Opinión
Miércoles 27 de Julio de 2016

El genio de Gustav Mahler

Ícono cultural. La Sinfónica Provincial comenzó un ciclo de este artista de dimensiones universales.

Es un motivo de orgullo, que la Sinfónica Provincial de Rosario haya comenzado en esta temporada un ciclo Mahler. Sin dudas es un gran acontecimiento artístico, que debería contar con el apoyo de todos los ámbitos culturales de la ciudad; no cualquier orquesta puede asumir ese desafío.

¿Qué hace de este músico, a quien sus contemporáneos apreciaron, como el mejor director de su generación, antes que como un gran compositor, sea hoy un verdadero icono cultural? En un mundo donde el espectáculo asumió el vacío de la cultura, Mahler es un gigante que aún tiene mucho que decirnos.

Al igual que un acongojado profeta del Antiguo Testamento, Gustav Mahler comprendió claramente que su tiempo no había llegado, que los oráculos de desolación que lo atormentaban eran para el futuro, anticipa la ruina del mundo luego de la ausencia de Dios y presenta su música como antídoto para paliar el dolor de los que vivimos inmersos en esta cultura neobarroca.

Las lecturas de Shopenhauer y Nietzsche moldean su pensamiento, pero también la Biblia, la poesía de los románticos y los filósofos místicos y naturalistas. Mahler anticipa la crisis del pensamiento positivista, descreyó de las argumentación del racionalismo, buscó las respuestas en la vastedades oscuras del corazón, en el inconsciente, que por esos años se rendía ante Freud, en los dolores de una infancia signada por la muerte de sus queridos hermanos, y en Dios. Pero buscó, dudando, como todo hombre, que se enfrenta a lo incognoscible, por esta razón la búsqueda nunca significó satisfacción sino angustia, congoja y agonía, solo por momentos, muy pocos momentos, se le concede la visión beatifica, de la gracia, el fin último. La Segunda Sinfonía "Resurrección" es uno de esos momentos, cuando la soprano nos asegura: "Oh, créelo: ¡no has nacido en vano!¡No has sufrido en vano!" o el final de Cuarta Sinfonía, cuando la voz infantil nos recuerda: "Las voces angélicas despierten los sentidos para que todo renazca con la alegría" o la Octava donde se ruega al Paráclito Creador que derrame sobre la humanidad: "... los siete dones". Pero la muerte y sus disonancias, la desazón de las certezas, el tembloroso silencio de la aniquilación, la sonrisa oscura de la muerte, son las constantes. Para pintar sus cosmos sinfónicos, utiliza la orquesta con una plasticidad magistral, la maneja como una herramienta obediente para expresar, su rico, universo teológico-filosófico. No solo la sonoridad masivas de orquestas gigantes, sino los solos instrumentales intimistas, como sonido delicado de un grupo de cámara. Están los coros multitudinarios pero también la canción solista, los adagios de cuerdas temblorosas y las bandas pueblerinas, los solos de violín sublimes, pero también esta el violín chirriante del músico de pueblo. Fue judío por nacimiento pero cristiano por elección; su conversión puede verse como una manera de mitigar la angustia de la realidad, no un paso de conveniencia para conseguir el trabajo en la Opera de Viena, cargo al que un judío no podía aspirar. Es un creyente heterodoxo, pero tiene la necesidad de creer. Sabe que la religión no le ofrecerá todas las respuestas a una existencia que consideraba rodeada de crueldad. Como si fuera uno de los personajes de Dostoievsky, exclama: "...cuando la inextricable red de condiciones en el arte y en la vida ha llenado mi corazón de asco por todo lo que me es sagrado —el arte, el amor, la religión—, ¿qué salida hay sino la autoaniquilación? Lucho como un salvaje para romper los lazos que me encadenan al repugnante e insípido pantano de esta vida ...".

Hablar de Mahler es hablar de un artista de dimensiones universalistas, que trasciende el ámbito clásico e impregna toda la cultura, incluida la popular. Curiosamente, depositarios del legado musical de Mahler resultaron los compositores europeos asentados en Hollywood, que inventaron el sonido del cine, Miklos Rozsa, Max Steiner, Dimitri Tiomkin, Franz Waxman y su gran discípulo, John Williams. El cine, desde la absoluta maestría de "Muerte en Venecia", de Visconti (1971), el delirio sublime del "Mahler" de Kent Russel (1974), el exquisito, "Maestro de música" (1988) de Gerard Corbiau, y en fechas mas recientes, "El árbol de la vida" (2011), de Terence Malik, recurren a Mahler y Woody Allen también.

En el jazz, Uri Caine, deconstruye su obra en el CD, "Luz Primordial" (Urlicht - Winter & Winter 1997); Frank Zappa lo conoció a través del director Zubin Metha y se rindió totalmente a su influencia; el rock sinfónico no lo pudo soslayar y Jeff Beck desgranó en su guitarra el Adagietto de la Quinta Sinfonía.

Sin duda alguna, Gustav Mahler es el verdadero caminante del crepúsculo.

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