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Lunes 07 de Enero de 2013

El clásico, la fiesta que dejó de ser

Hasta hace no muchos años era una fiesta única, irrepetible, emocionante. Rosario era la envidia del fútbol argentino (y fronteras afuera también) por lo pasional del clásico que protagonizaban leprosos y canallas.

Hasta hace no muchos años era una fiesta única, irrepetible, emocionante. Rosario era la envidia del fútbol argentino (y fronteras afuera también) por lo pasional del clásico que protagonizaban leprosos y canallas. Un ritual pagano que excedía los 90 minutos del partido, generando una adrenalina mágica que inundaba cada poro de la ciudad por varios días, como en una especie de semana santa donde la pasión rosarina por la redonda encontraba su techo.

Eso era el clásico. Eso debería volver a ser. ¿Que pasó? La falta de enfrentamientos por estar momentáneamente en categorías distintas, lejos de bajar los decibeles los aumentó de una manera artera entre los violentos que se esconden tras los colores de uno y otro. Robo de banderas, pintadas furtivas, afiches agresivos y una lastimosa batalla dialéctica a través de las redes sociales generaron un escenario de beligerancia inédito en la historia del fútbol local.

Los violentos o autores intelectuales de las agresiones son minoría,aunque el daño que emanan pone en  jaque la disputa de los clásicos de verano. Preocupante que esté en riesgo un amistoso entre Central y Newell’s. Que se dude sobre si pueden ir hinchas visitantes. Dirigentes de clubes, funcionarios políticos y autoridades policiales deberán ponerse los pantalones largos. ¿Rosario tendrá su fiesta deportiva o ganarán los violentos?

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