Edición Impresa
Sábado 18 de Julio de 2009

El hijo

Hay libros-madre. Son capaces de parir: antes de leerlos, tal vez no se haya nacido. Hay libros que nos ponen en la vida. Antes de leerlos, sólo parecíamos estar, o estábamos en un sentido meramente físico.

Hay libros-madre.
Son capaces de parir: antes de leerlos, tal vez no se haya nacido.
Hay libros que nos ponen en la vida. Antes de leerlos, sólo parecíamos estar, o estábamos en un sentido meramente físico.
Son puertas: se abren y nos abren. Al entrar en ellos, entran dentro nuestro. Y nos fecundan.
Son manos: nos toman, nos entibian, ya nunca más nos sueltan.
Son estrellas. Y su brillo nos recuerda que el cielo, sin esa luz, sería un espacio vacío.
Fueron escritos para escribir en nosotros. Indeleblemente.
Somos hijos de ciertos libros incluso más que de nuestros propios padres. Ellos nos permiten enamorarnos, nos hacen seguir creyendo y también yendo, nos sostienen en la desgracia y el desconsuelo, nos habitan como nos habita nuestro corazón. Laten.
Hay libros-sangre. Circulan por nuestro cuerpo y nos alimentan. Nos ponen a la intemperie sólo para probar que antes nos dieron techo. Nos abrigan porque antes nos han desnudado.
Hay libros que son un muro que no deja pasar a la muerte. Que si llueve, nos cubren; si estamos solos, nos abrazan.
Cada lector tiene los suyos. Yo sé cuáles son los míos y si aún soy joven es porque año tras año encuentro más libros-madre en mi biblioteca.
Los miro, les agradezco y les sonrío. Y después, con la fuerza que siempre me dan, salgo de nuevo al mundo.

 

Comentarios