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Sábado 11 de Julio de 2015

El fútbol, un absurdo nacional

La derrota de la selección en la final contra Chile por la Copa América causó un gran malestar popular en la Argentina, tal vez acentuado por el exitismo previo y el irracional rechazo de algunos sectores de la sociedad al pueblo trasandino.

 La derrota de la selección argentina de fútbol frente a Chile en la final de la Copa América ha alcanzado magnitud de drama nacional. Si a esto se le suma otra frustración, hace un año, por no haberse obtenido el campeonato mundial que se disputó en Brasil, se transforma en tragedia griega.

La pasión de los argentinos por el fútbol va mucho más allá del gusto por ese deporte en sí mismo y conlleva elementos culturales distorsionados que se arrastran desde varias generaciones atrás.

Mientras esa situación permanece en el ámbito doméstico, la habitual pertenencia y fanatismo por un club determinado y el odio hacia los simpatizantes de otros se manifiesta en los estadios de fútbol, donde aún hoy la hinchada visitante tiene prohibido el ingreso por temor a los enfrentamientos. Pero cuando ese fervor desbocado ingresa en el área de la nacionalidad a través del seleccionado en torneos internacionales, la deformación patológica cambia de foco y comienzan a jugarse valores de otra naturaleza y más peligrosos.

Por eso, una o varias derrotas deportivas, sólo eso, se viven como heridas inadmisibles. Son dolores agudos no fáciles de superar sino con la búsqueda de chivos expiatorios que suavicen el malestar por la derrota.

Pese a que en días previos al partido final con la selección chilena el jugador argentino Javier Mascherano había explicado con claridad que se trataba sólo de un partido de fútbol (jugado en el estadio que los militares chilenos usaron como centro de detención y ejecución de opositores, como el cantante Víctor Jara) y nada tenían que ver situaciones políticas de la relación entre ambos países, su prédica cayó en saco roto.

Fue notorio como subliminalmente se fue creando en la Argentina un clima antichileno abonado por el prejuicio irracional arraigado en sectores de la población que derivó incluso en una canción eliminacionista que no tenía nada de graciosa, pero que se difundió por todo el país. La letra, increíblemente, decía lo siguiente: “Chile, decime qué se siente, saber que se te viene el mar; te juro que aunque te tape el agua, nunca te vamos a ayudar; porque vos sos un traidor, vigilante y botón; en la guerra nos vendiste por cagón, por acá no vengas más, ojalá te tape el mar, que te ayuden los ingleses a nadar”.

Es notable como a través del fútbol y también con otros símbolos nacionales, como Malvinas, se pierde de vista que la actitud de la dictadura de Augusto Pinochet de haber provisto inteligencia militar a los ingleses en la guerra que otra dictadura, la Argentina, había emprendido en el sur, no es trasladable tres décadas después al conjunto del pueblo chileno.

Este absurdo sería semejante a que si el pueblo holandés, cuando hoy enfrenta a equipos alemanes de fútbol, tuviese en cuenta los cinco años de ocupación nazi de los Países Bajos entre 1940 y 1945 y los casi doscientos mil civiles holandeses asesinados. Para establecer bien las similitudes de lo ocurrido en estas latitudes sudamericanas y las europeas es interesante ilustrarse con una mirada al Museo de la Resistencia Holandesa en Amsterdam, el “Verzetsmuseum” (www.verzetsmuseum.org).

Xenofobia. Mientras en los días previos a la final flotaba en la Argentina una solapada napa xenófoba que no salía totalmente a la superficie porque era políticamente incorrecto, la actitud de la mayoría de los medios de comunicación chilenos que se captan en el país abordó el enfrentamiento deportivo sin un fervor irracional. Incluso, una vez obtenido el título, la algarabía se centró en el festejo de haber alcanzado el primer título en la historia del fútbol chileno (Argentina ganó 14 veces la Copa América y es bicampeón mundial) y no en demoler ni denostar con soberbia al rival vencido para traspolar un triunfo deportivo en una causa nacional contra los argentinos.

