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Martes 20 de Enero de 2009

El hilo rojo

Lo conocí hace poco tiempo. Pero no hacía falta mucho tiempo para conocerlo. Era poeta y periodista y mucho más que poeta y periodista: era un luchador infatigable por la belleza y la ética.

Lo conocí hace poco tiempo. Pero no hacía falta mucho tiempo para conocerlo.

Era poeta y periodista y mucho más que poeta y periodista: era un luchador infatigable por la belleza y la ética. Desde las páginas de la excepcional revista libro que dirigía y editaba, El Jabalí, hizo por la literatura más que los grandes sellos nacionales, que por el superávit entregan hasta a la madre. Difundía lo nuevo y rescataba a los olvidados, con un criterio exclusivamente centrado en la calidad literaria. Todo desde la más absoluta humildad, generosidad y transparencia.

(La revista siempre tenía un jabalí en la tapa, dibujado alternativamente por un reconocido pintor. Y en sus páginas resplandecían la sensibilidad y la inteligencia).

Nos hicimos amigos en minutos. El porteñísimo Daniel Chirom era de esa clase de tipos que abren manos, casa, botellas y corazón sin pensarlo demasiado. Yo no lo sabía entonces, pero ya estaba enfermo. Sin embargo, la peleó hasta el final sin dejar grietas para la entrada del pesimismo.

Quiero escribir sobre él porque es un ejemplo concreto de lo que hace falta en este país desmadrado: capacidad de trabajo, rigurosa honestidad, total desinterés, talento silencioso, insobornable amor por la secreta dimensión eterna que cada uno de nosotros lleva adentro. Y bondad, sobre todo bondad a manos llenas.

Su entusiasmo por la cultura y el arte era infinito. Una noche en casa, parado ante mi discoteca, empezó a mover sus manos con fervor entre Schumann y Mahler, entre Grieg y Stravinsky, mientras me pedía artículos para El Jabalí sin parar (uno llegué a escribir, sobre las composiciones musicales de Nietzsche). Desde allí se mudó a la biblioteca donde almaceno los libros de aventuras, terror y ciencia ficción (debe ser mi predilecta) y de pronto se quedó paralizado ante una rara edición de “Hongos de Yuggoth”, los retorcidos poemas de Lovecraft. “Esto no lo conoce nadie, tenés que escribir sobre este libro”, me disparó eufórico, entre trago y trago de vino tinto.

Era un poeta fino y sentimental, siempre claro y directo. Venía de un mundo donde los afectos lo valen todo y la sinceridad resulta imprescindible.

Se fue hace poco de aquí, demasiado joven, demasiado vivo.

Tenía aún mucho por hacer y por eso duele tanto. Nos dejó la tarea a sus amigos, a quienes levantamos la misma bandera.
El hilo rojo de la poesía une corazón con corazón, mano con mano, obra con obra, palabra con palabra. Y no se corta nunca.

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