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Lunes 17 de Agosto de 2009

El color de la inocencia perdida

Pensé en verde, fui rojo, me puse azul, lo vi todo negro y aún así mi color fue, es y será el amarillo.  

Pensé en verde, fui rojo, me puse azul, lo vi todo negro y aún así mi color fue, es y será el amarillo.

Desde siempre. Desde mucho antes de que Coldplay sonara en las radios. Incluso desde antes de que Atma vendiera sus planchas por televisión con un spot que hoy, gracias a los buenos oficios de las organizaciones de derechos de pobres y ausentes, sería objeto de repudio y consternación. ¿Quién soportaría una publicidad en la que un japonés, curiosamente llamado Takayama, dice, cambiando las erres por eles, "amalillo, lindo color"? Nadie. Mucho menos los tintoreros que, aunque quedan pocos y hace años dejaron de ser los hijos del Sol Naciente, se levantarían en armas contra tamaña ignominia.

Y está bien que así sea. Está bien que el mundo cambie, que lo que hasta ayer era aceptado sin chistar, a pesar de ser inaceptable, hoy no se acepte. Eso es el progreso, la evolución, y no hay nada que le siente mejor al mundo, que lo haga un lugar más amable donde vivir.

Aún así mi color sigue siendo el amarillo. Y, hay que admitirlo, no es extraño que sea así. El amarillo, mal que le pese a sus detractores, es el color del éxito. Sí. Al menos en el maravilloso mundo de los dibujos animados su imperio es inobjetable. Amarillo es el color de las plumas de Tweety, el canario que, con ojos saltones y una inocencia aterradora, mira a la cámara y dice: "Me parece que vi un lindo gatito, sí, es cierto, es cierto, vi un lindo gatito...". Y sus palabras son la sentencia de muerte para Silvestre, su incansable archienemigo, que sin poder hacer nada cae bajo el peso de la ley del paraguas de la abuelita que corre en defensa de su indefensa mascota paraguas en manos y una puntería que ya la quisieran los vaqueros del lejano oeste en sus duelos al sol.

Amarillos son también "Los Simpson", Homero, March, Bart, Lisa y Maggie, pero también todos y cada uno de los habitantes de ese mundo de maravillas que Matt Groening, para que nadie se enojara, bautizó Springfield. Son amarillos y a nadie le importa un comino, salvo, claro, a Peter Griffin, el políticamente incorrecto protagonista de "Padre de familia", que en la apertura de su programa no sólo le cierra la puerta en las narices a Homero sino que vende su programa como "Menos amarillo y más ácido que «Los Simpson»". Una ironía irresistible para los fanáticos de los dibujos animados extremos, esa legión apasionada que aplaude con la misma pasión las muertes de Kenny en "South Park" como los excesos neofascistas de Stan, el padre americano y obstinado agente de la CIA de "American Dad".

Será por eso que esta semana "Los Simpson", después de 20 años en pantalla, entraron en el Libro Guiness de los Récords. Al fin, desde que en 1989 irrumpieron en la vida de los que, control remoto en mano, se asoman a la vida con la nariz pegada al vidrio del televisor, alcanzaron la friolera de 441 episodios, algo que ninguna otra serie de dibujos animados consiguió jamás. Una medalla que los acólitos de la serie de FOX lucen orgulloso sobre el pecho. Porque, aunque amarillos, se ganaron por derecho propio ser el programa que mejor refleja los avatares de la sociedad norteamericana de los últimos años. Y lo hace sin necesidad de agitar banderas ni pretenciones académicas, basta con una frase de Homero, cualquiera, para que la ideología, el pensamiento, las creencias, del hombre promedio del Siglo XXI quede al descubierto. Para muestra, como decía la abuela, basta un botón.

"Hoy en día todo es tan caro, por ejemplo mira esta biblia, todo el mundo es pecador, menos el que la escribió". Homero dixit. ¿Hace falta decir más? No. Por supuesto.

Amarillo es también Bob Esponja. Hay que decirlo, mal que le pese a los que han querido ver en su candidez, en su optimismo, en su amistad con Patricio Estrella, las señas de identidad del mundo gay y se han quejado, presa de su propia matriz autoritaria, a los gritos, a los cuatro vientos. Es tan amarillo y tan exitoso como "Los Simpson", tan inocente y peligroso como Tweety, y aún así, aún viviendo en el mar, en Fondo de Bikini, un reino imaginario que evoca el atolón del Océano Pacífico donde Estados Unidos realizó las primeras pruebas nucleares a mediados de los 40, se erigió en un ícono de la cultura pop que adoran tanto los chicos como los grandes.

Y no sólo eso, aunque usted no lo crea, la serie cumplió diez años, fue doblada a 25 idiomas y se ve en 170 países. Acaso sin quererlo, su creador, Stephen Hillenburg, un fanático confeso de los documentales de Jacques Cousteau, transformó un capricho de su tablero de dibujo en un suceso planetario. Algo que hubiera dejado helado al mismísimo Walt Disney.

Bob Esponja es un grande acaso a pesar de sí mismo. Sus esfuerzos, ridículos, por convencer al mundo de que no es un niño usando patillas y bombín y escuchando free jazz son adorables, tanto como la ingenuidad de Patricio Estrella, que no se avergüenza en salir a la calle con medias red y tacos altos o el enojo sempiterno de Calamardo, la contracara y el guiño al mundo adulto, siempre de mal humor, siempre con el ceño fruncido. Es un grande, a pesar de ser chico. Y su universo, esa mítica patria que es la infancia, a donde todos pertenecemos y a todos nos gustaría volver, se llega embarcándose en el submarino, también amarillo, que timonean los Beatles, los de ayer, los de hoy, los de siempre.

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