Asignación Universal por Hijo
Domingo 20 de Noviembre de 2016

El desafío del sindicalismo frente a la globalización

El integrante de la Confederación Sindical Internacional (CSI), disertó en Rosario invitado por Fundación Pueblos del Sur.

Ante la globalización del capital, el sindicalismo también ensaya una respuesta mundial. Para Juan Manuel Lanfranco Pari, politólogo rosarino e integrante de la Confederación Sindical Internacional con sede en Bélgica, los gremios están "en un momento clave": planteó que si se extienden modelos de gestión basados en la flexibilización laboral el "futuro puede ser bastante negro, sin derechos laborales".

Lanfranco Pari es responsable de incidencia de la Red Sindical de Cooperación al Desarrollo de la Confederación Sindical Internacional (CSI), una entidad que representa a 200 millones de trabajadoras y trabajadores de todo el mundo y de la que forman parte la CGT y ambas CTA. Desde allí, tiene una mirada general de la pulseada entre empleados y empleadores, pero también conoce la situación particular de cada región.

Invitado por la Fundación Pueblos del Sur, Lanfranco Pari participó de la charla "El sindicalismo en la era de la globalización", en la que explicó cómo intervienen los sindicatos en las cadenas globales de valor, analizó el rol de los gremios en Europa ante el avance de la austeridad y la oleada migratoria y se explayó sobre los avances y límites que enfrentan las organizaciones en Asia. Además, se refirió a la situación argentina. Advirtió que con el cambio de gobierno hay señales de alarma, aunque sostuvo que si se logra la unidad sindical "podría salvarse" el sistema de protección social construido en la posconvertibilidad.

- Si bien hay realidades muy diferentes entre regiones y países, ¿se puede trazar un balance general del impacto de la globalización en el mundo del trabajo?

- Lo que vemos desde el mundo sindical es un proceso de empeoramiento de las condiciones laborales a nivel global. Es como una línea que empieza a empeorar desde la crisis del petróleo. En el hemisferio norte el consenso del Bienestar se empieza a resquebrajar por el tipo de declive industrial que empieza a haber en Europa en los años 70, y en los 80 y 90 el neoliberalismo y el Consenso de Washington van por la flexibilización del mercado laboral. Va creciendo la externalización, pero esa transferencia de producción no va acompañada de los mismos pactos sociales que había en Europa. La globalización hace también que se busque el mejor postor: las industrias se mueven a Asia, ayudadas por regímenes no del todo democráticos. La globalización de las relaciones laborales no es sólo gracias al avance técnico sino también a la manera en que los productos son construidos. Por ejemplo, en la grabadora con la que hacemos la entrevista las materias primas están extraídas de Africa son importadas a Asia para construir las piezas y se terminan de ensamblar en otra aparte. Es una cadena de valor con una disparidad muy importante de derechos laborales.

- ¿Cuál es la respuesta sindical ante este escenario?

- Lo que hace el sindicalismo es lo que hizo desde el comienzo: la solidaridad internacional de trabajadores de todo el mundo. Lo hace a través de herramientas que tienen los estados ricos, como la cooperación al desarrollo. Empiezan a ayudar a los sindicatos del sur a tener la misma capacidad que tienen en el norte: negociación colectiva, derecho a organizarse. A fines de los 90 y principios de los 2000 el sindicalismo global se unió en esta confederación internacional, porque el ataque era ya demasiado grande para enfrentarlo por separado. Desde el sindicalismo intentamos responsabilizar a las empresas a lo largo de cadena de suministro y montaje. Además del sector electrónico puede ser también el textil, químico, automotriz.

- Pasando a Europa, en nombre de la austeridad hay una avanzada para desmantelar resabios del estado de bienestar, ¿cuál es el rol de los sindicatos? ¿pueden tener más que una estrategia defensiva?

