenos Aires por la conjunción de niebla y humo que causó  tres muertos y tantísimos heridos, yo había escrito otras palabras que empezaban diciendo: "Ahora sí, por fin, como el humo llegó a Buenos Aires, ahora las quemas en las islas de Entre Ríos son un problema nacional del que se ocupan, como corresponde, los medios nacionales".
 
Porque antes, desde hace casi cuatro años, las quemas fueron un problema de Rosario o a lo sumo del interior (¿el interior de qué? ¿Hay algo que quede "afuera"? ¿Y Buenos Aires, por ejemplo, queda en el exterior de qué?).

Durante esos casi cuatro años pasó de todo. También hubo accidentes por el humo, infinitas gestiones de los gobiernos de Rosario y Santa Fe con el de Entre Ríos, la intervención espectacular con aviones hidrantes del Plan Nacional de Manejo del Fuego, una causa judicial que no sirvió para nada, declaraciones de autoridades de este y el otro lado del Paraná. Como sea,  las quemas no se frenaron. Y hasta en la redacción de La Capital, al recibir más y más denuncias por el humo, terminábamos diciendo "uhhh". ¿Qué más podíamos decir?

Pero todo cambió, y en dos brevísimas fases. La primera, el día martes, cuando el humo "invadió" Buenos Aires. Entonces las imágenes de la TV "nacional" nos descubrieron el "nuevo fenómeno": la irritación de ojos, garganta y nariz, el problema para quienes sufren enfermedades respiratorias; también nos informaron que (meritoriamente) la Agencia Ambiental de la Ciudad (obvio, la ciudad para el telespectador es siempre la de Buenos Aires) mantenía las mediciones de gases bajo control y hasta dieron la "primicia" de que el gobierno de Entre Ríos había, por fin, prohibido las quemas.

Pero la segunda fase, la que me obligó a descentrarme de esos efectos del inveterado, incólume centralismo de este país, la que me hace corregir ahora estas línes, llegó unas horas después, al amanecer del miércoles. Como decía al comienzo, después de que abriéramos los ojos con más muertes y heridos.

Y entonces ya no me dio el cuero para escribir sólo sobre la macrocefalia del país. Es que la muerte nos silencia, desdibuja las geografías, nos lleva a todos a un casting para el que no nos habíamos postulado.

Y entonces (ahora) me pregunto. El humo, ¿no era un problema nacional antes, como parece serlo ahora? ¿Y seguirá siéndolo después? ¿Costará tanto ubicar a quienes lo causan? ¿No existen recursos para evitarlo?

Porque no jodamos: ¡es sólo humo! Y a los argentinos nos sobran problemas, demasiados, que se cobran vidas en todas las cuotas y plazos imaginables. Pero terminar con este probema -una práctica que podrá ser tradicional, como la quema de pastizales, actualizado en los tiempos que corren por el rentable traslado masivo de vacas a las islas para dejarle la tierra firme a la soja- no parece ciertamente una epopeya.

Quizás ahora, que ya cobró rango de problema nacional y no de puterío entre provincias, ahora que la producción agropecuaria ocupa la primera escena también nacional, alguien haga cumplir las leyes -de todo tipo- que las quemas transgreden desde hace años. Aunque recién ahora se respire en Buenos Aires.  

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