Educación
Sábado 12 de Noviembre de 2016

El encanto de las microhistorias

Como sin querer, el niño sin nombre del mejor cuento -creo- de Puerca Tierra de John Berger (Trilogía "De sus fatigas", Alfaguara, 2011), También aúlla el viento, le dice pensativo a su abuelo Pepé: "¿Por qué hay un zueco de piedra en el patio?".

Pepé se toma su tiempo para responder. Meses. A él mismo encontrar esa respuesta le llevó años. También al niño le llevó años encontrar esa pregunta. Finalmente, los dos intercambian. Justo a tiempo. Pepé entonces le enseña sin educarlo. Sin pretensión formadora, sin impostura pedagógica.

Con la tranquilidad del que ofrece una verdad propia y nada más. Y nada menos. Con la ausencia de ansiedades del que espera del otro mejores reflexiones que las propias, nuevas comprensiones. Y finalmente, después de un relato corto pero que podría resumir toda la vida de Pepé, le indica: "Eso es todo".

Y ese "todo" pierde dimensiones. Es a la vez un absoluto, "todo", y un fragmento, sólo esto.

Y Pepé habla como lo hace Berger casi siempre, de las líneas inmutables que como rocas logran vertebrar nuestras existencias. De los sitios de los que cuanto más lejos vamos, más recordamos. De esas voces que oímos hablándonos en nuestros más absolutos silencios. Lo que nos recibió y lo que nos sobrevivirá. Lo que vale la pena aprender. "Eso es lo que me gustaría saber si fuera un cuervo colgado de la rama de un árbol, mirando", desea Pepé en voz alta, frente al niño. En el que sería su último deseo, sin saberlo. Y tal vez haya sido también el primero. El mismo que se aloja en la pregunta del niño. Saber lo que sabe el cuervo.

Mucho antes que Berger —que publicó Puerca Tierra en 1979—, Edgar Allan Poe, escribió en 1845 el poema narrativo El Cuervo (The Raven) donde el ave negra ya oficiaba de mensajero de una memoria insidiosa. Un testigo, que con su existencia construye registro. Un mirón de todas las cosas, de esas que magistralmente José Larralde describe como "zonceras, cosas que pasan". Las microhistorias de hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes y mayores, quienes como el cuervo, leemos el mundo desde nuestras propias ramas, mirando.

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