Lionel Messi
Martes 28 de Junio de 2016

El fracaso de los culpables

Hace unos meses, en una entrevista para este diario, el periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores dijo una obviedad no tan obvia. "A veces el triunfo depende de un pase que se filtró o no se filtró por un centímetro. Esta verdad tan simple es siempre invisible, cuando se gana la celebración la tapa, cuando se pierde la tapa el lamento".
Hay un dato irrefutable: Argentina pierde su tercera final consecutiva. También es irrefutable esto otro: las tres veces no la pueden superar en el juego ni derrotar en el tiempo reglamentario. Pero en el momento de la emotividad viene el eclipse. En Argentina todo es una fanfarria épica si ganamos y un drama mortal chejoviano si perdemos.
Es interesante cómo toda esta emocionalidad lacrimógena no deja nada sin impregnar. Lo primero que tapa son nuestras propias frustraciones desplazándolas hacia alguien a quien podamos acusar. El triunfo no siempre es equiparable a algo que se hizo bien o la derrota a algo que se hizo mal. Para que Argentina fuera campeón en el 78 la pelota de Rensebrink en el minuto 90 tuvo que dar en el palo. Para llegar a la final del 90 hubo que colgarse del travesaño contra Brasil, pasar dos series de penales y por último perder por un penal en la final.
Así de ajustado, de imprevisible y de parejo es el fútbol. Pero en el instante en que todos estamos al borde del estallido no podemos más que pensar en salir a la caza de culpables para refugiar nuestra debilidad que a esta hora es mejor denominar nuestra estupidez.
Tal vez esto es lo que entendió Messi ayer, o lo que decidió dejar de tolerar, cuando hizo su anuncio. Nos merecemos este anuncio. Acaso nos ayude a meditar no sobre los jugadores sino sobre nosotros.
No es que Argentina ayer hizo todo mal. Fue un partido de una intensidad de mil demonios, contra un rival que juega como si a los jugadores fueran a secuestrarles los hijos, y que sin embargo no es mejor, ni le gana a la selección, ni puede casi nunca hacerle goles a Romero.
Hablar de fracaso es no aceptar que Chile es un rival tremendo, que no quedará en la historia por su juego vistoso pero que es dificilísimo ganarle, lo que sin embargo sólo este año el seleccionado subcampeón de la Copa América hizo dos veces. Si al cabezazo del Kun no lo saca la uña de Bravo nadie estaría hablando de que a los jugadores argentos les falta fuego sagrado.
Se le pide a la selección autocrítica, flexibilidad, cambio. ¿Y al periodismo deportivo podremos pedirle algo? ¿Será mucho requerirle que deje de someter los análisis a los estados de ánimo en carne viva? No es que haya que hablar de triunfo por no haber ganado tres finales que sin embargo no se perdieron en los 90 minutos, pero mentar el fracaso sólo expone los desvaríos de un nene chinchudo, que tiene que encontrar algún culpable para serenar su impotencia.

Comentarios