Iglesia
Domingo 25 de Septiembre de 2016

El grito

Durante el tiempo final de su convalecencia, llamaba a gritos a Nespom a cualquier hora del día y de la noche, como si en esos gritos consumiera la energía que acumulaba en los erráticos lapsos de sueño.

Durante el tiempo final de su convalecencia, llamaba a gritos a Nespom a cualquier hora del día y de la noche, como si en esos gritos consumiera la energía que acumulaba en los erráticos lapsos de sueño. Una vitalidad desgarradora se manifestaba en esas exclamaciones vocativas. Tanta que podía llegar a sospecharse que se avecinaba una milagrosa mejoría o el desenlace que es nuestro sino. Tres enfermeras espantaron sus gritos. Hartas de oírlos, una a una fueron renunciando a la tarea y la última, que juró necesitar el dinero y ser dueña de una paciencia budista, ni siquiera aceptó quedarse con la promesa lacrimosa de una paga duplicada. Los billetes extendidos, que pretendieron ser carnada, volvieron inútiles al cajón de las cuentas y los medicamentos.

¡Nespom! ¡Nespom!, se escuchaba a intermitencias, el alarido que provenía de la pieza del fondo y rebotaba en los muebles ahuecándose con el eco. Parecía mentira, después, mientras dormitaba con la boca entreabierta, que ese cuerpito exangüe, ínfimo, carcomido, fuera capaz de alzarse en notas tan estridentes y definidas. El médico ni siquiera a la vista del fenómeno lo creía. Con tanto calmante y en ese estado, parecía inadmisible. Tampoco consideraba conveniente aumentar los dosajes y meditaba que era extrañísimo que fuera siempre la misma palabra, justamente, una ininteligible.

La muerte puede parecernos una injusticia, pero está en nuestra naturaleza. El sufrimiento de los moribundos y los condenados, en cambio, es una crueldad que no se explica. El purgatorio se anticipa en la vida, a veces, me dijo el párroco de La Merced, alzando la vista al cielo y dejando que los rayos del sol le amarillearan la piel macilenta. Cristo sufrió por nosotros, agregó y asentí, lamentando esa conversación inútil que yo había pedido en la sacristía. Me sugirió, de inmediato, que volviera a la fe y a sus misas. Los domingos a las siete, que Dios nos daba entereza para soportar los dolores que envía. Él, con toda su bondad, o quizá el demonio bajo ese eufemismo llamado destino. Se me hizo largo el paseo. El cura seguía escupiendo generalidades teológicas y a mí me dolían las várices. Le aseguré que iría a la iglesia, que seguiría los preceptos, que comulgaría. Me apoyó la mano en el hombro y murmuró algo. Quise pensar que me bendecía. Buen hombre, bienintencionado, pero su santa cháchara no terminaba con los gritos ni ensordecía mis oídos.

Antonia, su hermana diez años menor, quería ayudarla, hacerle compañía. Aunque nos quitamos el saludo, allá por el 83, por cuestiones políticas, no necesitamos reconciliarnos porque la desgracia nos unía. Ella sufría por su hermana; yo, porque había imaginado una vejez más tranquila. No lo digo con malicia: ese Nespom era una música terrible, el alarido de un torturado, el gemido de un hambriento, el ruido del mundo derrumbándose sobre el desdichado que lo padecía. Acepté que viniera, las veces que quisiera, lo que su caridad le dictara, en el momento que fuera. Hasta le di el juego de llaves que usaba María Luisa, después de exhumarlo del cajón donde guardaba los objetos que ya dije.

Primero fue cauta o tímida. Pero enseguida, me persiguió con reclamos e interrogaciones. ¿No sabía yo el significado de ese grito? ¿Qué era Nespom? ¿Un hombre, un animal, una plegaria resumida? Mi ignorancia la condujo a la fuente y yo la vi indagar a su hermana inerte: ¿Qué decís, querida? ¿Nespom? ¿Es un programa de la tele, una marca de golosinas? Le tomaba la mano y María Luisa se estremecía. Suspiraba, en rítmicas repeticiones, esos sonidos enigmáticos que ni ella ni yo comprendíamos. En la penumbra del cuarto, los ojos de Antonia me perseguían. Iban de los míos a los de su hermana, que jadeando aquel arcano, se ponían brillosos y, tras los párpados, desaparecían. Para volver, súbitamente, a abrirse con desmesura al proferir el grito: ¡Nespom! ¡Nespom!

