La ciudad
Lunes 09 de Enero de 2017

El Gauchito Gil y una celebración local de asado, familia y fe

El mal clima no impidió que los rosarinos celebren su devoción al gaucho milagroso en distintos santuarios de la ciudad

Una señora se baja de un auto. Tiene el pelo rubio y lleva puesta ropa ideal para un domingo lluvioso: calzas, zapatillas deportivas, musculosa. La mujer camina en silencio y segura. Si no fuera por el grado de ritualidad que carga, podría parecer que está por hacer un trámite. Alcanza con verla para entender que conoce el recorrido, que no es la primera vez que entra a algún santuario del Gauchito Gil. La mujer se besa la mano y toca la figura del santo con los ojos cerrados. Se queda en silencio. Después, prende un cigarrillo; da una, dos pitadas y se lo deja. Afuera llueve. Hace horas que llueve pero no importa. Es 8 de enero, el día del santo popular. Una multitud está copando la localidad de Mercedes, en Corrientes, donde tiene sede la principal procesión. Los que no viajaron no se quedaron sin su día para la devoción. Y en Rosario hay más de un santuario que está recibiendo fieles. A pesar de la lluvia, a pesar de todo.

El santuario ubicado en Circunvalación y Ayacucho es uno de los más grandes de Rosario. No es el único: en Nuevo Alberdi, en Ludueña, en La Carne, en Empalme, al costado de la ruta y las autopistas pueden verse pequeñas y medianas capillas que reciben gente. Este se ve preparado para recibir una multitud y para acompañar el ritual de devoción al gaucho. Todos coinciden: su día es un día para celebrar la fe, y eso se hace comiendo asado y tomando vino, con la familia, al ritmo del chamamé. En Circunvalación y Ayacucho hay parrillero, canchita de fútbol, mesas y banquitos. Y está la capilla, claro, que de un lado tiene al Gauchito Gil y del otro a San La Muerte. Sólo una fina pared de ladrillos los separa, pero comparten techo. Los mitos conviven. La historia afirma que el Gaucho era devoto de San La Muerte, el que, dicen, es el santo más poderoso de, al menos, el litoral argentino.

La lluvia no cesó este domingo. Pero ni el clima, ni los charcos, ni el barro fueron un problema para los devotos y promeseros dispersos en la ciudad. El santuario mencionado amaneció con varios pasacalles de agradecimiento. También, contaron los que se quedaron y son frecuentes, que en la medianoche hubo fuegos artificiales y música. Y que a las ocho de la mañana, cuando cesó el mal clima, se llenó de devotos. Pasado el mediodía sólo quedaba un grupo de muchachos y una familia numerosa, que pudo armarse un rancho para estar ahí toda la tarde. A pesar de la lluvia, a pesar de todo. "Nosotros venimos todos los años, toda la familia. El Gaucho nos cumplió promesas. Con mucha fe conseguimos lo que tenemos y es gracias a él. Por eso estamos acá, pasándola bien, disfrutando la lluvia", cuenta Diego, uno de los devotos. La mesa familiar justifica lo que dice: lechón, vino tinto, gaseosa Pritty y mate, y alrededor, los abuelos, vecinos, tíos, primos, nietos. Es la fiesta que su santo se merece.

"El santuario de Circunvalación y Ayacucho es uno de los más grandes, pero no es el único"

Daniel Flores es el encargado de cuidar la capilla desde hace seis años. Tiene 45 y se considera devoto de los dos santos. Primero —y siempre, aclara— del Gaucho. Después, San La Muerte. El hombre se baja el cierre de la campera y muestra, un enorme collar del que cuelga la calavera con la guadaña. "En una etapa fea de mi vida estuve preso. Ahí me aferré al santo. Me aferré tanto que es lo que más amo. Nunca más volví a ir preso, le pedí protección y ahora tengo mi trabajo. Por eso ahora estoy feliz de tener este lugar, que la gente pueda venir a pedirle a los dos". Daniel habla bajo la lluvia y destaca la cantidad de gente que se acercó a pesar del mal clima. "Un santo que tiene poder sin límites, también tiene devoción sin límites", dice. También cuenta una historia: "Algunos brujos salían a caminar bajo la lluvia para limpiarse, depurarse de todo lo malo que le sacaban a la gente. Capaz el santuario necesitaba una buena limpieza. Todo tiene un significado y no tiene por qué ser negativo".

Daniel comparte la responsabilidad de cuidar la capilla con su mamá, Estela, de 64 años. "Una tiene que ser muy creyente del santo para estar acá. Y yo soy muy creyente", dice la mujer. Estela cuenta que el Gaucho la ayuda muchísimo, que la cuida a ella, a sus hijos y nietos; y asegura que lo lleva a él y San La Muerte en el monedero, siempre. "Es una forma de sentirme protegida. Salgo de acá caminando y les pido que nadie se me acerque. Ni un perro me cruzo. Es la fe". La mujer es bajita, de pelo corto y piel curtida. Ya hace casi treinta años que es devota del Gauchito Gil. "Me curó la mano", afirma. Tenía 36 cuando se quebró la muñeca y no se le curaba con nada. Sus manos eran su herramienta de trabajo. Una vecina le recomendó pedirle al gaucho. Estela no lo conocía al Santo, a pesar de ser correntina. Pero le pidió. "Y a los dos meses ya estaba trabajando", dice fascinada. La mujer viajó quince años seguidos a Mercedes, cada ocho de enero. "Es una hermosura, ¡terrible! La primera vez que fui me emocioné, me arrodillé y lloré mucho. Es un mundo de gente y todos están movilizados por la fe".

La mujer habla desde adentro de la capilla a San La Muerte, protegiéndose de la lluvia que cae lenta pero constante. Al lado del santo hay varios cigarrillos consumiéndose y una botella de vino espumante color azul. Los autos siguen llegando, frenando, rezando y partiendo. La figura del Gauchito Gil acumula cigarrillos, vasos y botellas de vino tinto, trofeos, placas, velas rojas encendidas e infinitas derretidas. En la puerta hay tres árboles recién llegados: un espinillo que trajeron de Corrientes, uno que llevó Estela y uno que la mujer no sabe todavía de dónde salió, pero que se había secado y hace pocos días volvió a brotar. Estela está criando dos paraísos en su casa para plantarlos en la zona del parrillero y dar más sombra al sector. La encargada agrega que, a pesar de su esfuerzo, ya no puede dejar tantas cosas en el Santuario, porque suelen robarse las ofrendas. "Ellos son los que no creen. Pero también hay mucha, muchísima gente de fe, que siempre vienen, están acá, le traen whisky, vino, flores y lo cuidan". Una vez, después de un robo, Estela se decidió a dejar el santuario. "Pero esa noche soñé", afirma. Luego aclara: "el santo me hizo soñar. Lo que yo vi es que se perdía el santuario, que se llenaba de agua y no estaba más. Cuando me desperté, lloré mucho. Después vine a pedirle perdón. Y le aseguré que iba a seguir viniendo. Y sigo".


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