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Domingo 20 de Noviembre de 2016

El hijo

A mi padre le gustaban los relojes —dice el hombre. Está de pie, al lado mío, los brazos cruzados sobre la enorme barriga, chomba blanca gastada, la barba sucia de días.

A mi padre le gustaban los relojes —dice el hombre. Está de pie, al lado mío, los brazos cruzados sobre la enorme barriga, chomba blanca gastada, la barba sucia de días.

A su padre no le gustaban los relojes, pienso, su padre estaba completamente loco.

En el living, en cada centímetro de cada una de las tres paredes —exceptuando un mueble de pino, un sillón y una estufa— hay relojes. Uno al lado del otro, mecánicos, cucú, de madera, de metal, con casitas barrocas o desnudos —las ruedas dentadas, las pesas, el péndulo—, de vidrio con fondos dibujados, de bolsillo, con los números al revés, uno en espiral. Y relojes de arena también sobre el mueblecito, tres clepsidras, uno de sol cerca de la ventana.

—Las pasiones son así —digo por decir algo.

—Sí —me dice, amargo, la tristeza de un hijo de la locura en la mirada. La misma que deben haber tenido el hijo de Beethoven, el de Onetti, el de Freud, y el de todos los obsesivos que hayan pisado esta tierra. Pocos saben, me digo, que ellos, aquellos seres ignotos, innominados, al margen de las biografías, fueron clave en la vida de esos hombres particulares. Pienso en los hijos, a los que el amor les fue arrebatado por el huracán de una sed insaciable y que sufrieron como pocos, pero también pienso en el tipo que le alquiló el departamento a Rimbaud en París, la mujer que le cocinó con amor a Sartre, y todos aquellos que les tendieron una mano en un momento duro y que pasaron por sus vidas sin dejar huellas que la historia pueda recuperar. Ellos fueron víctimas, algunos mucho más que otros, por supuesto, y pagaron con su sacrificio un tributo cuyo fruto no pudieron cosechar ni elegir. El panadero que le fiaba el pan a Van Gogh, el funcionario que le levantó la pena de muerte a Dostoievski. ¿Y sería acaso consciente el vendedor de whisky que lo abastecía a Faulkner de la importancia de su labor, de lo trascendental de ese acto? Lo imagino abriendo tarde, haciendo una excepción, diciéndole a la mujer: "Es Faulkner, hay que abrirle, hay que darle el whisky que pide, la humanidad nos lo va a agradecer".

No, ellos no aparecen en la foto, no son nadie, no son nada.

Entonces ahí estaba el hijo, la mirada de por qué me tuvo que tocar esto a mí, y de cierta luz vengativa también, de reparación histórica, de alivio, de haberse liberado de una carga llevada desde siempre.

—Los libros están por acá. Sígame.

Entramos a la habitación. En una pared, los libros en doble hilera. Sistema absurdo que detesto porque no comprendo. Los libros al alcance de la mano, macho, tienen que estar ahí para cualquier emergencia, puede ser algo de vida o muerte, una consulta urgente, una mirada a un poema de Borges, el nombre de un personaje, querer mostrarle una escena del Viaje de Celine a un amigo, leerle un fragmento a una chica a la que se quiere enamorar.

Me pongo a revisar. Voy bajando los libros que me interesan. Lo hago por un rato hasta que empiezo a darme cuenta. La montaña mágica, El desierto de los tártaros, Historia del tiempo de Hawking, Zama, Esperando a Godot, Las máquinas del tiempo de Cipolla, El nacimiento del tiempo de Prigogine, Momo de Ende, libros de física, mecánica cuántica, Un experimento con el tiempo de Dunne en la edición de Borges, historias de viajeros en el tiempo, la historia del reloj, el hombre y la medición del tiempo en esas ediciones de manuales soviéticos. Me detuve. Un segundo. Miré el mosaico, los colores, miré el punto fijo en el que el hombre quería sellar la historia; su deseo, la fuerza de su deseo, ese deseo tan humano, tan imposible, tan doloroso, tan hermoso, de detener el curso del tiempo, de revertirlo, esa fuga tan amarga, tan ingrata, tan llena de pérdida y de vacío. Es una locura.

