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Sábado 02 de Noviembre de 2013

El fin de los secretos

El escándalo del espionaje y divulgación de información confidencial de países y funcionarios llegó estos días a un nivel inimaginable y de desconfianza mutua entre tradicionales aliados

El escándalo del espionaje y divulgación de información confidencial de países y funcionarios llegó estos días a un nivel inimaginable y de desconfianza mutua entre tradicionales aliados. Todo comenzó hace unos tres años cuando el fundador de Wikileaks, Julian Assange, les ofreció a las más prestigiosas publicaciones del mundo, “The New York Times”, “Der Spiegel”, “Le Monde”, “The Guardian” y “El País”, información reservada de inteligencia de Estados Unidos vinculada mayormente con las guerras de Irak y Afganistán, aunque cuestiones internacionales de otras zonas del planeta no quedaron al margen. Esas publicaciones trabajaron varios meses en forma conjunta para verificar la rigurosidad de la información, y cuando lo comprobaron resolvieron comenzar a difundirla toda al mismo tiempo. Fue un golpe terrible para los Estados Unidos y varios de sus aliados, quienes de inmediato salieron a matar al mensajero en lugar de explicar el contenido de lo que se estaba difundiendo. Assange tiene captura internacional por revelar secretos de Estado, pero desde 2012 está asilado en la embajada de Ecuador en Londres. No tiene salvoconducto y si intenta salir lo detendrán.

Pero Wikileaks no es el único caso. A mediados de este año, el experto en tecnología Edgard Snowden, de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos (NSA), una de los tantos organismos de ese país dedicados a obtener información confidencial a través del mundo, causó otro impacto mundial: reveló que Estados Unidos espiaba no sólo a quienes considera sus enemigos sino también a sedes diplomáticas de sus aliados occidentales. Cuando comenzó a filtrar información pidió asilo en Rusia, donde después de varias semanas de vivir en el aeropuerto de Moscú, se le permitió ingresar al país bajo el compromiso de no dañar más los intereses norteamericanos. Snowden, semanas antes de lograr el asilo, explicó a periodistas ingleses del diario “The Guardian” cuál es la función de la Agencia Nacional de Seguridad. “Estados Unidos ha construido una infraestructura que permite interceptar casi todo. Con esa capacidad la gran mayoría de las comunicaciones humanas son automáticamente alcanzadas. Si yo quiero ver sus correos electrónicos o escuchar los llamados de su esposa, todo lo que tengo que hacer es interceptarlos. Puedo obtener sus e-mails, contraseñas, mensajes grabados en su teléfono y tarjetas de crédito”, dijo con toda claridad y para el asombro.

Hace unos días, el escándalo siguió creciendo cuando la prensa alemana reveló, en base a datos de Snowden, que Estados Unidos espiaba desde hacía tiempo a unos 35 líderes mundiales, incluido el Papa. Intervinieron las conversaciones, entre otros, de la canciller germana Angela Merkel; de la presidenta de Brasil Dilma Rousseff; del presidente de México Enrique Peña Nieto y del presidente del gobierno español Mariano Rajoy. El enojo se hizo sentir y los embajadores de Estados Unidos en esos países fueron citados a dar explicaciones. La Unión Europea se reunió la semana pasada y emitió un tibio documento de condena al espionaje, pero nadie cree que los cruces diplomáticos se agiganten porque todos los países hacen cosas parecidas.

Sin embargo, ese no es el principal problema, ya que entre socios siempre hay discrepancias y desconfianzas que al final terminan puliéndose. La verdadera preocupación es la advertencia de Estados Unidos, a través de la portavoz del Departamento de Estado Jen Psaki, de que Snowden tiene más datos comprometedores que estaría dispuesto a entregar. Según el diario “The Washington Post”, Estados Unidos está informando a sus aliados que saldrían a la luz nuevas operaciones de inteligencia conjuntas muy delicadas. Tal vez por eso la protesta europea haya sido sólo un formalismo porque Estados Unidos acusa ahora a los servicios europeos de colaborar en el espiojane. El diario afirma que Snowden tiene nada menos que unos 30 mil documentos secretos del Pentágono, del Departamento de Estado y de otras agencias de seguridad. ¿De qué más no enteraremos?