- Es verdad que la austeridad tuvo lugar después de la crisis mundial de 2008, pero había empezado antes como ideología. En la Unión Europea con el Tratado de Maastrich se empezaba a postular que el déficit presupuestario no podía ser mayor al 3%, bajo pena de multa directa a los países si se pasaban de eso. Eso funcionó muy bien mientras hubo boom económico. Una vez que empieza a haber una crisis fuerte en Grecia, España, Italia, se empieza a hablar de la necesidad de ajustar el presupuesto. No se le dice austeridad sino consolidación fiscal. Esa es una de las cosas que hacen los sindicatos: llaman las cosas por su nombre. La evidencia dice que las políticas de austeridad a la larga no sirvieron. Eso no lo dicen los sindicatos. Ahora el Banco Mundial y el FMI están a regañadientes aceptando que las políticas de austeridad a largo plazo no sacan a los países del pozo. Desde el sindicalismo global cuestionamos que la austeridad es para los trabajadores y sus familias pero no para las empresas y los evasores de impuestos. Las empresas multinacionales van a países en desarrollo y por diferentes argucias legales no pagan lo que tienen que pagar. También se trata de países sedientos de inversión y quizás dejan de lado la fiscalidad y la justa taxación de las multinacionales que operan ahí. Sin embargo, con la ayuda al desarrollo no alcanza: en los países del este de Africa el dinero que envían a sus familias los inmigrantes que están en Europa y Estados Unidos es mayor a la ayuda oficial al desarrollo.

- Siguiendo con la cuestión de la migración, parece que el movimiento sindical tiene en los países receptores un doble desafío: por un lado hacia los migrantes, que se insertan en los trabajos más precarios, y por otro, atender a la población nativa, que siente amenazadas sus fuentes de empleo, ¿cómo procesan esto?

- El tema de los refugiados es una cuestión humanitaria, principalmente. La primera obligación de Europa es proteger a esa gente. El sindicalismo no está en contra de la inmigración ni de los refugiados sino del populismo que plantea que habría que echarlos. El trabajo decente tiene que ser para todos: para el que llega, para el que ya está y para el que va a venir. Se trata de crear condiciones de vida dignas para los trabajadores en el país y para su familia. Europa promueve la inversión de empresas en países en desarrollo con dinero público, pero dudamos que el objetivo de estas compañías sea el desarrollo de esas comunidades, tienen como objetivo obtener un beneficio. Por eso desde el sindicalismo creemos que se tendría que promover el sector privado local, invertir en infraestructura y también en el sector público. En épocas de austeridad, de histeria sobre la migración, la gente compra muy fácil el discurso que dice "que se queden ahí, que ya damos suficiente dinero de ayuda al desarrollo" pero no se preguntan adónde va esa ayuda.

- Mencionaba antes el caso de Asia, donde la industrialización se basó en el disciplinamiento de la fuerza de trabajo. Se tiende a pensar que allí no sucede nada pero se han conocido noticias de alza de protestas en China, ¿cuál es la realidad hoy en el continente?

- Ha habido una gran represión y un sistema de control social muy fuerte. También un antisindicalismo muy profundo: hace muy poco publicamos un informe que cuenta cómo el CEO de Samsung dijo en reuniones no tan privadas que hay que destruir los sindicatos. Existe una política de boicot, con asesinatos selectivos de líderes sindicales, prohibición de huelgas, amonestación de trabajadores que se les ocurra protestar. Hay una connivencia de países industrializados a través de foros como el G20 y el G7.

- ¿Y notan que en Asia la situación es la misma, o ha mejorado la capacidad de intervención de los sindicatos?

