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Sábado 01 de Agosto de 2009

El fenómeno de la patologización de la infancia y las prácticas docentes

La "patologización y medicalización de la infancia", un fenómeno en franco incremento en los últimos años, constituye un problema grave que nos convoca a preguntarnos, siguiendo para esto a Arnaldo Rascovsky, si el mismo no debiera ser considerado como una de las tantas maneras, "posmoderna" por cierto, en que se manifiesta el filicidio en sociedades como la nuestra.

La "patologización y medicalización de la infancia", un fenómeno en franco incremento en los últimos años, constituye un problema grave que nos convoca a preguntarnos, siguiendo para esto a Arnaldo Rascovsky, si el mismo no debiera ser considerado como una de las tantas maneras, "posmoderna" por cierto, en que se manifiesta el filicidio en sociedades como la nuestra.

Antes resulta conveniente realizar una aclaración sobre lo que aquí denominamos "patologización y medicalización de la infancia y adolescencia". Con estos términos no se cuestiona el avance de los conocimientos médicos que posibilita la detección temprana de una gama cada vez más amplia de enfermedades, ni los tratamientos a base de medicación, menos aún el desarrollo científico tecnológico de la industria farmacéutica.

Sería una actitud necia negar estos progresos.

Lo que resulta sumamente preocupante y éticamente reprochable es el "abuso" que se observa en estas prácticas que terminan dañando la salud y vulnerando los derechos de las personas, desde distintos puntos de vista. Peor aún cuando los afectados resultan ser los niños y adolescentes.

En este marco, resulta impostergable considerar para su análisis una práctica docente preocupante en aumento en nuestro país en los últimos tiempos, referida a la tendencia a derivar a los alumnos directamente a consulta neurológica con la intención de resolver rápidamente ciertas dificultades que presentan para prestar atención en clase, respetar consignas, terminar "en tiempo y forma" las actividades propuestas, no molestar a los compañeros en clase, etcétera.

Sin demasiada conciencia sobre sus consecuencias, las mismas estarían contribuyendo a la consolidación y expansión del fenómeno de la patologización y medicalización de la infancia. De ahí, la necesidad de revisar estas prácticas con la intención de desnaturalizarlas y propiciar a su transformación, al mismo tiempo de advertir sobre sus implicancias.

Al respecto, resulta oportuno que se tenga en consideración que, bajo el supuesto que son de origen genético (aunque a ciencia cierta hasta el momento no se ha demostrado que lo genético pueda ser considerado un factor "determinante", único, lineal y excluyente), una vez "etiquetados" de ADD/H, TGD, TEA, dislexia, TOD, etcétera, a la mayoría de estos niños y jóvenes se les indican rápidamente tratamientos en base a psicofármacos u otro tipo de drogas psicoactivas acompañados —en algunos casos— de programas de adiestramiento conductual.

Nuevas dificultades

 

Si bien resulta innegable que, como consecuencia inmediata, en la mayoría de los casos, "el o los trastornos" que manifestaban en el aula parecen desaparecer como por "arte de magia" (o de la alquimia), el problema persiste, "subyace silenciado", por aquello que "nada se pierde, todo se transforma". En estas condiciones, con frecuencia se observa, tiempo después, que esos mismos chicos comienzan a manifestar nuevas dificultades: aislamiento, tics, trastornos en la alimentación, en el sueño, dolores de cabeza, etcétera.

Es que suele suceder que, a los problemas que ya estaban expresándose originalmente en la escuela se le suman otros, entre ellos, los que se producen como efectos secundarios de la droga administrada con la única intención de hacer desaparecer el "trastorno" o compensar un "supuesto déficit".

Este tipo de prácticas no son sin consecuencias. Impactan negativamente sobre la salud física y mental de niños y jóvenes. Pero también, tienen serias implicancias sobre otros aspectos que hacen a su vida y al desarrollo. Su identidad, nada menos, parece quedar abrochada de por vida junto a una etiqueta (por lo general con una sigla de origen inglés) de un trastorno genético que, por su supuesta "cronicidad", hipoteca también su educación y por encima de todo, la posibilidad de construir un futuro distinto, "mejor", que el que aparece prescripto, "vaticinado" junto a este tipo de diagnósticos.

El problema que aquí se está planteando trasciende por su gravedad el ámbito de la salud y la educación. Como bien dice Silvia Bleichmar, se trata —en última instancia— de un problema de orden ético. Es que lo que están en juego son los derechos de los niños: el derecho a la identidad, el derecho a ser escuchados, el derecho a la salud y a recibir educación.

Resulta necesario entonces señalar que si bien el fenómeno de la patologización y medicalización de la infancia no es un asunto estrictamente de origen escolar, tampoco las escuelas parecen ajenas al mismo, toda vez que se involucra a sus docentes en nombre de "cierta ciencia" a colaborar completando formularios cuantificables sobre la conducta observada en sus alumnos, o, se les pide que "detecten precozmente" problemas supuestamente neurológicos que, paradójicamente, no se detectan por otros medios o recursos que ofrece la tecnología médica actual.

(*) Psicopedagoga, docente de la Facultad de Psicología y Psicopedagogía (Universidad del Salvador). Ejerce la clínica psicopedagógica en escuelas y en el Centro de Neurología Integral. Miembro del equipo ForumAdd.

 



 

 



 

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