Teléfono privado. La europea más enojada con los Estados Unidos es Angela Merkel, considerada la salvadora del euro, ganadora en las recientes elecciones en su país, pero no de la confianza total de los Estados Unidos que, en realidad, sospecha de todos y tal vez hasta de su propio presidente, de color, con un nombre musulmán y parientes en Africa. ¿Podría convertirse Obama en un potencial terrorista? Aunque parezca ridículo la extrema derecha republicana “jugó” con esos antecedentes en las dos elecciones presidenciales que ganó Obama y la cadena televisiva “Fox News” lo define diariamente como un peligroso mandatario de izquierda.

Cuando hace unos días Obama le aseguró a Merkel que no sabía que su propio telefóno celular era escuchado por la inteligencia norteamericana, desnudó un fenómeno cada vez más visible: los intereses estratégicos de los Estados Unidos como principal potencia militar y económica del mundo están más allá de un “simple” presidente y lo trascienden, sea demócrata, republicano, negro o blanco. Desde hacía diez años que el celular de Merkel, incluso antes de convertirse en canciller, era espiado hasta que los servicios alemanes lo detectaron y le encriptaron uno nuevo. ¿Qué información vital para la seguridad de los Estados Unidos se obtuvo de ese trabajo que se prolongó durante una década? Ninguna. “Hemos enterrado juntos a nuestros soldados en Afganistán. No puede ser que nuestros aliados nos espíen”, se quejó la mujer más fuerte de Alemania y Europa.

El de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos fue un trabajo atávico, indiscriminado, que no valora tal vez la diferencia de interceptar una comunicación de transferencia de fondos a través de los códigos internacionales llamados SWIFT (una especie de CBU argentino donde constan la numeración y datos de las cuentas bancarias en el exterior) para financiar atentados terroristas de las conversaciones del ex premier italiano Silvio Berlusconi para organizar fiestas privadas con bellas jóvenes.

Esta situación es probablemente fruto de la deformación de la llamada Ley Patriótica de los Estados Unidos (USA Patriot Act), sancionada poco más de un mes después del atentado contra los Torres Gemelas, el 26 de octubre de 2011, con el fin de darle más cobertura a la lucha antiterrorista internacional. La sección 215 de esa norma legal permite registros individuales de comunicaciones personales, obtención de información en cuentas bancarias, agencias de viaje, sedes religiosas y todo tipo de acciones en la vida privada de las personas con la sola sospecha de que puede ser importante para la seguridad nacional del país. A raíz de las recientes protestas de sus aliados, Obama le pidió al Congreso que revise la legislación y su sección 215. No parece haber consenso para eso, ni siquiera entre los subordinados del presidente: “Estados Unidos tiene la obligación de obtener información de lo que está pasando en el mundo para defender a nuestros ciudadanos, a nuestros aliados y a nuestra patria”, dijo la vocera Jen Psaki. No habló de cuáles eran los límites de ese trabajo.

En realidad, en Estados Unidos, pese a lo que se cree en contrario, todas las acciones de inteligencia y operaciones militares secretas en el exterior tienen la aprobación de algún estamento del gobierno o del Congreso.

No hace mucho tiempo, durante un seminario global sobre temas de seguridad en Nueva York, se le preguntó a un ex director de la CIA durante el gobierno del ex presidente chileno Salvador Allende si podía revelar información secreta no conocida hasta ese entonces sobre el papel de Estados Unidos en el golpe de Estado. Muy diplomático, dijo que todo lo ocurrido ya había sido difundido y recalcó de manera muy especial lo siguiente: “Todas las acciones de la CIA, encubiertas o no, tienen la aprobación del presidente o del Comité de Seguridad del Congreso de los Estados Unidos”. Más que claro.

Sin control. A pesar de la solidez institucional y el apego a la legalidad de los Estados Unidos (más en casa que en el exterior) muchos analistas internacionales tienen la sensación de que las casi 20 agencias norteamericanas de inteligencia que espían a todo el mundo están fuera de control y hasta admiten que es posible que Obama desconociera algo tan puntual como que el teléfono móvil de Merkel fue intervenido durante diez años. En realidad, esta paranoia del espionaje mundial indiscriminado conlleva a la preocupación de que el verdadero objetivo, la lucha contra los grupos fanáticos que intentan todos los días cometer atentados a través del mundo, se esté debilitando. Cuanto más hay para espiar, más ineficaz es el trabajo. Los asuntos políticos, bancarios y hasta amorosos ya han dejado de ser secretos en todo el mundo.

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