Escenario
Sábado 12 de Noviembre de 2016

El hombre que vio el futuro y no avistó otra cosa que un crimen

Cuando muere un tipo como Leonard Cohen aparece de golpe al menos una certeza: este mundo complejo y cada vez más miserable cuenta con un gran hombre menos.

Cuando muere un tipo como Leonard Cohen aparece de golpe al menos una certeza: este mundo complejo y cada vez más miserable cuenta con un gran hombre menos. Tal cual anunciaban aquellos fascículos coleccionables sobre los "Grandes Hombres". Ayer el mundo de la cultura lloraba su muerte entre grandes titulares y los portales competían en elegir sus "5 canciones inmortales", en mostrar "la vida de Leonard en imágenes" o en descubrir cuál de las tantas mujeres que se acostaron en su cama lo amó más. Sí, además fue un gran seductor. Y todo comenzó con Marianne Ihlen; pero posteriormente llegaron Annie Nico, la musa de Warhol; Janis Joplin; Suzanne Verdal, la esposa de un amigo íntimo, el escultor Armand Vaillancourt; Rebecca de Mornay, todas ellas mujeres que dieron lugar a canciones inolvidables, porque ellas han sido su inspiración. Pero hubo una mujer que no amó a Leonard Cohen: Kelley Lynch, la desleal manager que lo dejó en la ruina en 2005 y que lo empujó a volver a grabar y hacer largas giras por Europa y los Estados Unidos. Y entonces, el hombre volvió algo triste y crepuscular. Ya anciano y con canciones muy lejos de aquellas geniales "So long, Marianne", "Suzanne" y "The Partisan". Los mejores días del bardo canadiense habían quedado atrás y los días del encierro zen, también. En el 94, después de la promoción de su exitoso álbum "The Future" Cohen había abandonado las giras porque consideraba que bebía "demasiado vino tinto" entre conciertos. Lo cierto es que cansado y sintiéndose ya grande se encerró en un monasterio zen en las montañas cerca de Los Angeles, hasta la entrada del nuevo siglo. Era entendible el retiro, venía de escribir y susurrar en "The Future" aquello de "He visto el futuro, hermano: es un crimen / Las cosas van a deslizarse en todas direcciones / no habrá nada / nada que puedas volver a medir". Hace apenas unas semanas, el hombre que nació un año antes que Elvis había avisado al mundo de que se sentía cerca de la muerte. "Estoy preparado para morir", dijo en una entrevista con el director de The New Yorker que dio la vuelta al mundo. Aunque luego se desdijo, quizá para quitarle dramatismo a esa declaración de muerte anunciada: "Me propongo vivir para siempre". Fue su última broma pública, de voz cavernosa. La gente suele llorar a algunos músicos que parten, porque las buenas canciones traen un poco de felicidad, y Cohen, con su balbuceo y con sus agridulces retratos femeninos y sus místicas misivas, le condimentó los días a varias generaciones. Por mi parte, cada vez que apunto con el control remoto para encender la pantalla negra recuerdo bien lo que Leonard decía en "Tower of Song": "Los ricos tienen sus canales en las habitaciones de los pobres".

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