El hijo estaba en la cocina. Me había ofrecido un café que acepté solo por ganar tiempo. Quería saber más.

Abro un libro, en la esquina superior de la última página una fecha en birome azul. Agarro otro, otra fecha, algunas anotaciones, círculos rojos. Los voy revisando mientras bajo los que me interesan, hasta que llego al de arriba a la izquierda y que tiene la fecha del 11/01/1985. Tengo varios en mi mano, miro el que estaba al lado, 9/02/1985. El tercero 22/03/1985, y el cuarto y el quinto consecutivos. Me agarra un escalofrío. El tipo tenía los libros en el orden en que los fue leyendo. Ahí estaba el viaje, el recorrido de su vida lectora, el principio, el final.

—Acá se lo dejo —me interrumpe el hombre mientras apoya la taza de café sobre la mesita del velador.

—Muchas gracias —termino de acomodar los libros que separé y doy otra mirada rápida sobre lo que queda a ver si me estoy dejando algo.

—¿Y? ¿Había buenas cosas?

—Sí, acá separé varios.

Le cuento, le explico lo que elegí y le hago una buena oferta. El hombre inclina la cabeza para mirar los libros, me mira, parece dudar.

—Me parece poco, la verdad. Esperaba bastante más.

Le digo que me puedo estirar un poco más, le doy otra cifra, no me quiere decir cuánto quiere, me dice que lo va a pensar.

Le digo que no suelo trabajar así, pero en este caso puedo hacer una excepción porque los libros me interesan.

—La "temática" sobre todo —le digo y lo miro para ver cómo reacciona, qué le pasa adentro, qué cosas me deja ver, cuánto resentimiento, cuánta bronca, cuánto abandono. Lo imagino tratando de llamar la atención del padre, la imagen hecha del niño tironeando del pantalón, la insistencia proporcional a la indiferencia que le vuelve, a la palmada amistosa de andá a jugar o andá con tu madre, las preguntas del hijo perdiéndose en el silencio del padre, los llamados de atención, la rebeldía adolescente, las escenas en la mesa, y la vejez después, los tiempos sin llamar y los te llamo en un rato cuando el que llamaba era el viejo, los monosílabos, la distancia. Pienso en lo que le tocó, en todo lo que hizo, en cuánto se vio determinada su vida por eso que está ahí representado delante suyo, algo que debe odiar con toda su alma, que prendería fuego o me daría por dos mangos si no fuera mejor venganza venderlos caros, sacarles el mayor provecho posible, poder tomarse unos vinos a su salud después con la plata, o gastárselo en putas, en puchos, ropa o lo que fuera.

Y no digo nada. Pienso en agregar la palabra mágica: el tiempo, pero no lo hago. Algo me detiene, no sé qué. Tal vez quiera ahorrarnos un mal momento a los dos, a él la incomodidad de saber que yo sé, y a mí la culpa de hacerle ver que fui tan poco discreto como para dejar sobre la mesa la cuestión. No decirle tu viejo estaba loco, sí, y te cagó la vida, sí, y a veces pasa, qué le vamos a hacer, no se eligen, la vida es una carrera en la que podés elegir hacia dónde correr pero no desde dónde arrancás, ni con qué piernas, lastre o ganas, eso no, te tocó esta y te entiendo. Sacales todo el jugo que puedas, hacelos mierda, vendelos uno a uno, tomate el laburo, el tiempo, la constancia de hacerlo un trabajo. Vendelo todo a tu viejo, parte por parte, desmembralo, despedazalo como si fuera un titán de la mitología griega, sacátelo de encima de a poquito, disfrutando del peso que precede al alivio, al momento de sentirte un poquito más liviano, más solo, más hombre. Me parece bien, yo me voy.

Vuelvo los libros a su lugar, me pide que no me moleste pero me niego y los voy acomodando. Los pongo al azar, quebrando el orden del difunto, y eso me molesta un poco, pero no tengo opción, ya está.

Me voy.

Nunca más volví a saber de él.

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