- Creo que ha mejorado en número de afiliados, aunque eso no siempre es garantía de que mejore la situación. Lo que se está viendo a nivel global es una reducción del espacio cívico. El antisindicalismo plantea el gremialismo como un bloqueo al progreso económico y eso cala en muchos países asiáticos. Aun así estamos organizando sindicatos en diferentes países como Malasia, Filipinas, Indonesia, Bangladesh. También es verdad que internamente en esos países se ve a estas nuevas industrias que reemplazan a la agricultura como una ventaja. Hay que poner las cosas en contexto: es gente que gana un dólar al día, y si ganara dos o tres haría una gran diferencia en nivel de vida. Hay que apuntar a que las empresas tomen un compromiso a nivel global.

- En Argentina, ¿cómo se ve a la distancia el modelo sindical?, ¿se encuentran otros países donde el sindicalismo sea un factor de poder como acá?

- Es verdad que es un ejemplo, por la densidad sindical y por la implantación del sindicato en la sociedad a través de prestaciones como obras sociales y protección social. En el contexto latinoamericano es bastante bueno: tenemos el ejemplo de Centroamérica, donde sindicalistas son asesinados solo por el hecho de un interés laboral o de estar en contra de algún proyecto medioambiental. Hasta el cambio de gobierno desde el sindicalismo global se veía a Argentina como un buen modelo de protección social, de inclusión, de diálogo social. Estamos viendo tendencias preocupantes en Latinoamérica, que avances como la Asignación Universal por Hijo, la protección laboral de las empleadas domésticas y otros avances sean destruidos. Hay signos como desinversión, recortes de programas que son preocupantes. También por el lado del diálogo, quizás más en Brasil que en Argentina, por el golpe constitucional contra Dilma. Se está viendo que los sindicatos están siendo apartados de las decisiones. Si en Argentina los sindicatos están juntos y de acuerdo en hacer frente al gobierno podría salvarse eso que tanto se construyó.

- ¿Cuáles son los principales desafíos a futuro del sindicalismo?, ¿deben ampliar su agenda, incorporar otras demandas más allá de lo salarial y las condiciones de trabajo y vincularse con otros actores sociales?

- Uno de los desafíos mayores que tenemos es lo que llamamos el futuro del trabajo, con la tercera e incluso la cuarta revolución industrial. Hablo de modelos como Uber, que considera a los empleados como colaboradores, por lo tanto considera que no tiene que pagar seguridad social ni aportes jubilatorios. Hay un montón de nuevas empresas en lo que se llama economía de colaboración o gig economy que hacen que la protección laboral conocida hasta ahora se esfume completamente. Estamos viendo cómo organizar a estos trabajadores, a pesar de que el empleador no los reconozca. Son luchas importantes a nivel de sedes globales de estas compañías pero a través de cada sindicato local. Otro tema que estamos tratando es la economía de los cuidados, que tiene que ver con el envejecimiento de la población en muchos países. Es un sector bastante femenino, en el que ya existen empleadas domésticas, niñeras, y nos planteamos cómo organizarlas. Otro, es el cambio climático, porque cambia la condición de trabajo de muchas personas, sobre todo en países afectados por este fenómeno que tienen que mudarse o migrar, pero también de trabajadores que están en sectores de energías que van a desaparecer, como las fósiles. El tema es cómo reconvertir toda esta industria pero además crear nuevos trabajos, los llamamos trabajos verdes. Otra cuestión que es bastante constante es la esclavitud moderna. Eso nos preocupa y estamos trabajando a nivel OIT. Tenemos muchos otros frentes: expandir la base sindical, capacitar a afiliados para que pueden crear y mantener sindicatos. También el lobby en Naciones Unidas, UE y a nivel regional y de cada estado. Es un momento clave para los sindicatos: en el medio de la transformación de la economía si no agarramos esa onda el futuro puede bastante negro, sin derechos laborales. Por eso tenemos que estar en todos los ámbitos y construir alianzas con otros actores que también se benefician de los derechos laborales, como movimientos sociales, ONGs, fundaciones, todos aquellos con los que tengamos una agenda común. Al fin y al cabo la agenda sindical global es justicia social, derechos humanos, democracia y bienestar, con la que muchos actores se identificar.

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