No se entiende por qué existe en la Argentina un prejuicio contra el pueblo chileno que invade a sectores de la sociedad, aún a los círculos más intelectuales, y que a través del fútbol parece expresarse con nitidez. Es por eso, tal vez, que la derrota superó lo estrictamente deportivo y amalgamó afectos subyacentes que irracionalmente se mantienen vivos desde siempre. Quien haya recorrido Chile durante los últimos años seguramente ha podido advertir la amabilidad con la que se recibe a los argentinos sin importar historias pasadas ligadas al chauvinismo bélico, más allá del clásico folclore futbolero o el chiflido del himno argentino en la cancha.

De este lado de la cordillera en 24 horas cambió el panorama, ligado al exitismo y a la estupidez humana que se aprovecha de la pasión popular por el fútbol: el seleccionado argentino pasó de ser el mejor del mundo y con los jugadores más exitosos a un grupo de muchachos sin actitud que pierden su segunda copa consecutiva. Y su técnico, un caprichoso que no sabe utilizar a los mejores jugadores de los que dispone. Todos argumentos que hubiesen cambiado radicalmente si la azarosa definición por penales hubiera beneficiado a la selección argentina. Es una actitud bipolar con que se manipula el mensaje comunicacional que, con matices, siempre se pretendió instalar. Fue lo que posibilitó que en 1978, mientras se celebraba la obtención del título mundial, pasara desapercibido para la mayoría que miles de argentinos permanecían secuestrados o ya habían sido asesinados por la dictadura.

El fútbol argentino estuvo conducido hasta hace poco por un personaje que se mantuvo firme durante años en dictaduras, democracias y crisis económicas, casi como un zar intocable, inasible y funcional al “pan y circo”. Sólo una vez muerto y por una investigación internacional se descubrió que Julio Grondona, de él se trata, era parte de una red corrupta que recibía sobornos para otorgar derechos de televisión, comprar árbitros y arreglar partidos en todo el planeta. Fue también parte del polémico “Fútbol para Todos” por el cual el gobierno puso al alcance de la población la televisación en directo de todos los partidos del torneo local. ¿Para qué, con qué objetivo? Una cosa es haber terminado con el negocio privado de unos pocos que cobraban para ver los partidos y otra cosa es masificarlos, narcotizar a la gente e insuflar la sensación de que por el fútbol transcurren los verdaderos sentimientos nacionales. Mientras tanto, las crónicas carencias del país, como la marginalidad que azota a miles de compatriotas que viven en indignas villas miseria y que permanecen excluidos del sistema económico y social, no han desaparecido en casi ninguna de las provincias argentinas.

¿Por qué no se televisan los dos o tres juegos más importantes de la fecha y se deja de inundar la pantalla con un festival irrelevante, mayormente de baja calidad futbolística?

Huella dolorosa. La herida en el ego de las masas futboleras que descontaban el triunfo argentino ha sido profunda e incluso se trasladó a una suerte de depresión colectiva por un equipo nacional de enormes aptitudes técnicas que sólo falló en el último partido. En lugar de reconocerles a sus jugadores y a su cuerpo técnico por el esfuerzo realizado y por su buen desempeño en la Copa al haber alcanzado el subcampeonato, arrecian los cuestionamientos y aparecen comunicadores que ya quieren instalar otro técnico.

En las redes sociales ha circulado estos días una interesante reflexión: “Un país que le exige más a un futbolista que a un político está condenado a la mediocridad”.

El fútbol sigue siendo un absurdo nacional que tiene más de negocio que de otra cosa, tal como se ha comprobado últimamente. Además, toda la genuina pasión que despierta en millones de personas ha sido históricamente utilizada con diferentes propósitos, especialmente con peligrosos aires nacionalistas cuando se trata de la selección. Y en una forma más individual, como una manera de exteriorizar las frustraciones de la vida cotidiana.

Pese a genuinos intentos de elevar el nivel cultural de la población, el fútbol –cuando es llevado al paroxismo–, es funcional a quienes pretenden empañar el pensamiento crítico de la sociedad.

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