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Domingo 23 de Octubre de 2011

El fin del bipartidismo

Argentina amanecerá mañana con la letra K marcada a fuego. Cristina Fernández de Kirchner romperá el récord histórico que mantenía Raúl Alfonsín desde 1983 con el 52 por ciento de los votos logrado ante Italo Luder y se convertirá en la bisagra que demarcará el fin del bipartidismo.  

Argentina amanecerá mañana con la letra K marcada a fuego. Cristina Fernández de Kirchner romperá el récord histórico que mantenía Raúl Alfonsín desde 1983 con el 52 por ciento de los votos logrado ante Italo Luder y se convertirá en la bisagra que demarcará el fin del bipartidismo.

La formidable performance electoral que tendrá la presidenta este domingo está justificada por varias razones, pero la más importante, su carta más marcada, es la buena gestión de gobierno que lleva adelante.

Esa debe ser la principal fundamentación a la hora de cualquier análisis político trazado con honestidad intelectual, más allá o más acá de que quien lo firme sea o no afín a este gobierno.

Cristina demostró durante la campaña electoral un peso político que ni por asomo lograron sus adversarios, enredados en peleas intestinas, absurdas e infantiles, propias de quienes quieren otro objetivo lejano a diputar el poder. Aparece aquí la otra gran razón que explica el aquí y ahora de las percepciones: la extraordinaria flaqueza de la oposición como tal, dispersa hasta el paroxismo de hacer desaparecer el histórico bipartidismo.

El único que tendrá algún respiro reparador tras el nuevo urnazo kirchnerista será Hermes Binner, a quien todas las encuestas ubican en el segundo lugar, pero tan lejos de la presidenta como Rosario de Alaska. En términos históricos, la candidata oficialista sería reelecta con el mayor porcentaje obtenido en una elección presidencial desde 1983, cuando Alfonsín fuera electo con 52 por ciento. La única duda hasta el momento es si la jefa del Estado superará la diferencia de 39 puntos porcentuales que Perón logró sobre Balbín en 1973.

Cristina ha asentado sus reales en las clases bajas, medias bajas e incluso logra penetrar como nunca antes en bastiones que habían sido inexpugnables, como las grandes ciudades. El gobierno logró surfear la ola por la instantánea de la economía, el perfil del "relato" y una tendencia pendular de la mayoría por estos años que abraza el discurso progresista como antes se alineó con el liberalismo que encarnó Carlos Menem. Esa conjunción fue entendida por Mauricio Macri a la hora de bajarse de la carrera presidencial: Argentina no está hoy para darle preponderancia a otra cosa no que pase por la buena onda y el carácter optimismo.

Un dato a tener en cuenta a la hora de leer las encuestas, más allá de las ensaladas de números y porcentajes sobre intención de voto, pasa por el ánimo de la mayoría de los argentinos: optimismo, confianza y esperanza son tres palabras que se florean en cada muestreo.

Resulta toda una curiosidad que, finalmente, también haya una porción de voto conservador hacia Cristina prohijado por la teoría del mal menor. Durante años varios opositores batieron el parche haciendo mención a términos como "seguridad jurídica" y "previsibilidad", pero hoy muchos votarán por la conservación de lo que está, de lo "seguro", frente al vacío y la inseguridad que dejan entrever las peleas recurrentes entre quienes disputan, apenas, una parcela del gran sueño que debería transformarse para todo opositor el acceso al poder.

El disloque del 2001 constituye aún un factor abrasivo en el inconciente de los argentinos: casi como una oblea adherida que recuerda la ingobernabilidad. Es probable que, hoy por hoy, buena parte de la sociedad prefiera cierta tendencia al exceso de poder que a la coloratura del vacío. Si se quiere: juega mucho más fuerte el peso de la economía traccionada por el consumo que la advertencia por cualquier decálogo aferrado al deber ser de la democracia.

Cristina amanecerá con la sensación de tener el poder en sus manos, pero también con la certeza de que el 10 de diciembre será el primer día del último período de gobierno. A partir de ese instante habrá que comenzar a observar qué es lo que hace la presidenta con semejante escenario.

El opositor que quedará en pie de cara a un futuro inmediato es Binner. El espesor del capital político que tendrá el candidato presidencial del Frente Amplio Progresista (FAP) dependerá de un resultado clave para la administración santafesina que deberá comandar Antonio Bonfatti y para el formato que delineará Binner frente a los demás partidos opositores, que se levantarán el lunes tanteando la nada. En verdad, no será de lectura neutra saber quién gana las presidenciales en la provincia de Santa Fe.

El contexto político del triunfo de Cristina será abrasador territorialmente, al margen de los únicos dos Estados provinciales que no tienen ni tuvieron votación en 2011 (Santiago del Estero y Corrientes). Sólo tres territorios (Santa Fe, ciudad de Buenos Aires y San Luis) quedarán en manos de fuerzas opositoras. Todo lo demás será de paladar Kirchnerista o filo kirchnerista.

Más del 70 por ciento de los argentinos optará hoy por el peronismo, una muestra clara y palpable del fin del bipartidismo, y un fresco real y pragmático sobre el desastre de la oposición no justicialista, que deberá rearmarse como un castillo de arena después del maremoto. ¿Será la Argentina de ahora en más una base de pruebas para la instalación de un modelo político similar al del PRI mexicano o constituirá, apenas, una fotografía de un tiempo presente sin riesgo de que se convierta en película? Ese es uno de los grandes interrogantes a develar en el curso inmediato de la historia.

Todo los demás parece estar escrito de antemano, aunque los números palpables y tangibles comiencen a ser oficializados este domingo, cuando el atardecer termine de espolvorear una jornada hegemonizada por la letra K.
 

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