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Domingo 01 de Abril de 2012

El coraje del alférez

Siempre recuerdo a esa mujer. Yo tenía 17 y estaba en quinto año del Liceo Aeronáutico Militar de Funes. La había visto en cada acto de Malvinas. Todos los 2 de abril colocaba junto a su marido una ofrenda floral en la Plaza de Armas.

Siempre recuerdo a esa mujer. Yo tenía 17 y estaba en quinto año del Liceo Aeronáutico Militar de Funes. La había visto en cada acto de Malvinas. Todos los 2 de abril colocaba junto a su marido una ofrenda floral en la Plaza de Armas. Ese abril del 89, siete años después de perder a su hijo, me tomó de los hombros y me preguntó si yo también quería volar. Ni siquiera escuchó mi respuesta. "No seas piloto de caza", balbuceó llorando y se alejó.

Su hijo había muerto seis días antes de que terminara la guerra. Alfredo Vázquez era un rosarino que con tan sólo 24 años comandaba un A-4 Skyhawk y sorprendía por su bravura a los ingleses. Esos que en titulares de diarios como The Guardian elogiaban las proezas de los jóvenes que volaban rozando las olas para no ser detectados por los radares, al límite de combustible y en misiones casi suicidas.

La última en la que participó fue el 8 de junio del 82. Eran seis A-4 con el objetivo de destruir buques ingleses. Dos se volvieron a mitad de camino por problemas técnicos. De los cuatro restantes sólo regreso uno, a los otros los derribó la artillería inglesa en Fitz Roy. Vázquez no pudo eludir el fuego de un Sea Harrier y su vida se apagó en Malvinas.

Cada vez que entraba al liceo, esas frías noches de domingo, no podía evitar leer el mensaje que el as francés de la Segunda Guerra Mundial, Pierre Clostermann, les dedicó a los pilotos argentinos. Estaba en un cuadro, creo que aún sigue allí, sobre el dintel de la puerta de ingreso. "A vosotros, jóvenes argentinos compañeros pilotos de combate quisiera expresaros toda mi admiración. A la electrónica más perfeccionada, a los misiles antiaéreos, a los objetivos más peligrosos que existen, es decir los buques, hiciste frente con éxito. A pesar de las condiciones atmosféricas más terribles que puedan encontrarse en el planeta, con una reserva de apenas pocos minutos de combustible en los tanques de nafta, al límite extremo de vuestros aparatos, habéis partido en medio de la tempestad en vuestros Mirage, Etendard, A-4 y Pucará con escarapelas azules y blancas".

"A pesar de los dispositivos de defensa antiaérea y de los buques de guerra poderosos, alertados con mucha anticipación por los satélites norteamericanos, habéis arremetido sin vacilar", señalaba Clostermann y remarcaba: "Nunca en la historia de las guerras desde 1914, tuvieron aviadores que afrontar una conjunción tan terrorífica de obstáculos mortales, ni aun los de la RAF sobre Londres en 1940 o los de la Luftwaffe en 1945. Vuestro valor ha deslumbrado no sólo al pueblo argentino, sino que somos muchos los que en el mundo estamos orgullosos que seáis nuestros hermanos pilotos".

Ese texto me erizaba la piel y lo seguirá haciendo siempre. Como el recuerdo de esa mujer que solía ver en mi adolescencia en los actos de Malvinas con el indescriptible dolor a cuestas de quien ha perdido un hijo. El alférez Vázquez no regresó, pero está en nosotros honrar su memoria. La de aquel rosarino que con 24 años volaba a más de 900 kilómetros por hora a escasos metros del suelo sorprendiendo a los ingleses, y al mundo, con su coraje.

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