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Sábado 21 de Agosto de 2010

"El globo rojo": una grieta en la mirada

Por Nora Schujman (*) / Sobre un fondo urbano, gris de posguerra, se recorta la figura de un niño que descubre y se apropia con total naturalidad de un globo rojo que parecía estar esperándolo. A partir de ese momento, se genera entre ellos una relación de complicidad, un diálogo singular e íntimo. Es difícil desviar la mirada de la extraña imagen que generan, no exenta de humor en algunos momentos. Su presencia provoca en los adultos con los que se cruzan efectos disímiles: solidaridad, asombro, disgusto.

Sobre un fondo urbano, gris de posguerra, se recorta la figura de un niño que descubre y se apropia con total naturalidad de un globo rojo que parecía estar esperándolo. A partir de ese momento, se genera entre ellos una relación de complicidad, un diálogo singular e íntimo. Es difícil desviar la mirada de la extraña imagen que generan, no exenta de humor en algunos momentos. Su presencia provoca en los adultos con los que se cruzan efectos disímiles: solidaridad, asombro, disgusto.

En "El globo rojo" (1956, de Albert Lamorisse), el niño no comprende por qué el globo no puede entrar en el transporte público, pero "sabe" que en la escuela, en la iglesia y en su hogar no podrá hacerlo. Aunque ambos intenten "hacer trampas", el globo es expulsado de esos lugares; es resistido en esos universos de sentido. El director de la escuela castiga al niño por introducir algo ajeno a la lógica escolar. Asistimos a la puesta en escena de una política de los espacios que es señalada y cuestionada desde el afuera por una sensibilidad diferente.

El rojo sobre el gris de los edificios produce una grieta en la mirada. ¿Será esa grieta la que no se puede soportar? ¿Qué verán en ese niño y su globo los otros niños que lo enfrentan a pedradas? Esta escena interpela a los que creemos saber qué es la infancia y cuáles deben ser sus actitudes. Hay en la película una mirada sobre los niños y sobre las miradas de ellos acerca del mundo, que incluyen su ternura, su imaginación y su crueldad. Podemos también leerla como una historia de aprendizaje sobre la muerte y el renacer de los sueños. "Yo quiero vivir esa aventura", dijo al verla una niña de 6 años. Los adultos presentes sonreímos porque compartimos con ella ese impacto ético y estético que provoca el filme.

(*) Vicedirectora y prof. en letras.

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