Cobarde o inteligente, empecé a escapar cuando Antonia venía a jugar a la enfermera, cediéndole el dominio del terreno a cambio de una libertad que anticipaba la viudez postergada. Es claro que no pisé la iglesia, menos en los horarios de misa. Recalaba en el bar donde un café oficiaba de pasaje para recorrer una mañana o una tarde sin sobresaltos, sin María Luisa. Me entretenía con el diario, los crucigramas de la última página, las noticias aciagas en el televisor que colgaba de un ángulo, las charlas de las mesas vecinas. Era feliz en mi inconsciencia, despreocupado por el perfume de la amnesia, un idiota que sonreía a los parroquianos y, ante las preguntas, elogiaba la salud de mi mujer que debía seguir con sus gritos. Pero ese recreo fuera del mundo se acababa cuando volvía a la penumbra de mi casa, a los fatales pronósticos de Antonia al recitar el parte, al hedor de los pañales en el tacho de residuos.

Como sea, la participación de mi cuñada me brindaba un alivio. La hubiese juzgado santa si no fuera porque una tarde antes de irse, me reveló que había resuelto el secreto del tormento que amargaba mi vida. Tenés que enfrentarlo, me dijo. ¡¿Qué?!, pregunté: ¿qué es este misterio, qué nuevo desafío? Pero la muy pérfida callaba y solo me lanzaba miradas sugestivas.

La olvidé enseguida. Me preparé el mate y salí al patio donde la tarde caía. Ahí, por los menos, llegaban apagados los gritos; se mezclaban con el trino de los pájaros, con algún sonido de la calle, con la vieja radio que crujía unos tanguitos. Estaba en eso, ocioso en la banqueta, chupando la bombilla, cuando escuché, cosa rara, que tocaban el timbre. Pensé que Antonia se habría olvidado los lentes o el pañuelito, y que avisaba antes de entrar, para no sorprenderme en alguna situación inconveniente. La insistencia me obligó a levantarme e ir a ver quién venía.

Soy Néstor Pombo. Antonia me ubicó y me rogó que viniera a visitar a María Luisa, anunció el vejete vestido con elegancia que se erguía junto al umbral, algo nervioso o pensativo.

Soy ligero para las asociaciones, un genio deductivo, por eso rapidito junté las sílabas. Así que era un tipo, no más, un anciano de saco y poco pelo aplastado por la gomina. Qué bien la Antonia, me dije, pero de inmediato me asaltó la vergüenza de la ignorancia, el no haber contado yo con las pistas para develar el acertijo. No tuve reparos, y sacudiéndome las suspicacias, le tomé la mano con la desesperada admiración que los fans despliegan al tocar a sus ídolos. Lo arrastré al interior de la casa y lo conduje en silencio a la pieza del fondo, donde ella yacía.

Quedaron, entonces, frente a frente. Ella, pobrecita, piel y huesos y sábanas, el rostro lívido de quien ve a un fantasma y él, desbordado por la sorpresa, no encontraba la forma de actuar como las circunstancias le exigían. Era un encuentro de resultados impredecibles, dos extraños, quizá, pero la única esperanza que yo tenía. Por eso, intervine:

Acá está: Néstor Pombo, Nespom... vino a visitarte, ¿eso querías?

Puede que María Luisa lo estudiara porque hincó la mirada en el rostro del hombre que pretendía mantenerse firme ante el estilete desafilado de esas pupilas. Pero ella no habló, ni gritó, ni siquiera susurró la palabra que me enloquecía. Nada dijo, nada. Él, tampoco: puro balanceo nervioso repartiendo el peso sobre las piernas. Temí que todo se viniera abajo, que mi chance se perdiera.

Acérquese, acérquese... quizá no lo distingue... Espere que prendo la luz, así se ven mejor, así se da cuenta de que usted es la persona que ella quiere...

Hice todo lo posible, luché para que se reconocieran. Después de unos minutos de incomodidad, el viejo me informó su sospecha: que debía tratarse de una confusión, que Antonia podía estar equivocada...habían pasado tantos años. Dijo eso con un aire triste y deshizo el camino hasta la calle para dejarme de nuevo con mi suplicio.

Con un pie en la vereda, el desgraciado me mira. Ve que me voy y su cara, como todo su aspecto de hombre abandonado en la desidia, se hunde en la derrota mientras intenta lanzarme una culpa que no es mía. Ah, no, mi querido... Ella te eligió a vos, hace algunas décadas, y entonces fui yo quien quedó destruido. Que me llame, que me siga llamando con el apodo que me inventó en los tiempos de nuestro amor furtivo. Cuando tuvo que elegir, te eligió. Por lo que sea: temía la censura de su familia, las opiniones de los vecinos, la bronca que su traición te provocaría. Si ahora se arrepiente y me llama, a los gritos o como sea, que lo haga: ella para mí es un grito mudo, el olvido.

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