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Domingo 29 de Junio de 2014

El Estado no son ellos

Amado Boudou y Axel Kicillof recibieron casi el mismo tiempo idéntica lección: la impunidad no es eterna y la soberbia no la contrarresta.

Amado Boudou y Axel Kicillof recibieron casi el mismo tiempo idéntica lección: la impunidad no es eterna y la soberbia no la contrarresta. El vicepresidente ya ha quedado en la historia. Es el primer ciudadano con semejante representación política desde 1810 que es procesado por el doble cargo de sospecha de cohecho y negociaciones incompatibles con su función pública. Sigue siendo inocente para la ley, sin dudas. Su carrera política ha entrado en su epílogo, tampoco queda margen para cavilaciones.

El ministro de Economía fue el padre de la idea de volver a provocar a Thomas Griesa sugiriendo el pago de casi mil millones de dólares destinados a los acreedores que aceptaron los canjes en abierta desobediencia a lo resuelto por el tribunal. Quiso desafiar al juez y la presidente lo escuchó ordenando hacerlo. El magistrado, sin inmutarse, no consideró esta idea y mandó al ministro y a sus sustentadores a cumplir con la sentencia de negociar con los buitre. ¿Qué parte no entienden de lo que les he dicho?, pareció preguntarles con su accionar luego de la audiencia del viernes.

Salvando las distancias, porque Kicillof no traspasó ni en grado de sospecha el umbral del código penal, el vicepresidente y el ministro encontraron un dique a un modo de pensar la política del kirchnerismo: creer que el poder obtenido gracias a las urnas es permanente y no debe ser sometido a otro control que no sea lo piensa el que lo detenta. Es, claro, una convicción de las monarquías absolutas. El poder, todo el poder, soy yo, creyeron ambos. Y Ariel Lijo y Griesa les recordaron que la ley es más que los ocasionales tenedores de aquel poder.

El juez argentino tenía pensado procesar a todos los imputados en la causa Ciccone en dos semanas. Se molestó, y mucho, con los amagues de los personajes cercanos al vicepresidente que dilataron sus indagatorias y con el mismo Boudou que pidió ampliar su declaración. Allí olió sólo deseo de “chicanas” y firmó las más de 300 fojas ya redactadas hacía tiempo que suponen que encontró evidencia bastante como para procesarlos. El dictamen no es otra cosa que la versión ampliada y específica de lo que dijo al momento de requerirlos en indagatoria. Lijo cree que Boudou abusó de su cargo para pergeñar con sus socios y amigos una empresa fantasma que se quedaría con la impresión cuasimonopólica de billetes en la Argentina. Los delitos, de ser probados ahora en el proceso oral, pueden deparar penas de prisión efectiva para alguno de los imputados.

En los fundamentos del procesamiento el magistrado pinta al entonces ministro de Economía como un hombre que no trepidó en usar resortes del Estado como si le fueran propios. Allí está la soberbia. No sólo el convencimiento de que nunca iba a ser investigado por semejante actitud sino la convicción que atropellar con su cargo podía amedrentar a los que en una República hacen de contrapoder. Razones no le faltaron a Boudou para pensar así luego de integrar una administración que devastó cuanto órgano de contralor independiente pudo (Sigen, Auditoría de la Nación, Fiscalía de Investigaciones) llevándolo a desprolijidades groseras como firmar un formulario 08 para poner un auto del Estado a su nombre, como se sospecha en la otra causa en la que deberá declarar. Triste caricatura del poder que remeda la vieja pregunta popular sobre si uno le compraría un coche usado nada menos que a un vicepresidente.

Axel Kicillof es un hombre muy inteligente. Mucho más que Boudou, por cierto. Sin embargo, peca también por soberbio creyendo que la mayoría del resto que habita el planeta no está a su altura. De lo contrario no se explica que haya podido creer que podía torcer a presión el brazo del juez Griesa a base de explicaciones públicas propias de un discurso de centro de estudiantes y un giro de dinero expresamente prohibido por una sentencia judicial.

Cuando se habla de este tema, parece necesario recordar algunos principios elementales. Los tenedores buitre de bonos son lo más inescrupuloso del capitalismo, lo que anula toda consideración desde la dignidad. Son tan vergonzantes como, por ejemplo, los que se enriquecieron a base de la tristemente célebre circular 1050 que demolió toda experiencia inmobiliaria de millones de argentinos. Si el fondo NMLF es una cueva de rapiña también lo son los abogados que ejecutaron esta circular en muchas provincias esquilmando a trabajadores y ahorristas nacionales. Y evítesenos recordar algunos nombres de profesionales hoy en cargos políticos que así procedieron.

Dicho esto, es bueno también rememorar que la Argentina aceptó voluntariamente comparecer ante el juez Griesa, dilató todo lo que pudo el proceso judicial sin ofrecer el menor canal de negociación y que la sentencia nos fue desfavorable en la primera instancia, en la segunda y la desconsideración del caso en la Corte de Estados Unidos. Nadie puede alegar su propia torpeza, dicen los abogados. Nadie canta “flor” en el medio del partido si se convino jugar sin “jardinera”, reza el lema del “truco”, el mejor juego de cartas que se conoce. Y Kicillof quiso invocar tres cartas del mismo palo luego de jugar 7 años un partido sin derecho a considerarlas. Ignorancia, ya se dijo, no es. Envalentonamiento porque el mundo ve que es injusto lo de los buitre, quizá. Soberbia de creerse por encima de todo el sistema jurídico del mundo, casi con seguridad.

Los dos funcionarios actuaron de manera análoga. Uno, atropellando aparentemente el código penal en beneficio propio y el otro pretendiendo llevarse por delante el sistema de reglas vigente en el planeta luego de negarlo y aceptarlo tácitamente con desidia. Uno está procesado. El otro, obligado a hacer en 30 días lo que negó en tantos años.

Habrá que reclamar ahora, aparte de pedir que nos eviten ese tono revolucionario de los discursos de estos días, como si se estuviera en las alturas de Sierra Maestra llevando a cabo la “revolución” (muchos de ellos, lo más alto que subieron es al piso 20 de Puerto Madero), la humildad de ponerse a derecho, responder a lo que la ley y los jueces dicen y, en alguno de los casos, apelar a horadar en la vergüenza ajena y en lo que queda de dignidad para evitarle a las instituciones el teñido de la sospecha de corrupción. Porque las instituciones sí son perennes. Los hombres y sus soberbias, pasan. Es cuestión de tiempo.

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