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Domingo 17 de Mayo de 2015

El cuerpo, ¿más allá de sus posibilidades?

Entrevista con el doctor Daniel Flichtentrei, médico cardiólogo, director médico del portal Intramed, editor científico y de literatura

—¿Es la ergometría el control más importante para un deportista que se somete a ciertos niveles de exigencia? Si uno no tiene controles médicos, ¿está en riesgo?
—No es bueno sembrar una incertidumbre paralizante entre la gente que practica deporte, algo muy recomendable, pero hay que ser prudente ante cualquier práctica que exija esfuerzos poco habituales. Existe una disonancia cognitiva muy común entre el riesgo estimado subjetivamente por los propios individuos y el riesgo evaluado mediante métodos objetivos. Estamos hablando de una población que no tiene síntomas, que disfruta del ejercicio y que, muchas veces, construye una sensación de seguridad basada en sus propias sensaciones, lo que hace que confíen en ellas por desconocer que existen numerosas condiciones silentes que solo se manifiestan ante la alta exigencia.
La prueba ergométrica reproduce en el laboratorio situaciones de ejercicio intenso, lo que permite evaluar en muchos sentidos las distintas respuestas adaptativas que ese esfuerzo requiere y detectar anomalías que merecen correcciones o, en casos menos frecuentes, la necesidad de no practicar determinado tipo de deportes por el alto riesgo que ello implica. Esta prueba, como todos los estudios complementarios, tiene una sensibilidad y especificidad que nunca alcanza al 100% pero que contextualizada con los antecedentes, el examen clínico y otros estudios permite formular un pronóstico acerca de la seguridad de determinada práctica. Cuando la actividad es de alta exigencia, cuando quien la practica tiene más de 30 años o cuando existen antecedentes de factores de riesgo (hipertensión, obesidad, tabaquismo, diabetes, alteraciones de los lípidos, etcétera) es un estudio recomendado.
—¿Puede una persona con enfermedad coronaria tener una ergometría normal?
—Sí, puede ocurrir porque, como dije antes, ningún estudio tiene una sensibilidad y especificidad del 100%. Es por ello que los resultados de un examen sólo cobran significado contextualizado con otros elementos de la clínica y mediante estudios que han demostrado su eficacia en estos casos como el electrocardiograma de reposo, el ecocardiograma y la resonancia magnética cardíaca.
—¿Se puede prevenir la muerte súbita o estamos siempre frente a una tragedia inevitable?
—Se puede prevenir en la mayoría de los casos, aunque siempre persiste un pequeño porcentaje donde esto no es posible. Los datos mundiales acerca de la muerte súbita en el deporte indican que se produce en uno a dos casos cada 100.000 deportistas. Si se compara con la mortalidad de otras patologías es muy baja, pero es su altísimo impacto social lo que produce una sensación que magnifica su verdadera incidencia. Se conocen muy bien cuáles son las causas subyacentes que la producen, las estadísticas más confiables señalan a un grupo de enfermedades que son responsables de más del 90% de los casos.  
Hay una cantidad considerable de desenlaces fatales atribuibles a situaciones de disbalance metabólico por deshidratación, golpe de calor o —aunque esto casi nadie lo menciona pero sobran evidencias científicas— también por sobrehidratación e hiponatremia dilucional por el consumo de agua cuando se convierte en obsesivo y desmesurado.
—Si un deportista amateur o profesional supera una crisis cardíaca y debe ser intervenido quirúrgicamente (ya sea para colocarle un marcapasos o para bypass), ¿acepta cambiar su estilo de vida? ¿Se niega? ¿Necesita apoyo psicológico?
—Después de un episodio cardíaco grave es necesario que el paciente ingrese en un programa de rehabilitación progresiva y supervisada. Esta metodología ha demostrado una altísima eficacia para reducir la mortalidad, mejorar la calidad de vida y contribuir a los cambios conductuales imprescindibles. Es sorprendente que, siendo un recurso probado, económico y de fácil implementación, son muy pocos los pacientes en todo el mundo que lo realizan, por diversos motivos que las organizaciones internacionales tratan de contrarrestas pero que todavía están lejos de lograrlo. El apoyo psicológico, nutricional y la actividad física controlada forman parte de estos programas y las personas que los realizan pueden modificar sus estilos de vida mucho más que quienes quedan librados a sus esfuerzos individuales. Formar parte de un grupo de pares con una problemática semejante es uno de los elementos más valiosos de la rehabilitación  cardiovascular, así como la estrategia de alto contacto con profesionales de dos a tres veces por semana en lugar del modelo clásico de la consulta episódica en el consultorio a intervalos muy lejanos e irregulares. Sintéticamente, es necesario cambiar el modelo desde uno definido como un “acto” (la consulta médica) a uno concebido como un “proceso” (rehabilitación programada y sistemática).
—¿Tienen estos hombres y mujeres algún perfil particular? ¿Por qué hoy tantos parecen vivir  corriendo los límites de sus posibilidades?
—Se han descrito perfiles de personalidad pero hay dudas acerca de su aplicación a las personas individuales. La respuesta a tu pregunta acerca del “por qué” es social y cultural más que médica. Hay un consenso muy saludable acerca de los enormes beneficios de la actividad física, aunque también hay mitos acerca de ellos. Pero para algunas personas particularmente competitivas, las motivaciones que los llevan a practicar algún deporte no se centran en estos beneficios para la salud y el bienestar personal sino en un escenario más donde ejercer una competitividad desmedida que hace peligrar los beneficios y que en ocasiones produce riesgos que los contrarrestan.
—¿Qué piensa  de la moda de los maratones?
—Creo que la actividad física es siempre recomendable, pero también creo que cuando algo se convierte en una “moda” se banaliza y expone a muchas personas a adoptar actividades de un modo imprudente. La salud nunca es una cuestión de “moda” sino un ejercicio prudente sustentado en evidencias científicas.
—¿Quiénes deberían ocuparse de la difusión, de la educación en este sentido de cuidar la salud cardiovascular? ¿Qué parece estar fallando?
—Están fallando muchas cosas. La primera no se refiere a este tema sino a que la conducta más frecuente en la sociedad contemporánea es el sedentarismo estimulado por un estilo de vida que ha multiplicado las fuentes de placer o de recompensa premiando el menor esfuerzo. La segunda, es un desvío de las recomendaciones de una vida saludable cuando se convierten en moda o en mercancías promoviendo un imaginario que propone actividades a veces inapropiadas para una persona en particular o, en otras ocasiones, rodeando de una imagen sobrevaluada de prestigio o de potencia o de logro personal que ofrecen algunas propuestas de actividad física que contradicen a la fisiología humana o que solo deberían ser practicadas por atletas de elite y no por la población general. La difusión de la actividad física debería hacerse mediante un ejercicio responsable de la comunicación y con el asesoramiento de personas capacitadas para ello. De todos modos, en la cultura que nos ha tocado vivir es muy difícil que una idea sensata y beneficiosa no se transforme en un objeto simbólico de prestigio social o lucro, lo que pervierte la verdadera naturaleza del mensaje. Sucede con la comida, con el ejercicio, con la actividad intelectual, con los chequeos médicos o con la estética, por citar sólo algunos ejemplos.
 

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