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Domingo 05 de Febrero de 2012

El desafío de recuperar el espacio perdido

En Rosario no existe tradición de política preventiva con visibilidad de policía en la calle. Para que un plan de prevención policial funcione es clave la presión del control politico.

La primera vez fue el 30 de diciembre a las cuatro de la tarde cuando salía de su casa con su familia en el auto. Le llamó la atención ver en la cuadra desierta a tres chicos muy jóvenes dejando sus ciclomotores en la vereda y entrando resueltos al pasillo donde vive su cuñada. Por eso dio la vuelta manzana y al asomarse al corredor notó que los tres muchachos ya habían descalzado la reja y estaban adentro del living. Les pidió que se fueran y los tres salieron de la vivienda caminando. Con una calma que solo abandonaron para lanzar un insulto subieron a las motos y salieron despacio hasta perderse de vista.

La segunda fue el sábado 21 de enero a las 14.30. Un chico bajó de una bicicleta y se sentó en el escalón de una casa. Al rato una pareja en una moto se detuvo delante de una puerta justo enfrente. El muchacho cruzó la calle hacia ellos, les apuntó con un arma de fuego y se apoderó de la moto en la que salió andando. La bicicleta en la que había surgido quedó abandonada en la vereda opuesta.

Estos dos episodios recientes fueron contemplados por el periodista David Narciso, editor del diario El Ciudadano, en el barrio de Arroyito Oeste donde vive. El primero fue en la zona de Alberdi y Reconquista. El otro en Díaz Velez y Juan José Paso. Desplegados bajo la luz del sol, a veinte días uno de otro, son acciones que conservan su impronta perturbadora pero ya no provocan sorpresa. Ser espectador de robos, también sufrirlos, son experiencias incorporadas a las vivencias regulares. Siempre hubo y habrá delitos. Pero en algunas zonas donde eran esporádicos empiezan a vivirse como algo próximo, notorio y normalizado.

La novedad. Con esta frecuencia exasperada y este atrevimiento esto no pasaba allí hace cinco años. Tampoco en zonas residenciales de clase media como Bella Vista, donde los vecinos se manifestaron dos veces seguidas la semana pasada. Reclamaban por el asesinato de un muchacho pero acentuaban, sobre todo, el hartazgo por una regularidad de arrebatos y robos al voleo en general cometidos con uso de armas. Este tipo de delitos, cuando despiertan resistencias, pueden terminar en tragedias como ocurrió con Leandro Zinni en barrio Industrial el año pasado. Y la política no pasaba de una pincelada de maquillaje: hacer saltar el fusible del jefe de comisaría con el único retoque de cambiarlo de lugar.

Ejemplos de este tipo se dieron últimamente en Echesortu, en barrio Parque, en franjas de Fisherton, en Cruce Alberdi, en barrio Cura, en Alberdi Oeste, en barrio Azcuénaga donde el viernes le robaron a A.J. Llorente rompiendo el vidrio de su auto. ¿Qué cambió para que los hechos descriptos estén al alcance de los ojos?

Tal vez el elemento nuevo es la convicción de quienes se dedican a estos delitos de que pueden cometerlos sin ser molestados. Para esperar la ocasión de acechar a una víctima sólo tienen que elegirla. Por años tuvieron la seguridad de que no debían preocuparse del paso de una patrulla policial. Sólo podría distraerlos de su objetivo, muchas veces ni eso, la mirada insistente de un vecino. Pero con sólo desplazarse pocos metros y escoger un nuevo blanco la tarea era reanudable. La intrepidez de la impunidad.

Hace mucho tiempo que en Rosario no existe tradición del tipo de política preventiva del delito que supone la visualización metódica de la policía en la calle. Por eso lo curioso no es que esto explote ahora como conflicto sino que no haya pasado mucho antes. Cada vez que asume un nuevo jefe de unidad en Rosario la pregunta rutinaria es cómo será el patrullaje. Y la respuesta automática es que se acentuará. Eso implica que tal déficit se identifica como problema en uno y otro lado. Sin embargo nada cambia.

