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Domingo 24 de Noviembre de 2013

El desembarco de Capitanich

Cristina Kirchner tuvo que reconocer esta semana su derrota electoral. De manera tácita, de forma implícita y sin más remedio, lo hizo.

Cristina Kirchner tuvo que reconocer esta semana su derrota electoral. De manera tácita, de forma implícita y sin más remedio, lo hizo. Recuperada espléndidamente de su salud, volvió a su actividad y a la Casa Rosada poblada de militantes sobreactuando gestos externos de victoria para amortiguar las decisiones concretas que tomaron cuenta del resultado del 27 de octubre.

Nadie puede dudar que la presidente es la política con mejor empatía con sus seguidores a través de un carisma inigualable. En eso basó su regreso. Pero a la hora de firmar sus primeros decretos post convalecencia descabezó su gabinete. Nadie modifica a sus secretarios de Estado si ha triunfado en los comicios. Echó a su jefe coordinador, a su equipo de economía, al ministro de Agricultura y al incalificable, por su acumulación de funciones y su maltrato, secretario de Comercio Interior.

¿Cambió, de fondo, algo? Que se haya ido un mandatario que concentró en sí de manera anacrónica millares de decisiones gubernamentales que provocaron más fracasos que éxitos, es un paso. Si a eso se agrega que Guillermo Moreno hizo ostentación de su mala educación, arbitrariedad y mal gusto para el trato con empresarios y ciudadanos de a pie, incluso mujeres, como la despachante de Aduanas Paula de Conto o la empleada del Indec Marcela Almeida, el cambio no parece menor.

Moreno se va, además, procesado por abuso de autoridad. Pero resulta que hay que agradecerle porque fue honesto y un soldado de la causa, lo defienden desde el kirchnerismo. Por lo primero, en una República la honestidad no se agradece. Se exige. Por lo otro, suena raro que la obediencia dogmática de un uniformado sea objeto de loas por un movimiento que se dice progresista.

El muy bien formado en la academia Juan Manuel Abal Medina no alcanzó con las expectativas de su cargo. No controló ni terció en la toma de decisiones centrales de la economía ni obtuvo la confianza de su jefe para marcar la dirección política de su gobierno como se espera de un jefe de Gabinete. Jorge Capitanich tiene otro peso propio. Ya conoce el cargo. Lo hizo en tiempos de enorme crisis con Eduardo Duhalde y puede ostentar sus pergaminos de votos propios para la gobernación del Chaco. Como si esto fuera poco, quiere ser presidente y decidió usar este trampolín como campaña. Un viejo secretario del gobernador que ya se mudó a la Capital Federal lo grafica con contundencia: “El techo de Coqui en Chaco ya lo tocó con ambas manos varias veces. Ahora va por el cielo de la Casa Rosada”. Sabe de economía porque estudió en la universidad, presidió la comisión de Presupuesto del Senado y le gusta el tema. El mismo secretario recuerda que en medio de la crisis post corralito y corralón sorprendió a los ministros que trataban de desarmar ese cepo diseñando a mano alzada un plan financiero que finalmente los directores de bancos tomaron como suyo.

Capitanich cambió modos sustanciales. Tampoco esto es menor. Habla con la prensa, da conferencias de prensa entendidas como la pregunta y la respuesta y no la mera comparecencia ante un atril del monólogo. Es locuaz y campechano. Sin embargo, sus primeras medidas abrieron más algunas dudas. Gravar los bienes suntuarios como autos importados o yates y aviones para que no se paguen con dólares subsidiados que se evaporan de las reservas no parece reprochable. Pero del gasto público quintuplicado en los últimos años, destinado más que nada a las erogaciones políticas no sociales no se ha dicho ni una palabra. ¿Seguiremos los santafesinos y todos los que vivimos fuera de la General Paz pagando servicios, transporte y precios dos o tres veces más caros que porteños y bonaerenses subsidiados por preferencia geográfica y no por necesidad? Las mismas piscinas climatizadas de mansiones de la provincia más poblada continúan pagando menos en sus boletas de gas natural que una humilde vivienda de barrio Las Flores. Habrá que seguir mirando los pasos del flamante ministro en las próximas horas.

La otra decisión del jefe de Gabinete fue postergar el tratamiento de las leyes de responsabilidad de funcionarios del Estado y la unificación de los códigos Civil y Comercial. Otra mirada vidriosa de Capitanich. Por el primer proyecto, no negó de cuajo que el año que viene se insista con el disparate de crear un bill de inmunidad para los que en nombre del Estado malogren sus recursos, tal como propone la iniciativa oficialista. Por lo de los códigos, se aclaró que la semana que viene se tratará en el Senado aunque sólo se dará sanción definitiva en Diputados para el 2014. ¿Alguien entiende esto de postergar a medias? Si se quiere mayor debate, ¿qué apuro hay para disciplinar a los senadores en menos de una semana?

Las reformas al código en su proyecto original son esencialmente positivas. Las 170 modificaciones que aparecieron a las corridas en estos últimos días son incongruentes “incentivos” para que los díscolos se tienten con el proyecto. ¿Hay necesidad de correr sin debatir lo que será una norma para los 100 años que vienen? ¿Puede más la vanidad de quien se siente Napoleón que la sana discusión republicana?

Algunos cambios propuestos son, indubitablemente, vergonzosos. Introducir conceptos religiosos del Medioevo en la definición del inicio de la vida supone arrasar con el avance de la ciencia de los últimos 50 años. Habría que recordar que estamos en una república laica y que la libertad religiosa supone que el Estado respete a los católicos que piensan que una probeta con un óvulo y un espermatozoide es persona humana, aunque los investigadores que dedican su vida a estudiar el tema opinen lo contrario. Nadie va a obligarlos a que piensen de otra manera. Pero introducir ese concepto en un Código Civil es obligarnos a todos a que lo aceptemos. Si esto se aprueba, las fertilizaciones in vitro serán patrimonio de los ricos que puedan pagar por el silencio de algunos (como hoy se hace con los abortos) o por los viajes al exterior en donde se vive en el siglo XXI y no en el XIII. Si se convalida, nos pareceremos más a un Estado religioso que a una república. ¿Esto defiende el militante K?

Jorge Capitanich anunció dos medidas. Más impuestos para bienes suntuarios y postergación del debate legislativo en un par de normas polémicas. Si esto es todo y de esta forma, está jugando para la tribuna apostando a que allí no convivan muchos que hayan leído o visto “El gatopardo”.

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