Ovación
Martes 08 de Noviembre de 2016

El hijo de la pavota

Los errores de los árbitros son usados por jugadores, técnicos y dirigentes para maquillar malas campañas.

Quejas, quejas y más quejas. Hasta ese punto medianamente tolerable. Acusaciones graves y denuncias mediáticas. Superada la línea de la cordura el contexto cambia. Una cosa es chillar contra un árbitro por un mal arbitraje y otra muy diferente es acusarlo de corrupto.

El fin de semana hubo una catarata de jugadas polémicas con casi todos los árbitros señalados. Hubo manos de todos los colores y decenas de jugadas de apreciación que, como corresponde, los jueces debieron resolver en un instante.

¿Cómo puede ser que Loustau no cobre el penal de Gissi por la Copa Argentina y sancione con la pena máxima a Tigre el domingo por una mano absolutamente casual? La respuesta es bastante simple. Puede que no haya visto la mano de Gissi o simplemente haya considerado que no fue intencional. Y todo lo contrario con Paulo Lima.

La discusión puede llevar horas, pero no se llegará a ninguna conclusión distinta a la que sigue: es una jugada de apreciación, para algunos es penal y para otros no. La única manera de zanjarlo es considerar que todas las manos sean infracciones cambiando el reglamento.

La pelota roza azarosamente en la mano de Tevez y allí nace el primer gol de Boca frente a Gimnasia. Baliño la ve y hace señas para que siga la jugada. Los defensores del equipo de Alfaro se quedan parados (grosero error) y después del tanto de Benedetto arman un escándalo que termina con la expulsión de Carrera. Iban 31' en los que Gimnasia había sido levemente superior y allí mismo se rompió el partido. Boca hizo 3 goles en 11 minutos y después se dedicó a dejar pasar el tiempo. Los jugadores triperos tuvieron mucho que ver en el desarrollo. Son responsables de un descontrol casi hermano de un ataque de histeria.

"Influyó muchísimo (el árbitro): penal en contra, una expulsión que no fue. Lamentablemente acá siempre te cobran penales: tres partidos, tres penales, expulsiones. Con ayuda se ve que nos pueden ganar, porque cuando hemos jugado de igual a igual en nuestra cancha o en Mar del Plata, empatamos o ganamos. Acá se ve que tenemos que jugar contra 16 o 17: 11 jugadores y los seis árbitros que hay. Es imposible jugar así. Hay que sacarlos de acá para poder empatar o ganar, es la única manera. Lamentablemente nosotros nos jugamos mucho y ellos la hacen fácil cobrando penales, expulsiones. Se ve que con ayuda nos pueden ganar, nada más".

Es de esperar que Marcos Díaz, el arquero de Huracán y autor de las declaraciones escritas más arriba, sea convocado por el tribunal de disciplina para que dé explicaciones. ¿Por qué dijo lo que dijo? ¿Qué pruebas tiene? Porque si no cualquiera puede decir cualquier cosa. Todo da lo mismo. El bueno de Marcos (debajo de los tres palos) acusó a Darío Herrera de corrupto, lisa y llanamente. Y ni hablar de Caruso Lombardi.

"Herrera nos cocinó y me decepcionó como ser humano, nos cagó. Se lo dije en la cara, él arruinó el clásico. Estaba feliz cuando lo habían designado. Lo respeto mucho y me extraña que haya cobrado así. Tuvo cinco minutos desastrosos en los que hizo todo mal. Arruinó el partido. Mis jugadores se pusieron a discutir tras la expulsión y en ese momento Blanco nos hizo el segundo. Me siento decepcionado, no estoy enojado. La decepción es peor que el enojo. Yo estaba muy tranquilo con el árbitro. Pero hoy no puedo comparar esta decepción con nada".

Caruso también debería dar cuenta de sus declaraciones. ¿Qué pruebas tiene para asegurar que Herrera los perjudicó intencionalmente?

Porque con esos parámetros, bien podría considerarse que por el primer gol de San Lorenzo, que nace de un horror de Bogado, el ejecutante debe explicar por qué tiró un centro al pecho de un rival y se armó un contraataque letal.

Herrera dirigió muy mal, pero San Lorenzo fue mucho más que Huracán durante todo el partido. Lo que pasa es que a los jugadores y al cuerpo técnico de Huracán les conviene responsabilizar al pobre infeliz que tiene que impartir justicia.

Son declaraciones gravísimas y deberían justificarlas. No todo da lo mismo.

Es cierto que hay árbitros muy malos, pero esa es otra discusión. Sería una inocentada asegurar que no hay árbitros corruptos, pero es un desprendimiento de cualquier sociedad. Sucede en todas las profesiones y estratos.

El domingo, en Londres, le cobraron un penal muy dudoso a Koscielny, de Arsenal, y Tottenham empató el clásico del norte londinense desde los 12 pasos. Terminaron 1 a 1.

En el momento de la sanción, el futbolista francés miró al árbitro fijamente dándole a entender que se había equivocado. Pero ahí terminó la previa de la ejecución.

Jamás se le cruzaría por la cabeza a Koscielny siquiera evaluar la chance de que el árbitro lo haya sancionado para beneficiar al rival.

Es una cuestión cultural que debe modificarse. Aquí se habla de corrupción como del precio del pan. Y después se ve qué pasa. Sucede que una vez producida la acusación, el mal es irreversible por más defensa que ensaye el perjudicado o disparatada que resulte la denuncia.

Los errores de los árbitros forman parte del juego, mientras no se entienda, el diagnóstico es complicado. Lo que pasa es que no reconocerlo de esa manera es bien funcional para no admitir errores propios. No importa si el equipo jugó bien o jugó mal, la culpa la tiene el árbitro. Por eso la tecnología tampoco es muy conveniente para los protagonistas. Se harían trizas un montón de excusas. Además, en las jugadas de apreciación no hay tecnología que valga, es la opinión del árbitro y punto.

Osella fue muy duro con Delfino. Mejor hubiera sido hablar un buen rato de lo bien que jugó Newell's a pesar del resultado en el Cilindro frente a Racing, pero pudo más la tentación de criticar al juez.

"Estamos acostumbrados a que Delfino nos haga esto. Pasó en Colón, en Olimpo y ahora. La tiene con nosotros. Nos carga, nos sobra, fue un arbitraje vergonzoso".

Diego tendría que dar explicaciones, deberían pedírselas. Dio a entender claramente una persecución de Delfino. Una cosa es protestar por fallos perjudiciales (aquí sí la tecnología hubiera dado una mano anulando el primer gol de Bou) y otra muy diferente es poner en duda la honorabilidad del árbitro.

Ni la calentura del momento, ni las pulsaciones a mil justifican semejante locura, que además es fogoneada irresponsablemente por la prensa.

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