Por primera vez en mucho tiempo la policía provincial acepta que el patrullaje policial en la ciudad como tarea coordinada y desplegada en el tiempo es una tradición que no existe. Un alto jefe de la fuerza le dijo a este diario el viernes. "Concentramos los recursos técnicos y humanos específicos de calle en atender al 911 que es un tipo de respuesta que se da cuando el delito cuando ya se produjo. El patrullaje preventivo, que es disuasorio, requiere más personal. Hoy estamos limitados y debemos elegir. No alcanza la dotación en Rosario para simultáneamente atender al 911 y al mismo tiempo patrullar".

¿Por qué en ciudades como Buenos Aires, Córdoba o La Plata es normal ver uniformados cada vez que uno sale y acá no? En este momento las máximas autoridades policial de la provincia identifican tres factores. Primero la indisponibilidad de personal y patrullas. Aseguran que para hacer notar vigilancia en la calle se necesitan 700 efectivos más. Y que se requieren 100 móviles adicionales a los 50 actualmente disponibles en Rosario por tercio de servicio. Ahora serán 85.

El segundo factor es la ausencia de vocaciones policiales en todo el sur de la provincia. De los 583 últimos ingresantes sólo el 10 por ciento es de Rosario. Ciudad que demanda, por estructura urbana, más efectivos que ninguna. El alto jefe consultado dijo que el resultado es que se incorporan al trabajo local calle chicos de Tostado, Helvecia, Ceres, Vera o San Cristóbal que provienen de idiosincrasias menos violentas y complejas que las que encontrarán en Rosario.

El tercer elemento crítico es más estructural: la policía rosarina no tiene tradición de vigilancia sistemática en la calle. Los intentos por hacerla visible en los barrios han sido siempre erráticos e intermitentes, resultado de hechos de alto impacto y exigido esfuerzos enormes de control que se disipan en pocos días.

El nuevo esquema propuesto por el gobierno provincial es interesante en el sentido que aproxima a las entidades vecinales y civiles que están en los centros de distrito para escuchar sus voces y trazar los planes de seguridad en base a los problemas que aquellas conocen por vivir con ellos. Hará falta una perseverante voluntad política, con monitoreo y evaluación de resultados, para cambiar la usanza.

Entre los objetivos del trabajo del reciente fiscal regional de Rosario, Jorge Baclini, está lograr la meta de que el delito se desplace. "El tipo de delito predatorio en barrios que hoy aflige a tanta gente no es de difícil prevención pero exige policía en la calle. El arrebato del celular, que me rompan el vidrio en un semáforo, el robo de la cartera son hechos que generan irritación pero no son complejos. Para actuar hay que saber primero qué se roba, cómo y dónde. Al detectar a los autores y las zonas con policía puesta en el territorio es posible lograr el desplazamiento del delito. Esto último atenúa la criminalidad porque le ocasiona al delincuente una desventaja en tanto aumenta sus costos y sus riesgos. ¿Por qué el infractor roba en una zona específica? Porque tiene el costo asegurado allí, sea porque logró que los vecinos no se metan defendiendo a la víctima o porque obtuvo connivencia de la policía. Si presionamos a que abandone su zona dificultamos su accionar: el delincuente debe moverse, producir inteligencia en un vecindario nuevo, repactar tolerancia con otros policías. Eso hace que el delito caiga".

Estar y controlar. El otro modo indispensable de atenuar el delito barrial, dice Baclini, es el más obvio. "En todos los barrios actúan tres o cuatro individuos que reiteran su conducta ilícita. Con otro tipo de prevención callejera, la de policías de civil, los autores de estos delitos frecuentes se individualizan sin dificultad". Para ello hay que estar en la calle de manera estratégica, tener voluntad de actuar o la suficiente presión política del poder civil para hacerlo.

En esta misma semana que pasó el juez Luis Caterina, al procesar a uno de los involucrados en el homicidio de tres chicos en la villa Moreno, hizo un diagnóstico de lo que sugerían las persistentes conexiones en Rosario de ciertos nombres con ciertos delitos. "Reflejan una pérdida casi absoluta de la presencia estatal en el espacio urbano". El desafío democrático del Estado es emprender el retorno a este espacio ausente.

El prestigioso criminólogo Alberto Binder, asesor del gobierno provincial en temas penales, dice que el patrullaje tiene sentido con una planificación racional, adecuada a las necesidades locales y consultada por ello con los órganos vecinales. El nuevo plan contiene elementos en ese sentido. Ojalá sea propicio.

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