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Lunes 04 de Octubre de 2010

El encanto de la perplejidad

Voy a recordar algo que espero no suene petulante y que tal vez Carlos Bermejo ni recuerde. Hace unos años, iba caminando sola por Madrid, por la Gran Vía, y en sentido contrario a mí también solo venía Bermejo. Lo paré, me presenté. Le pregunté qué hacía por ahí. Me contó que hacía varias semanas estaba en Europa y que seguía viaje a Londres (o ya había ido, no recuerdo bien). El encuentro para mí fue surrealista.

Voy a recordar algo que espero no suene petulante y que tal vez Carlos Bermejo ni recuerde. Hace unos años, iba caminando sola por Madrid, por la Gran Vía, y en sentido contrario a mí también solo venía Bermejo. Lo paré, me presenté. Le pregunté qué hacía por ahí. Me contó que hacía varias semanas estaba en Europa y que seguía viaje a Londres (o ya había ido, no recuerdo bien). El encuentro para mí fue surrealista. Encontrarme allí a Bermejo, una figura de la tele local que apenas me conocía y mantener con él un diálogo breve pero cortés, en ese lugar, me dejó perpleja. Tanto como cuando hace unas semanas mantuve también con él y por celular este segundo diálogo:
_ ¿Hola Laura?
_Sí, ¿quién habla?
_Carlos Bermejo. ¿Qué tal..? Mirá, ¿viste que este año celebramos el Magazine del Bicentenario? Nos halagaría tenerte entre las premiadas...
_¿A mí? ¿Por qué?
_Bueno...por tus notas, tus columnas...justamente leí este domingo la que le hiciste a...

Así empezó la cosa. Esta es la mejor muestra de que no estaba preparada para el Magazine ni para recibir ningún premio. ¿Alguien se prepara para eso? Seguramente sí y lo vive con más placer o liviandad o realiza las acciones más abyectas para alcanzarlo. En mi caso, recién ahora domingo, cuando hace horas que terminó la fiesta y miro el Magazine transparente ubicado junto a la computadora, en mi cuarto, comienzo a disfrutarlo a pleno y a reconocer que hace bien que a una la tengan en cuenta, que amigos, familiares, colegas y conocidos te deseen buenas cosas y también hace bien gozar del privilegio de unos minutos para decir cosas sentidas a mucha gente (viste Chipi que no hablé de que "el premio es un mimo", frase trillada si las hay, pero tan cierta).

Hasta ayer me llené de pudor, contradicciones, dolor de cabeza, nervios y hasta me constipé por este premio (tiene poco glamour reconocer esto públicamente, pero fue así). Hernán Lascano, jefe de Policiales, ya había pasado por esa situación y me dijo: "Dejate de joder, Negra. Disfrutalo, te van a tratar bien, vas a comer bárbaro, y vas a recibir buena onda por parte de mucha gente". Y tuvo razón.

Es que una no está acostumbrada a los brillos y cuando se conecta con ellos desde lo periodístico en general está cubriendo la historia de otros. Me siento muy cómoda trabajando en jeans y zapatillas y lamentablemente hablo sin eses, atolondradamente y hasta patoteando "como si estuviese en una cancha de fútbol" (diría todavía alguna maestra). Será por eso que cuando me calzo tacos, me meto dentro de un vestido, me peino de peluquería y me pinto, todo eso junto, me siento como que me trasvisto. Y eso también me pasó anoche.

Me causó mucha gracia que esta semana varias compañeros tomando cierto recaudo me preguntaran: "¿Te vas a vestir bien no?". Quedaba claro que había que sacar las mejores galas para esta fiesta que ya es una tradición en Rosario. Muchos invitados lo hicieron, sobre todo los que van a ver a los premiados: esos fueron los que más se tiraron el ropero encima. Otra cosa que me llamó la atención es cuánto orinamos las mujeres en una noche. Colas como en el súper había en el baño y con algunas damas nos encontramos en más de una oportunidad.

Los Magazine son así. Como una fiesta de pueblo en donde "somos pocos y nos conocemos mucho" y se mezcla la comida y la bebida más exquisita, con los actos más cotidianos. Comparten el mismo espacio los invitados de lujo (para mí en esta categoría entraron sin dudas Cipe Liconvsky y Jorge Luz), con el vecino de al lado (no por eso menos importante que la estrella que sale por televisión). Y se mezcla la gente que uno más quiere o admira con aquella con que una no tomaría ni un café. Es una fiesta hecha con mucho esfuerzo durante 18 años y reconocida por propios y extraños y como en todas las fiestas, antes, durante y después, uno puede vivir situaciones muy gratas y placenteras o muy incómodas.

Porque sí... todo muy lindo, pero hay que hablar ante un salón lleno de invitados. Y ese es otro problema. Las variantes posibles son muchas. Están los que apelan sólo a lo íntimo, los que recuerdan, los vacuos, los que dan ganas escuchar, los que se aquerencian con el micrófono y no hay cómo hacerlos bajar, los breves, los antipáticamente escuetos, los divertidos, los aburridos.

El problema es querer compartir, dedicar o agradecer a todo aquel que para uno es importante sin aburrir a la platea. Y se hace lo que se puede, se los aseguro.

Ahora que pasé ese trance quiero rescatar algunas cosas. Al bajarme del escenario, la primera muchacha que me saludó _alta, rubia, con tacos aguja y a quien miré toda la noche por su habilidad en subir y bajar acompañando invitados_ me gritó: "Seño, fuiste mi maestra en la primaria, sacate una foto conmigo...". No lo podía creer. Otra vez la perplejidad y el recuerdo de la charla con Adrián Gerber, mi primer jefe de Ciudad, cuando me aclaró sin condescendencia que de ahora en más dejaría de trabajar como maestra para intentar laburar como periodista (él ahora se ríe al recordarlo y yo aún intento cumplir con el mandato) .

A ese saludo de mi ex alumna se sumaron anoche los llamados, mensajitos de gente impensada y el saludo de una pareja que se me acercó y me dijo: "Querida, queremos saludarte porque nos gustó lo que dijiste".
_Gracias. ¿Ustedes quienes son?
_No importa, sólo somos rosarinos y queríamos darte un beso.

Me volví a quedar perpleja. Y pensé qué los obligaba a saludarme. Algo parecido a lo que me pregunté cuando me llamó Bermejo al celular: ¿Qué lo había impulsado a premiarme desinteresadamente cuando hay tantos periodistas más premiables que yo?

Decidí que no iba a buscar las respuestas, no al menos este fin de semana donde sin quererlo había recibido tanto afecto. Mejor vivir el encanto de la perplejidad por unas horas, y mañana, calzarse de nuevo las zapatillas y volver a trabajar.

 

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